Editorial: Legado insostenible

La principal diferencia entre Hugo Chávez y Nicolás Maduro es que con el original se sabía a qué tipo de catástrofe nos quería llevar.

Nadie se llamaba a engaños. Comunicador nato, el Presidente fenecido desperdigaba sus delirios y ocurrencias en profusas jornadas de retórica, que vaciaban lo más hondo de sus visiones. Eran espejismos, está claro. En sus manos, la República sufrió una profunda quiebra institucional. Lo mismo ocurrió con las libertades, públicas e individuales; en suma, con la democracia, y con la salud económica del país. Chávez se aferraba a una prejuiciada forma de descifrar el pasado y, peor aún, el porvenir. Sus criterios estaban marcados por una óptica arcaica a la hora de observar el mundo. Y en su mesianismo se dejó arrastrar por una confusa mezcla de dogmas, credos ideológicos y procesos históricos estruendosamente fracasados, que sin embargo él seguía percibiendo actuales, vigentes, pertinentes.

Pero no vivió lo suficiente como para presenciar el derrumbe de su ideario. El desplome de su ensayo de revolución. Era algo irreversible, un pesado desastre en marcha, que pudo sortear todo este tiempo gracias, fundamentalmente, a la bonanza petrolera y a una suicida política de endeudamiento que sólo corría la arruga del hueco fiscal. Asimismo, debido a la contención social que implicaba su avasallante influencia y conexión más que política, espiritual, con la franja de la población menos favorecida.

15 años después, es ahora cuando se le ven las costuras a la era Chávez. El balance es pavoroso. En 1998, el petróleo representaba 77% de las exportaciones venezolanas. Ahora abarca 96%. Condenados al subdesarrollo, somos más dependientes y vulnerables que nunca, mientras Chile, Perú y Colombia fortalecen sus economías, al punto de que en el primero de ellos, considerado emergente, sus exportaciones industriales superan el 45% y se estima que a la vuelta de unos 20 a 35 años, ingresará al club del G7, que reúne a los países más desarrollados.

En 1998, la deuda del sector público en Venezuela era de 34.000 millones de dólares. Hoy aparece multiplicada por cuatro: 150.000 millones de dólares, y eso ha ocurrido cuando a las arcas públicas le ha entrado la inconmensurable cifra de más de un billón (un millón de millones) de dólares.

Y, ¿por qué los venezolanos van, ahora, de un lugar a otro en busca de medicinas, repuestos, materiales de construcción, margarina, harina precocida, y, para mayor vergüenza universal, hasta papel higiénico? La respuesta es tanto trágica como sencilla: el aparato productivo fue aplastado en nombre del socialismo. De las 14.000 industrias que operaban en 1998, unas 5.000 se vieron forzadas a bajar sus santamarías. Como consecuencia directa, las importaciones pasaron de 17 millardos de dólares en 1998, a más de 50 millardos de la divisa americana. Crecieron 300%.

De manera que ha ocurrido lo que tenía que ocurrir. A punta de controles, leyes coercitivas, amenazas, expropiaciones, criminalización de la iniciativa privada, ausencia de reglas de juego claras, y, más criminal todavía, el favorecimiento de economías y gobiernos autoritarios extranjeros, el “milagro” se dio. La población se ha depauperado. Exhibimos la inflación más negativa de Latinoamérica, la tercera en el mundo, y eso, en dos platos, significa miseria, hambre, explosión social latente. Se estima que el poder adquisitivo del salario promedio de hoy, es similar al del año 1966.

Ese es el verdadero legado que recibiera Maduro. Una herencia insostenible. Y el sucesor le ha agregado, de su propia cosecha, otros ingredientes no menos alarmantes. Su absoluta falta de preparación para afrontar la crisis. Su carencia de piso político. Sus muestras de indecisión. Su ausencia de auctoritas. Su torpe fanfarronería. Los pocos recursos tácticos de que dispone a la hora de dar un paso hacia atrás, como solía hacer Chávez. Esa desangelada imagen que desconcierta hasta a los propios partidarios del oficialismo. Pero, por encima de todo, ahí están las dudas que acosan su entredicha legitimidad.

El “presidente obrero” es una incógnita. Una exasperación ambulante. El pésimo alumno de un extraviado maestro. En el decir de Fernando Mires “si como demócrata Maduro ha mostrado deficiencias, como revolucionario es simplemente una catástrofe”.

 

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