Editorial: Llegó abril

El calendario democrático nos indica que el 14 de este mes, es decir, dentro de dos domingos, tenemos otra cita con el destino del país, pues nos toca decidir el rumbo que habrá de tomar en los tiempos venideros.

Habrá elecciones. Nos corresponde escoger al Presidente de la República para el lapso 2013-2019, y si tomamos en cuenta el carácter excesivamente presidencialista que ha adquirido el ejercicio del Gobierno en Venezuela, tendremos que aceptar que no se trata de una elección cualquiera.
La muerte del presidente Hugo Chávez Frías, reelecto en los comicios del siete de octubre de 2012, e imposibilitado, a consecuencia del cáncer que lo postró, de prestar juramento ante la Asamblea Nacional, o, en su defecto, ante el Tribunal Supremo de Justicia, forzó a la convocatoria de una nueva consulta popular.
La “interpretación” que el TSJ le dio a los artículos 231 y 233 del texto constitucional, hizo posible que Nicolás Maduro, quien ejercía el cargo de vicepresidente en el período anterior, no sólo siguiera en el cargo, bajo el principio de la “continuidad administrativa”, en un Gobierno en el cual nadie lo eligió ni designó, que se tenga constancia. Además asumió el carácter de Presidente encargado y simultáneamente la candidatura presidencial, con todo el ventajismo que eso entraña. Abuso tras abuso. Bastó que el mandatario fenecido hubiese expresado en diciembre esa última voluntad en una grabación televisada. Como si fuese algo válido, esas palabras suyas, suerte de testamento político, se convirtieron en letra de una ley tan ilegítima como irrevocable. Así son las cosas, diría Oscar Yánez.
Y pese a eso el “sucesor” tendrá competidor. No se dio su pronóstico, el día en que formalizó la aspiración oficialista, en el sentido de que las fuerzas democráticas carecerían de abanderado. Según él, se llamaría a la abstención. Pero al esbozar semejante augurio apenas proyectaba un recóndito deseo. Esa escena en la que él se imaginaba solo en la justa electoral, delineaba un espejismo, era el cuadro ideal. Por eso el país se estremeció la noche en que, contra todos los pronósticos, y consciente de los obstáculos que habría de afrontar, Henrique Capriles Radonski anunció que aceptaba el desafío. Era un acto sencillamente heroico, de esos que bañan en gloria a quienes a lo largo de la historia se han enfrentado a la arbitrariedad de los poderosos, para salir en defensa de una causa justa, digna.
Las muestras que en estas semanas ha dado el “sobrevenido” en el poder, no son precisamente las que anhelarían los seguidores del difunto Presidente, ni tampoco las que pudieron temer sus adversarios. Más bien denota vacilación, insuficiencia, improvisación. Su esfuerzo en imitar a su mentor, lo presenta como falto de personalidad, como una copia deplorable de lo que jamás será. Eso de cantar y bailar en tarimas a escasos días del duelo oficial, desentona con el sincero dolor de tantos. Los actos públicos en que se ha presentado no han logrado despertar la más leve chispa de emoción, y la elección, está comprobado, es entre nosotros un gesto emocional. Sin don de mando, ni carisma, ni discurso, se le está haciendo cuesta arriba amalgamar a una masa que ha perdido las amarras de los afectos, y meter en cintura a las corrientes y fuertes parcelas de intereses que hacen vida dentro del PSUV. Eso explica el refuerzo que han tratado de tenderle por un lado la jerarquía militar y, por la otra, el propio CNE, cada vez más descarado en su rastrera parcialidad.
Y esto busca, como siempre, fomentar el desaliento. Hacer creer a los venezolanos que no comulgan con la ambición de perpetuidad de quienes detentan el Gobierno, que no hay nada qué hacer. Eso, definitivamente, no es así. En las elecciones del 7-0, con Chávez como candidato, 6.591.304 votantes (44,31%) apostaron por Capriles y su prédica del progreso y la reconciliación. Casi siete millones de compatriotas dejaron sembrada una esperanza cierta. Ahora, con un “sobrevenido” calamitoso y desangelado que en su pasantía de 100 días no ha encarado seriamente ningún problema, de los tantos que hay, y en cambio nos lanzó por el pecho dos devaluaciones, la posibilidad de triunfo recaerá en el valor que demostremos para salir a defender los más sagrados derechos nuestros, así como los de las generaciones por venir.
El mayor enemigo no será otro que la abstención, el desgano, el conformismo, la indiferencia. El miedo, el creer que no es asunto nuestro ver cómo se despedaza una nación con todas las posibilidades de brindarles paz, seguridad y posibilidades a sus hijos.
Llegó abril, y junto a él, el recordatorio de un compromiso pendiente con la patria.
 

 

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