#Editorial Proceso de paz

Sala de Redacción |

Inmersos en nuestro propio y espantoso drama, los venezolanos hemos visto el proceso de paz que se vive en Colombia como un asunto ajeno, lejano. Y, obviamente, no es así.

Ayer el vecino país fue a plebiscito y, contrario al vaticinio de todas las empresas encuestadoras, rechazó con sus votos, aunque con un mínimo margen, el acuerdo de paz suscrito en Cartagena por el presidente Juan Manuel Santos y los líderes de las FARC. La división de los colombianos respecto a este tema, crucial ciertamente, quedó en evidencia.

Es una herida que está abierta y no será fácil restañar. La población, por supuesto, ansía en forma mayoritaria la paz, está harta de una lacerante guerra de 52 años, que deja la sombría estela de unas 250.000 muertes; pero no está dispuesta a pagar el degradante precio de la evasión de responsabilidades. También la paz, que no es soloausencia de guerra, exige un piso firme, y sobre todo digno. Paz e
impunidad no pueden convivir, y eso era lo que estaba planteado.

Hay traumáticos antecedentes históricos de por medio. Tras el proceso de paz que se diera bajo la presidencia de Belisario Betancur, en los años ’80, el nacimiento de la Unión Patriótica de Frentes Desmovilizados del ELN y las FARC, no impidió el asesinato de dos candidatos presidenciales y de 3.500 miembros de la UP. Luego, en 1991, en pos de esa misma esperanza de paz, se dio el paso de abolir la Constitución, después de 105 años de vigencia, no obstante la violencia recrudeció.

Esta vez, una prudencia vital aconsejaba observar con extremada reserva la paz fraguada y ofrendada por los hermanos Castro. Al colombiano común lo aterra verse reflejado en el mal ejemplo de lo que ocurre en sus narices, en Venezuela. Personificamos un modelo que
no están dispuestos a importar. Ellos han sido testigos de excepción de cómo nosotros padecemos, en carne propia, la descomunal y al parecer infinita capacidad manipuladora de los Castro, de este par de geniales engendros de la perversidad, maestros de la farsa y del arreglo traidor.

Una paz verdadera se funda en la justicia, clama verdad. Y el presidente Santos mintió cuando, tras filtrarse información sobre el acuerdo, que llevaba años tratando en secreto, juró que no negociaría nada con las FARC hasta tanto entregaran las armas. Lo que se planteaba ayer era una graciosa “rendición”. El propio alias Iván Márquez, jefe negociador de las FARC, señaló que no destruirían sus arsenales, porque para ellos el arma representa “una simbología de resistencia”.

Tampoco habría desmovilización, agregó, mientras no se firme la ley de amnistía e indulto. El Estado renunciaba al ejercicio de la acción penal por los crímenes perpetrados, así como a la extradición, y ofrece borrarlos de las fichas de los cuerpos de seguridad y las centrales de inteligencia. El trato no contempló reparo a las víctimas y sugería instaurar una Justicia Transicional mediante la cual los irregulares, ahora “legales”, escogerían sus propios jueces.

El movimiento político que surgiera de las FARC-EP recibiría 15% del presupuesto destinado al funcionamiento de los partidos, más el control de 31 emisoras de radio
y un canal de televisión. Independientemente de los votos que obtuviesen en las elecciones de 2018, se les aseguraba diez escaños obligatorios en el parlamento. “Es una paz extorsiva. Hay que entregarles la institucionalidad para que no nos maten”, censuró María Fernanda Cabal, senadora del Frente Democrático.

Razones suficientes para que cundiera la alarma ante una paz montada sobre plataforma tan deleznable. De ahí la advertencia que lanzara uno de los más lúcidos intelectuales colombianos, Plinio Apuleyo Mendoza: “Las FARC, pese a ser vistas en todo el mundo como una organización terrorista, lograron obtener todas sus exigencias y ahora, convertidas en partido político, proyectan una real alarma sobre el futuro de Colombia”.

De manera que Colombia le salió al paso a una componenda afrentosa, fue capaz de leer la letra chiquita de ese contrato, sus pérfidas zonas grises. A nosotros se nos planteó ver qué papel nos tocaba, frente a unos capos vueltos políticos, forrados en montañas de dólares hasta ahora encaletados, provenientes de fechorías de las cuales no se arrepienten, ni tienen entre sus planes pagar por una sola de ellas.

¿No ha sido penetrada Venezuela ya, en sus más altas esferas, en pleno fragor de esa guerra, por el inmenso poder corruptor del narcotráfico?

Las FARC, que fracasaron al pretender derribar al Estado colombiano con el accionar de las armas, buscan el asalto al poder mediante otro método, partiendo con ventaja. ¿No se repite allí, al calco, la experiencia cubana respecto a Venezuela?

No cabe duda de que si el pueblo venezolano tuviera la oportunidad de expresarse ahora mismo en referendo, produciría una respuesta tan noble y decente como la que acaban de pronunciar nuestros hermanos colombianos

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