#Editorial: Tres anotaciones pertinentes

Dos hechos recientes nos obligan a fijar posición ante la opinión pública, especialmente ahora cuando son cada vez menos los medios de comunicación social independientes, es decir, no postrados a los pies del Gobierno y sus dictados. Y hay una tercera observación que, asimismo, nos vemos en el deber de exponer, con miras a dejar bien claro cuál es el papel de EL IMPULSO en medio de la actual coyuntura política.

Lo primero. Cuando los venezolanos aguardaban impacientes la clarificación de las medidas económicas, vaga y tardíamente esbozadas por Nicolás Maduro en la Asamblea Nacional, en lugar de saturar el ambiente con signos alentadores, rescatar la sindéresis, proclamar la intención oficial de corregir rumbos, llamar al concurso de todos los sectores para encarar los obstáculos y salir adelante, juntos; la señal que, en cambio, se envía desde el poder, no podría ser más frustrante. Es la confesión de que, ante su probada ineptitud, el Gobierno no espera otra cosa que la exacerbación del malestar social, la agudización de la crisis. El recrudecimiento de las acciones de calle.

La resolución del Ministerio de la Defensa que aprueba el uso discrecional de la fuerza, “bien con el arma de fuego o con otra arma potencialmente mortal”, a la hora de reprimir las protestas, deja al desnudo a un Gobierno agotado, al margen de los estándares democráticos, sin más recurso que el de la opresión, hasta llegar al desprecio de los derechos humanos y al expediente de hacer pagar el disenso con la propia vida.

Esto describe a un régimen ilegítimo en su desempeño, dictatorial, así algunos tarden en calzarle este término y condenen la “violencia de lado y lado”, como si hubiese algún asomo de “proporcionalidad” frente al poder letal de fusiles y tanques. Pues bien, esa brutal resolución, por más que lo diga en su texto, no puede autorizar algo que el sano juicio desaconseja y Constitución prohíbe en forma taxativa, inequívoca, además de que reserva a los cuerpos policiales, no al estamento militar, la tarea de encarar el fragor de la protesta cívica.

El TSJ guarda un silencio ominoso, cómplice. El mismo encubrimiento que, en el colmo de los absurdos, ha enmudecido al parlamento, cuando su presidente, tan dado a despotricar y exponer al escarnio a los opositores, se ve envuelto en un escándalo que razones éticas, si acaso entendiera sus preceptos, lo colocan como el principal interesado en aclarar. El capitán de corbeta Leamsy Salazar desertó en fecha tan cercana como la de diciembre. Hugo Chávez, quien le encomendó nada menos que su seguridad, lo elogió repetidas veces en sus cadenas. Lo presentó como el héroe que flameó la Bandera Nacional sobre el techo de Miraflores cuando él retomó el poder, en abril de 2002. La confianza depositada en él era tal que se encontraba en La Habana, al lado del ex presidente, en las horas postreras. ¿Puede hacer el favor de explicar alguien cómo y cuándo se “vendió” a la CIA?

Hechas estas dos consideraciones, pasamos a una última. EL IMPULSO, fiel a su tradición, condena con el mismo vigor los excesos y descarríos de quienes están en el poder, así como de aquellos que se presentan como opción para suplantarlos. Así ha sido, inalterablemente, durante 111 años. No somos un diario “opositor”, ni ficha de partido alguno. Le exigimos al Gobierno nacional la misma pulcritud que a una gobernación o alcaldía en manos de adversarios de la revolución. La honestidad es una sola. La eficiencia que unos y otros deben demostrar, también. Nuestro compromiso es con la verdad, con los lectores, con el país. Defendemos sin dobleces, y a costa de los riesgos que sea menester, al sistema democrático, a las libertades públicas e individuales.

Hemos protestado con firmeza las arbitrariedades e insolencias de rojos, y también lo hacemos ante el “demócrata” capaz de exhibir un sello de intolerancia semejante al de aquellos. Cuando a uno de nuestros reporteros se los trata mal e invita a abandonar la sala, por haber denunciado una negligencia, formular una pregunta incómoda, o exigir respeto. Cuando se propone vetarnos, o discriminarnos, ellos también. En fin, cuando se muestra una hipersensibilidad frente a la crítica, idéntica a la que se observa y rechaza en los otros.

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