#Editorial: Un País paralelo

Soportar la necia y obsesiva vocinglería de los personeros del oficialismo, deja la turbadora sensación de que para ellos el país llega exactamente hasta donde alcanzan sus particulares y mezquinos intereses políticos. Es decir, su ambición de perpetuarse en el poder, más allá del aterrador desastre en que han sumido a la nación.

La Venezuela que todos presenciamos y sufrimos a diario no existe para la dupla que desprecia las responsabilidades inherentes al ejercicio de gobernar, pero se reparte en incómoda sociedad, eso sí, los privilegios. Han decidido ignorar el lado real de la Venezuela exhausta en colas, asediada por la carestía, la escasez, la inseguridad, la falta de oportunidades que empuja hacia el destierro a cientos de jóvenes. Se han inventado un país a la hechura y semejanza de su delirante avaricia. En su deplorable histrionía, los arrogantes jerarcas de la revolución son ajenos a las contracciones y latidos desacompasados de la patria que sus errores, desplantes y perversiones se empeñaron en enfermar. El sufrimiento del ciudadano común por la supervivencia, en la tarea cotidiana y heroica de procurar una vida digna, decente, para los suyos, nada tiene que ver con sus discursos anticuados, engañosos, con su inagotable, universal e incorregible camorrería.

Todos estos días, la vasta y hegemónica plataforma comunicacional del Gobierno se ha dedicado, en cadena oficial obligatoria o en la cartilla que repiten todos como si les hubiesen incrustado un chip, a infectar de provocación y acusaciones desbordadas a la oposición. El caso de la mujer descuartizada, los tres efectivos del ejército heridos en la frontera con Colombia, todas las demás historias que surjan sobre la marcha. Lo que cuenta es mantener en vilo a los venezolanos, distraerlos al precio que sea, con tal de que la crisis que vivimos, en todas sus agudas manifestaciones, pase a un segundo plano y se diluya en una atmósfera cargada de escándalos y temores crecientes.

El crimen de Liana Aixa Hergueta es un ejemplo antológico de lo que una administración de justicia seria jamás haría. Al margen de lo que arroje la investigación policial, mucho antes de que tomen su curso las audiencias en los tribunales y hable el Ministerio Público, ya Nicolás Maduro dictó en televisión su veredicto, señaló a los culpables, fijó la condena.

El horrendo hecho, resolvió, es obra de “partidos de la ultraderecha de la MUD”. Los autores, descubrió, forman parte de un grupo “entrenado y financiado desde Colombia, por los paramilitares de Álvaro Uribe”. No se quedó atrás el defensor del pueblo, Tarek William Saab, quien pidió, como se si tratara de un proceso religioso, un “mea culpa” por parte de la oposición. Eso hace quien ha exigido insistentemente frente a otros crímenes sonados, no politizar la muerte, ni los derechos humanos, ni las investigación judicial.

Como un dato curioso, apenas, anotaremos el exhorto que Conatel le acaba de formular a los medios de comunicación social. Los llamó a “no imponer versiones” de los hechos, es decir, no especular ni sobresaltar a la opinión pública, mientras cursan las investigaciones pertinentes. La intensidad de la controversia oficial ya volverá con nuevos argumentos en torno al litigio con Guyana, pero, mientras tanto, el ataque a los tres efectivos del Ejército, en la frontera con Colombia, ha servido para ordenar no una medida sensata, binacional, sino un arranque desproporcionado, que no mide las terribles consecuencias de cerrar una vez más la frontera, militarizarla, y decretar el estado de excepción en el Táchira. Se afecta la frontera más viva del país, de 2.219 kilómetros, cortándole una convivencia vital a densas poblaciones de ambos lados, sin la más mínima garantía de que se pondrá fin al contrabando de extracción ni al bachaqueo, ni a la presencia de grupos irregulares. Por cierto, jamás habla el Gobierno de la guerrilla.

Ningún escándalo tapará el drama de un barril de petróleo a 39,62 dólares, después de despilfarro tan descomunal como apátrida. Ningún alboroto hará olvidar a los caroreños de su sed, ya secular. Ocultar las cifras de inflación no hará más llevadero el costo de la vida.

Hay una Venezuela que suda a diario carencias, tormentos y tristezas. Esa Venezuela es la verdadera, la que más temprano que tarde se levantará para exigir una rectificación definitiva. El otro país, el paralelo, es ficticio. Ese es el que no volverá.

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