Sobre la Cumbre (Editorial)

Muy cara, en todos los sentidos, nos salió a los venezolanos la VII Cumbre de las Américas, que acaba de concluir en Ciudad de Panamá.

El país anfitrión no se cansó de promocionarse como un pueblo amante de la paz, y de las oportunidades, con una ganancia en imagen, en mercadotecnia.

Desde allí se aplaudió el accidentado diálogo entre el Gobierno colombiano y las FARC. Juan Manuel Santos acudió al cónclave llevando en sus manos la propuesta de un Sistema Interamericano de Educación.

Y ese fue, también, el escenario en el cual, por primera vez en 50 años, se ven cara a cara y se estrechan las manos los presidentes de Estados Unidos y Cuba, sin dejar de reconocer, ambos, las profundas diferencias
que persisten entre las dos administraciones, y lo lento y complejo que resultará recomponer unas relaciones históricamente maltrechas.

Pero la Cuba de los Castro, quienes tuvieron la inmensa habilidad o socarronería de negociar en secreto durante año y medio el pacto con el Imperio, sin que se filtrara, y a espaldas de sus generosos camaradas de acá, está decidida a pasar la página y a sepultar un trozo de su pasado, proceso que ojalá incluya la gradual apertura de libertades y garantías no sólo económicas sino también políticas y sociales. Esto ocurre después de haber demonizado a los Estados Unidos como causante de todos sus males a lo largo de medio siglo, y aun cuando en 1962, bajo la guerra fría, Fidel Castro emplazó en la isla misiles nucleares soviéticos, en la llamada crisis de los misiles, tenso episodio que estuvo a punto de desatar una tercera guerra mundial.

Sin embargo, Raúl Castro, en un gesto de extremo pragmatismo, no tuvo problemas en deshacerse en elogios hacia el presidente Barack Obama.

Lo calificó de “hombre honesto”, lo cual en materia de valores humanos pareciera decirlo todo, más cuando alude a un hombre de Estado. Dijo que ha leído su biografía y que, dada la edad de Obama (53 años), lo exculpa de toda responsabilidad en los asuntos que marcaron la ruptura.

Y, como si se asomara por una estrecha rendija a un mundo globalizado, en constante ebullición, dejó a un lado el anacrónico arsenal de adjetivos a los que han echado mano los Castro todo este tiempo, para advertir que “los pasos del Gobierno de los Estados Unidos van en dirección positiva”, hasta llegar a la conclusión de que mediante un “comportamiento civilizado” es posible “convivir de manera pacífica”.

No hay duda, tiene razón. Y, vista su experiencia, no deja de causar honda inquietud otra de sus aseveraciones: “Venezuela está pasando por el mismo camino por el que pasó Cuba”. ¿Cuántos años de virulencia estéril nos esperan, entonces, hasta que se dé aquí el aparente despertar de los Castro? El hecho de que sus ex pupilos bolivarianos tienen mucho menos lucidez quedó claro cuando Nicolás Maduro llegó a Panamá y su primer acto fue un intento por revivir, en El Chorrillo, el amargo recuerdo de la invasión de 1989, en los tiempos del dictador Noriega.

Valiéndose de un doble para despistar a los periodistas, y con chalecos antibalas, llegó en dos aviones, con unas 140 personas, justo horas después de que el Gobierno privara a los venezolanos hasta la posibilidad de viajar al exterior y evadir así su desastre, aunque sea por unos días, al pulverizar su ya vergonzoso cupo de dólares. No hizo ningún aporte que pueda ser rescatado. Malgastó su tiempo, y el de los venezolanos, con una perorata vacía, obsoleta, que todos ya sabían de antemano. No cree en Obama,  pero lo respeta y le tiende la mano. En otro de sus ya célebres dislates, resaltó su admiración por el “estadounidense” Eric Clapton. “La democracia no es solo votar”, descubrió. Quiere “un futuro con Estados Unidos”, no obstante su única y más sofocante petición, su punto de honor, si acaso cabe el término, era que Obama derogara el decreto que aplica sanciones, no a Venezuela, sino a siete funcionarios incursos en corrupción y violación
de los derechos humanos.

26 ex presidentes latinoamericanos se habían encargado de recordar que aquí hay presos políticos, las instituciones se encuentran secuestradas y está presente el riesgo de una crisis humanitaria. Las sanciones seguirán su curso, se aclaró. No hubo en la Cumbre una Declaración formal que condenara la “agresión a Venezuela” ni denunciara el peligro de una invasión militar gringa.

Tanto vedetismo para nada. Tanta estridencia, tantas cadenas, tantos millones de firmas reconocidas en un santiamén por un CNE que no ha tenido tiempo de fijarle fecha a las elecciones parlamentarias. Tantos delirios y arrebatos ahogados en una de las más oscuras esclusas del Canal.

Cara, muy cara nos salió esa Cumbre de incongruencias, absurdos, excesos, populismos tullidos, extravagancias inútiles.

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