Yacambú y la vocería del estado

Desde que a fines de los años ´60 del siglo pasado se comenzó a esbozar la idea de construir una represa en las montañas de Sanare, ese proyecto fue asumido como un compromiso formal de los larenses.

Alentado en su fase germinal por el Central Tocuyo, el sistema que concibiera el ingeniero José María Ochoa Pile, a objeto de regular las aguas del río Yacambú con fines agrícolas y para el consumo humano, fue abrazado por las municipalidades, por la universidad, los parlamentarios, los partidos políticos, sin distingos, así como, en general, por la sociedad civil. Le correspondió a EL IMPULSO asumir el papel de entusiasta promotor de aquella iniciativa que, aun cuando se sabía ambiciosa, compleja (entre otros desafíos debía vencer el escollo geológico de la Falla de Boconó), las bondades que presagiaba no permitían poner en duda su viabilidad, la imperiosa necesidad de superar los obstáculos.

Más de 40 años después, el balance es desolador. La demanda de ingentes recursos, en dólares, en un país en donde falla el suministro de todo; los reveses sufridos por la ingeniería, como cuando se quedó enterrado un topo en el túnel; los prolongados y onerosos pleitos legales con las empresas; la parálisis periódica de los trabajos, con el deterioro consiguiente de lo avanzado; y, en los últimos tiempos, denuncias de corrupción jamás investigadas; todo ese amargo sustrato de percances y frustraciones ha relegado al sistema hidráulico Yacambú-Quíbor a un punto muerto en una conciencia colectiva ya de por sí adormecida, situación que es preciso sacudir con el concurso de todos.

Para eso urge recomponer la vocería del estado Lara, la representatividad de esta entidad, que alguna vez fue percibida como una promisoria referencia política, social, urbana, cultural y económica, en el plano
nacional. Barquisimeto era célebre por su calidad de vida, por su orden y limpieza. De aquí surgieron impulsos creativos como el de Cecosesola y el Mercado de Mayoristas, que vinieron a estudiar expertos de otros países.

La propia mudanza de El Manteco, convertido ahora en un antro chino por decisión municipal, fue un proceso memorable. Varias generaciones de caroreños sumaron su extraordinario aporte de tesón y pujanza, con su ganado capaz de moldear una raza. La hazaña agrícola de los quiboreños, de la mano del inmigrante canario que hasta allí llegó para sembrar su pasión por la tierra y sus frutos, estaba llamada a recibir el milagroso aliento de un proyecto hidráulico que en el iluminado decir del ingeniero Ochoa Pile, acabaría con los tradicionales impedimentos afrontados por la actividad agraria en su primer emporio, así como con una sed que ya iba para los 400 años.

Si miramos hacia atrás en el tiempo, veremos a un bloque parlamentario que en forma compacta y decidida se ocupaba de estos vitales asuntos, no sólo de primarias y consensos. La retrospección llevaría a añorar,
asimismo, la insomne presencia que en cada angustia, agitación o entusiasmo ciudadano, imprimía la Fundación Amigos de Barquisimeto (Fundasab). Igualmente el impecable trabajo planificador de la Fundación para el Desarrollo de la Región Centroccidental (Fudeco), eliminada en mala hora sólo para implantar una gobernación paralela que a nadie rinde cuentas.

Ejemplos en los cuales inspirarse, en el país, huelgan. Nuestro pasado reciente puede exhibir prodigios como el de la represa del Guri, la tercera hidroeléctrica más importante del mundo, iniciada en 1963 y culminada en 1986. El Puente sobre el Lago de Maracaibo, cuya ejecución comenzó en 1957 y concluyó en 1962. El Metro de Caracas, hecho realidad por varias administraciones en menos de 20 años.

Lo cierto es que Lara se ha venido a menos. Su futuro es una espesa incógnita. Yacambú, su principal obra, es una dolorosa prueba de eso. También la regresión que se observa en la escasa representatividad de
la región. Retrocedemos, sin voceros ni dolientes.

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