Encrucijada

Diego Lombardi |

Los venezolanos se enfrentan a un nuevo año decisivo, como lo han sido muchos de los que le han precedido.
Cada elección, cada protesta, incluso cada silencio, son elementos determinantes cuando se está frente a una crisis, entendiendo por ésta un momento de ruptura.

Es por ello que al estar Venezuela sumida en una crisis profunda cada decisión tiene un halo de efectos irreversibles de cara al futuro, incluso de sobrevivencia. En una sociedad sana un error de cálculo y en su consecuente accionar pudieran ser corregidos con nuevas oportunidades, en Venezuela hoy se juega el todo o nada.

Ante un escenario de sobrevivencia, en el que se está consciente que cada decisión cuenta, por cada acción u omisión hay una carga pesada sobre la conciencia personal. Salir a la hora incorrecta o estar en el lugar equivocado puede ser la muerte, el quedarse o irse al exilio es posible que se transforme en la salvación o la desdicha de la familia, permanecer en la anomia o atreverse a creer que otra realidad es posible puede abrir un abismo entre la esperanza y la desilusión. El venezolano se enfrenta hoy a unos juegos mentales que amenazan con derrumbarlo.

El país se encuentra en una situación muy parecida, está inmerso en un momento de precariedad histórica, en el que una acción puede desencadenar un conjunto de eventos impredecibles. La incertidumbre es la única certeza a la que los venezolanos se han acostumbrado durante los últimos años, en tanto que Venezuela continúa flotando en el limbo de una crisis que aún no encuentra un cauce, y por lo tanto impide visualizar una ruta. Así, la sobrevivencia como nación descansa sobre el conjunto de acciones u omisiones que cada quien asuma.

Ante un escenario como el anterior quizás para algunos la invitación es a la desesperanza, sin embargo se debe recordar que los cambios históricos más importantes se han dado luego de períodos de ruptura. Los lapsos en los que estos procesos tienen lugar son difíciles de medir, sin embargo cuando llegan al momento crítico del quiebre suenan con fuerza. No cabe duda que Venezuela vive un momento de esta naturaleza, bien como quiebre de un modelo rentista que tiene treinta años colapsando, o como final de un Gobierno cuyo principal legado es haber sido el último de la era populista.

Para el país están dadas todas las posibilidades de entrar en un nuevo período, en el que palabras como modernidad, eficiencia, responsabilidad, son las únicas que podrán acompañar los discursos y las acciones que realmente logren revertir el daño social hecho durante estos años. Venezuela tiene ante sí la necesidad de reinventarse, algo que se viene advirtiendo desde Pérez Alfonso (o quizás antes), pero que la ilusión de progreso impidió que ese mensaje encontrara receptores. Hoy la realidad ha golpeado con tal fuerza que de necesidad teórica el reinventarse ha pasado a ser una prioridad impostergable.

El reto para lograr lo anterior está en las manos de todos como sociedad, pero fundamentalmente descansa en los hombros de una élite capaz de unir las piezas que hoy se encuentran esparramadas entre el odio y los intereses particulares. Esa élite quizás ni siquiera esté consciente de su rol, e incluso es probable que haya quienes no se han dado cuenta que son parte de ella, pues la élite no es económica, social o intelectual, la misma está compuesta por todos aquellos capaces de poner el pie en el primer escalón que permita a todos los demás salir del foso en el que actualmente están.

Diego Lombardi
Twitter: @lombardidiego

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