Extra Bases 29/01/2016

Alfonso Saer |

(Parte del artículo “La noche maravillosa”, del libro “50 Años de Pasión”, al cumplirse hoy 25 años del primer título de Cardenales de Lara).

LA pausa del lunes 28 de enero fue interminable.

UNA mezcla de ansiedad y dudas carcomía los pensamientos de cada aficionado guaro. Era la secuela inevitable de un cuarto de siglo y fracción soportando tormentos, frustraciones, cercanías a la gloria y finales lastimosos. Aterrizamos el domingo por la noche en Barquisimeto y allí estaban ellos, los seguidores impenitentes del club, los optimistas a ultranza. Unos quinientos aficionados aparecieron en el aeropuerto para sembrar ínfulas, reavivar emociones, crear distensión. Es que a Mark Whiten se le cayó un elevado fácil de Jesús Alfaro, y Caracas se quitó una desventaja 0-3 para ganar 4-3 en el Universitario y acercar la serie 2-3. La experiencia colmada de amarguras repicaba en cada mente. ¿Sería posible otro revés?

APAGAMOS los teléfonos en las horas previas al sexto combate ese bendito martes 29. La demanda de entradas sobrepasaba el aforo de un parque pequeño para la exigencia de una antesala al título. El domingo fue imposible conciliar el sueño por ese revés pesaroso horas antes. El lunes los fantasmas del pasado se atropellaban en la habitación. El reloj parecía detener sus agujas. Nunca habíamos deseado con tanta fruición escuchar la voz de “play ball”… ALGUNOS durmieron con las taquillas como acompañantes. En la reventa no había topes económicos. Se anunciaba a Willie Banks por el bando escarlata, mientras del otro lado se preparaba el brazo fenomenal de Urbano Lugo, verdugo en el circuito, especialista en compromisos cruciales. A las cuatro de la tarde casi todo estaba cubierto por la enfervorizada masa roja. Si al estadio “Barquisimeto” le cabían 22 mil personas, con toda seguridad había cerca de treinta mil ubicadas donde y como fuera. Hasta en el techo, las torres y las paredes… LA gente quería arrancarnos alguna frase de aliento y se la dábamos entre dientes. Es que el Caracas nos había manoseado históricamente. De dieciséis enfrentamientos de finales ante los capitalinos habíamos mordido el polvo -con rabia además- once veces, antes de esta serie 90-91. Tomamos el micrófono como si fuera la prueba de un novato. Nerviosismo evidente. La señal de la cruz, una oración en silencio y ¡vamos muchachos!

OMAR Vizquel al bate contra Banks. En ese primer inning supimos que la tropa alada tenía guáramo. Vizquel se ponchó y arribó a la inicial por wild. Un toque de Pedro Chávez fue atrapado por Asdrúbal Estrada para sacar un out de buenos augurios en tercera. Clave para arrancar. La venganza de Whiten no se hizo esperar. Con dos outs en el primero, Derek Bell tronó petardo, estafó segunda y ancló en el plato por un obús que el gigante guardabosque despachó entre center y right. Ninguno de los presentes, oyentes y televidentes llegó a imaginar que ese triple sería suficiente. Fue el único daño contra Lugo, cuyo tenedor era capaz de trincar al más osado… ¡HABÍA mucho martirio por venir. Restaban ocho innings!. Willie Banks mandó a la papelera una orden expresa de Minnesota para que no tirara una bola más. Es que la historia lo convocaba. Un club urgido de triunfos requería de una proeza como la suya. Fue reduciendo a los Leones hasta su mínima expresión. Domingo Carrasquel le pidió seis capítulos y se los dio magistralmente. Solo tres imparables a cuenta, con par de ponchados y un boleto… CRÉANNOS que jamás hemos visto jugar el shortstop como lo hizo José Escobar aquel martes de fiesta. Una al hueco, otra hacia segunda, una más corriendo adelante. Una línea de Vizquel decapitada en el quinto. Esa noche de fábula estuvo imbuido de la calidad magistral de Aparicio, el propio Vizquel -en la acera contraria- y Concepción. A ninguno de los astros de la posición le recordamos un partido decisivo con tanta categoría, alcance, seguridad y coraje. Único por siempre este guante de prodigio… CARRASQUEL tenía una pauta. Había preconcebido el trabajo de sus lanzadores. Le entregó el séptimo a Rob Wishnevski y el norteño retiró la entrada con un incogible aceptado. El final sería para el cerrador Mike Timlin, un doble A de Toronto, candado de lujo, concentrado en un encuentro de morbo inimaginable.

DESDE arriba no era fácil ver y narrar el cotejo. Las enseñas rojas cubrían las tribunas como un mosaico gigante e intenso. Miles de pañuelos matizaban cada jugada, cada out larense. Era un griterío incesante, un vocerío que nunca antes habíamos percibido en vivo y directo… TIMLIN retiró el octavo sin apremios frente a Carlos Hernández (de pitcher a primera), mientras Vizquel y Chávez salían ruta 63. Le quedaba pendiente un noveno contra tercero, cuarto y quinto palos caraquistas. Por primera vez bajaron un poco los decibeles cuando Greg Briley comenzó recibiendo tres malas en su turno del cierre. En 3-1 fue dominado con rolata por la intermedia… APARECIÓ Antonio Armas, el mismo que un año antes había sepultado las aspiraciones de las huestes crepusculares en un séptimo encuentro. Era un careo de poder a poder. El gran jonronero contra la slider del extranjero. Tres pitcheos, dos fouls y uno abanicado. Entonces se sintió la energía que el parque contenía. En el home Oscar Azócar y en cada garganta se anudaba un grito retenido por más de cinco lustros… LUIS Sojo atacó un rodado lento por la intermedia. Cuando la bola llegó al mascotín de Asdrúbal Estrada se destapó uno de los momentos más espectaculares en el deporte nacional. El coso de La Rotaria fue un hervidero, un festín sin parangón. El terreno era un pandemónium. La noche tuvo más horas, los días siguientes aumentaron la celebración. El cielo barquisimetano reflejaba miles de fuegos artificiales. Hubo trancas prolongadas hasta el amanecer en cada calle o avenida de la ciudad, en toda la región. Por meses los vehículos mostraban signos de la hazaña… UNA por cero la pizarra. Para que el logro tuviera más suspenso y drama. Los corazones palpitaron con rapidez en dos horas y media de sudoración y temblores. Por fin las legiones larenses expresaron una frase simple que antes parecía un imposible.

¡Cardenales campeón del béisbol profesional 90-91!

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