Extrabases 25-02-14

¡HOY resulta que es lo mismo ser derecho que traidor/ ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador/ todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor!

Enrique Santos Discépolo, más que compositor o dramaturgo, era un poeta. Sus tangos son incisivos, realistas, tan ciertos como el día a día de cualquier año. Hace exactamente 80 primaveras su ingenio dio a luz “Cambalache”, a solicitud de los gestores de la película “Alma de Bandoneón. Llamada por algunos “Siglo Veinte” -debería ser veintiuno– la pieza de “Discepolín” es tan diáfana como la luz que Dios nos vierte en estos días. Ocho décadas después uno riega sus prosas sobre Venezuela y no hay mínima pérdida, todo engancha, se engarza en esta tierra nuestra tan conmovida por los desalmados.

¡Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, valores y dublé!
Discépolo presagió probablemente a los Kirchner y a los bufones que mal los imitan. Sacó en los años treinta de la última centuria del milenio una obstinada protesta de lo que había y lo que habría. No pensó, al escribir, en Venezuela, pero fue un visionario cuando habló de chorros, maquiavelos y amargaos. Claro, se quedó corto. En la Argentina de entonces no atacaba una guardia con la saña de hoy en la patria nuestra, no se asesinaba estudiantes ni se reprimía con tanta brutalidad la protesta pacífica. Ni en la matriz más fecunda se imaginaban las hordas motorizadas ni había lanzadores de bombas hacia los edificios de una clase media que ya tiene suficiente asfixia en su achicada economía casera y no necesita una lacrimógena para llorar sobre los barriles de petróleo que parten diariamente a destinos donde se valida con una absurda chulería el vandalismo criollo.
¡Qué falta de respeto, que atropello a la razón/ Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón/… Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida/ y herida por un sable sin remaches ves llorar la Biblia sobre un calefón!

En cualquier esquina del país cabe esta estrofa anterior de “Cambalache”. No tiene desperdicio. Discépolo falleció apenas a los 50 años, pero si estuviera vivo sería acusado de fascista, burgués, oligarca, imperialista, capitalista, contrarrevolucionario y nazi, entre algunos de los cargos que los fiscales verían pasar complacientes en expedientes amañados. El tango, por cierto viene de la pobreza, de la carencia. Es porteño, de los sitios donde se jugaba la vida en cualquier lance de guapos en la barriada. Fue considerado vulgar como cualquier protesta legítima de hoy. No tiene nada de capitalista, burgués, etc, etc. Nació del despecho arrabalero, de la curda en los bulines. Si quieren busquen el lenguaje lunfardo y lo entenderán mejor que el escribiente… Y hoy Venezuela es un tango crudo, con la piel desollada. Discépolo tenía bastante papel para escribir. A nosotros se nos acaba. No todas las arremetidas son con perdigones, ni gas que un malo llamó del bueno. En los 30, había otras cosas y menos colas para comer. Allá con futbolistas de abolengo, aquí tenemos peloteros que ahora son antipatriotas por exhibir mensajes de paz en una foto de grupo. Los futbolistas serán criminalizados por no querer jugar sus partidos del domingo. Once muertos, centenares de heridos no son suficiente motivo.
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DISCÉPOLO tenía inclinaciones peronistas y combatió a la oligarquía -bien entendida diríamos- con sus tangos, programas de radio y obras teatrales. “Esta noche me emborracho”, “Chorra”, “Malevaje”, “Canción Desesperada” y “Uno”, este último con música de Mariano Mores (“Uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias/ Sabe que la lucha es cruel y es mucha pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina”). En las voces de Julio Sosa, Alberto Castillo, Roberto Goyeneche, Edmundo Rivero, Charlo o nuestros Alfredo Sadel y Rafael Deyón, los tangos de Discépolo son, de cierto, unos poemas que le cantan muchas veces a la tragedia o al amor. Su “Cambalache” es anillo al dedo en la Venezuela de esta fecha. Y el cierre se siente espeluznante por apropiado.

“Es lo mismo el que labura noche y día como un buey/ que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura o está fuera de la ley.

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