La Batalla de Caracas

Los sucesos de Cotiza y el atentado contra Henrique Capriles Radonsky, que pudo haber desencadenado una tragedia nacional, demuestra hasta dónde está dispuesto a llegar el régimen en su esfuerzo por impedir el triunfo de la oposición. Pues tal como lo demuestran las declaraciones de las autoridades de gobierno, que no dudaron un segundo en respaldar abierta o solapadamente al grupo de malhechores autores del atentado bajo el pretexto de que defendían un coto que les pertenece por derecho propio, podemos dar por seguro que no se trató de un hecho aislado, espontáneo o ajeno a las directrices del alto gobierno. El prolongado silencio del presidente en ausencia puede interpretarse según la vieja sabiduría: el que calla, otorga. Dicho de frente y sin ambages: el chavismo en el Poder pretendió asesinar a Henrique Capriles.Como hace veinte años pretendieron asesinar al entonces presidente constitucional de Venezuela, Carlos Andrés Pérez. El asesinato forma parte de su práctica política. Si deben asesinar para asegurar su permanencia en el poder, no dudarán en intentarlo. Esta vez, no dudaron.

Sería un gravísimo error de la oposición minimizar o banalizar este grave hecho. Se comienza con escaramuzas aparentemente vecinales e improvisadas. Se termina colocando bombas. El caso del fiscal Danilo Anderson, tapado en la bruma de la manipulación jurídica, mediática y policial del régimen, da cuenta de que el crimen no es ajeno a la política imperante. Como no lo fue el asesinato cometido por órdenes presidenciales desde Puente Llaguno o el asalto a Plaza Altamira. Permitir que este atentado pase bajo la mesa es darle carta de ciudadanía a la irrupción del terrorismo político en la campaña. Debemos repudiarlo y exigir el cumplimiento de la ley y la acción de las autoridades correspondientes, hasta sus últimas consecuencias. Ni la fiscalía, ni la defensoría del pueblo ni el Ministerio de Interior y Justicia deberían darse por satisfechos alcahueteando a sus asociados con expresiones banales, tan propias de El Aissami, Diosdado Cabello y Elías Jaua, a quienes la muerte – si es de un opositor – les parece asunto cotidiano de aburrido cumplimiento.

De allí dos acciones simultáneas, a cumplir sin demora: exigir la actuación del ministerio Público, condenar la aviesa voluntad del régimen en amedrentar a la oposición incluso con actos de violencias tan viles y bastardos como el atentado con armas de fuego contra sus miembros, por una parte. Y continuar, incluso ampliando y profundizando las acciones casa por casa y voto por voto de una campaña que debe librarse sin denuedo, sin descanso y con todas las fuerzas de que nuestro joven candidato y su comando de campaña sean capaces.

Contamos con una inmensa ventaja, que no debe ser menospreciada: el auto impuesto candidato del régimen, única figura capaz de sostener con mediano decoro la campaña presidencial, está prácticamente inhabilitado. Pues mientras lo esté y hasta tanto no sea capaz de competir en un plano de igualdad física y biológica con nuestro candidato, debemos avanzar y acumular tanta fuerza y poderío electoral como nos sea posible. Debemos ganar centímetro a centímetro el terreno en disputa. De modo a hacer irreversible nuestro éxito del 7 de octubre.

El impotente y falaz argumento esgrimido por el vicepresidente de la República, según el cual violamos los lapsos electorales, debe ser rechazado de plano. Todos los candidatos del régimen despliegan sus campañas, abusando de la ventaja de poseer y abusar de todas las instancias del Estado. Incluso la presidencia hace un uso descarado de la ley resorte para propagandear al régimen, vale decir al candidato. Que lleva 13 años de campaña ininterrumpida. Chávez no desperdicia ocasión de encadenarse, incluso desde La Habana, escoltado por la enseña cubana y la figura de José Martí en un acto de servilismo indigno de un militar.

De modo que debemos insistir en nuestra guerra casa por casa y voto por voto. Pero es un craso error hacerlo sin contar con la dirección, el consejo y la asesoría de quienes conocen a fondo los territorios en los que libramos nuestros combates. Máxime en las grandes ciudades que reúnen a las grandes masas de electores: Valencia, Maracaibo, Barquisimeto, Maracay, pero por sobre todo: Caracas. Y sobre todo en sus sectores populares, en donde se librará el combate final por la derrota del chavismo. Caracas no sólo constituye el corazón de la República, sede del gobierno central y principal conglomerado comercial, industrial, cultural y académico de la Nación. Quien gane Caracas, gana Venezuela. La batalla por la conquista de Caracas será la batalla crucial de esta guerra santa que estamos librando. Quien conquiste sus sectores populares no sólo gana la guerra: se asegura la base territorial estratégica para asegurar la transición e impedir los desórdenes, el caos y la anarquía con que las huestes del castro comunismo intentarán lo que ya hicieran en los años sesenta y setenta: tomar el poder por la vía de la insurrección armada, la guerra de guerrillas urbanas e incluso el golpe de Estado militar.

Todo lo cual explica la desesperación del régimen, incapacitado por ahora de poner en liza a su mejor combatiente y su disposición a impedir que nos aseguremos la fidelidad de los sectores populares de las barriadas caraqueñas. Un empeño que no debemos descuidar y el que debemos continuar con mayor fuerza, empuje y coraje que hasta ahora. En condiciones favorables y prácticamente sin competidores.

Pero ello, dado lo importante de la conquista y lo duro del combate, repetimos, no puede ser dejado a la improvisación, a la espontaneidad, a la sola voluntad y coraje del candidato. Debe formar parte de un esfuerzo táctica y estratégicamente preparado, casi con sentido de exactitud militar, cumplido al minuto y sin retardos y la suficiente coordinación para no ser presos de redadas, celadas o encallejonamientos. Es la hora del arte de la guerra.

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