#OPINIÓN La democratización de la oposición venezolana como respuesta al acto del 20M

Jairo García Méndez | Foto: Archivo/Referencial |

El 75% de los venezolanos, abiertamente, rechaza a Nicolás Maduro, pero no los une, de manera mayoritaria, un liderazgo opositor unitario, cohesionado y con una visión clara y común de futuro, que de ser así, tendría una fuerza política sin parangón en las últimas décadas de la historia venezolana. He ahí un desafío cívico para los venezolanos de hoy.

¿Por qué razón ese rechazo no ha sido capitalizado y convertido en una gran movilización para la transformación y reconstrucción de la democracia en Venezuela? Es la pregunta más relevante, entre tantas cuestiones colectivas, que preocupa y angustia a la mayoría de los ciudadanos, demócratas y republicanos venezolanos, aparte de la infernal situación a la que nos vemos sometidos en materia alimentaria, médica y de seguridad personal, caídos en un especie de estado de naturaleza regresivo e involutivo.

Ensayemos una respuesta a la pregunta formulada anteriormente:

1. Los líderes opositores han sido disminuidos por una campaña cruel, maligna, de persecución y quiebre físico en su contra y contra sus familiares (encarcelamientos, golpizas, violación de sus domicilios…) y psicológico (amenazas, presión, intromisión en sus vidas privadas, procesos sancionatorios y penales, sobornos…), por parte de la dictadura, que utiliza todo el poder del Estado como una agencia privada de protección de sus intereses.

2. La falta de miras altas de ciertos sectores y partidos opositores que no han sabido relegar a un segundo plano los intereses personales y partidistas, y de figuración pública, por el gran proyecto de recuperación y reconstrucción del país.

3. El abandono de la vida parlamentaria y la falta de creatividad para hacer de la Asamblea Nacional la instancia de discusión y diseño de las estrategias de reconstrucción del país. Es la Asamblea Nacional y los usos parlamentarios (democráticos por excelencia), el sitio ideal para el diseño del gran plan de reconstrucción del país, en todos sus ámbitos. Se puede tener una Asamblea Nacional itinerante, que recorra el país y sesione en los pueblos y ciudades, combatiendo la desinformación y generando espacios para la participación democrática.

4. El recrudecimiento del fanatismo, mesianismo y odio político en amplios sectores de la oposición, que acusan una impresionante incultura cívica y democrática, y que las redes de comunicación nos exhiben impúdicamente. Es necesario un pare ya a tanto desgarro y carencia de espacio de confianza para la discusión cívica, para lo cual los ambientes virtuales podrían ser una extraordinaria herramienta. El descreimiento, la sospecha y desconfianza en el otro, marcan las posturas políticas, mientras el país se nos cae a pedazos.

5. La desconexión con el sentir de las mayorías y el cierre antidemocrático de las organizaciones políticas y la ruptura de los vínculos con los grupos populares y sociales de base, optando por una gestión de la política de manera opaca y de espaldas a la trascendencia que exige la hora histórica.

6. El desgaste del liderazgo y la carencia de mecanismos políticos de refrescamiento y renovación, que ha generado una seria crisis de representación de la oposición democrática.

7. La concentración y centralización de las decisiones del liderazgo opositor en Caracas, olvidándose que el país es ancho y complejo, y que se requiere una organización opositora que abarque todo el país y que funcione democráticamente, es decir, desconcentrada y descentralizada, con líneas de coordinación productos del consenso.

En síntesis, la oposición venezolana sufre una profunda crisis democrática y es en la democracia y sus principios, a donde tenemos que recurrir para resolverla y lograr articular un gran movimiento nacional que genere la inspiración colectiva necesaria para potenciar la reconstrucción del país y expulsar del gobierno tanta maldad y molicie.

Una de las objeciones que siempre surgen para renunciar a la democratización de los partidos políticos y sus organizaciones como la Mesa de la Unidad y los distintos frentes creados, es la falta de tiempo, es la urgencia de salir de la dictadura, y con esa urgencia hemos postergado las prácticas democráticas, mientras la dictadura sigue campante y se prepara para 18 años más de permanencia y saqueo, es decir, se posterga también la salida de la dictadura. La democracia requiere tiempo, pero, ¡es urgente que seamos democráticos!

Premisas para el razonamiento ante el desafío

1. Desde su entrada en funciones de gobierno, el chavismo se mostró irrespetuoso de las formalidades legales y constitucionales, hasta llegar a alterarlo y generar una manifiesta ruptura del orden constitucional venezolano, reconocido en su momento por la Fiscal General de la República, hoy en el exilio. Vivimos fuera de un orden jurídico-constitucional, debidamente documentado y probado por más cien sentencias del ilegítimo Tribunal Supremo, mediante una especie de derecho de la decadencia y argucias interpretativas que contrarían los principios más elementales de la sana argumentación jurídica, base de la civilización occidental. Esta ruptura genera que nuestra política sea totalmente impredecible, con elecciones convocadas fuera de los lapsos constitucionales y legales, y con árbitros electorales que parecen más apéndices del partido de gobierno.

2. Hay un plan evidente de sumisión de la población a la dependencia de la escasa renta estatal, y por eso la política económica del gobierno ha destruido todo tejido socio-económico que implique alguna autonomía del Estado-Dictadura, generando la actual crisis humanitaria, donde el hambre, la muerte, la desnutrición y la diáspora, configuran una verdadera tragedia humana.

3. En medio estas trágicas circunstancias, el gobierno, que todo lo calcula para sostenerse en el poder, nos cita a un acto para lo cual tenemos cultura: votar. Votar fuera del lapso constitucional y con todas las condiciones favorables al triunfo del candidato de la dictadura. Esperable apenas. Y esta cita sorprende al liderazgo opositor, muy disminuido y derrotado en “diálogos del dictador”, que no atina a formular una estrategia que contrarreste la del gobierno. Y surge un especie de candidato “opositor” de la aparente “transición tutelada”, con un programa lleno de opacidad. Evidentemente, para alguien que piense solo desde la dignidad ciudadana y desde la pulcritud republicana, se trata de un acto fraudulento deleznable, sucio, al cual ni siquiera hay que acercarse. Pero la política real está llena de muchos actos parecidos, aquí y en cualquier parte del mundo que haya padecido los influjos de la tiranía y el oprobio. Por eso, mucha gente razonable y seria, piensa que es una oportunidad para golpear la dictadura y terminarla de desnudar ante los ojos incautos nacionales e internacionales. Una decisión, la de participar o no, llena de desafíos para quienes padecemos estas circunstancias llenas de oprobio y vergüenza.

4. Hay un grupo, la oligarquía chavista-madurista, que es dueña del poder del Estado, tanto de su ya escasa renta, como de la mayor fuerza de represión y control social que existe en el país (fuerza armada, policía, tribunales, fiscalía…), que ha transformado las instituciones públicas en una organización criminal. Este grupo se sabe rodeado y descubierto, tanto nacional como internacionalmente, y de acuerdo con las últimas masacres y crímenes cometidos, están dispuestos a defenderse con todo lo que tienen en la mano, que es mucho y duro. Un intento de desalojo del poder por la fuerza, por imposición, y con la pretensión de hacer justicia plena, nos llevaría directo a una guerra civil.

5. Solo mediante mecanismos y herramientas que brindan las experiencias de transición política y justicia transicional, podríamos conseguir una vía para solucionar nuestra tragedia humana. Una transición política que basada en la realidad, en lo posible, aquí y ahora, permita iniciar los cambios urgentes, urgentísimos, para impulsar la reconstrucción del país, comenzando con los mínimos en materia económica, educativa, alimentaria, médica y seguridad física de la población.

6. Para abrir la transición política se requiere la aceptación por parte de la oposición del sector identificado con la oligarquía chavista- madurista. La mayoría de quienes conforman este grupo humano no está vinculado con la criminalidad del gobierno y hay que generarles la confianza de que serán tratados con respeto pleno de sus derechos.

7. La justicia transicional implica conseguir los mínimos de la justicia exigida en el ordenamiento jurídico, a cambio de permitir la transición política, hacia un orden democrático y civilizado. Hay factores reales de poder dentro del gobierno que requieren ciertas garantías, cierta confianza posible, para sobrevivir en la transición, e ir cediendo en sus posiciones que permitan el respiro de las mayorías que se debaten en la precariedad vital. Esos mínimos de justicia y esa confianza de quienes tienen el poder político real, debe ser obra de políticos democráticos, con temple y con altas miras, y vinculados con el sentir más profundo de los seres humanos que conforman la sociedad venezolana.

¿Qué hacer?

1. Si partimos de las premisas anteriores, nos daremos cuenta de que hemos estado incursos en una falsa, temeraria y dañina disyuntiva ciudadana (votar o no). Lo que sí queda claro de esta disyuntiva, visto con civismo, es nuestra propia incultura ciudadana y la crisis de representación de la oposición democrática. La incultura cívica se refleja en las discusiones llenas de odio entre conciudadanos que deberíamos tener un solo y gran propósito vital (¡Y de hecho lo tenemos!): la reconstrucción del país. Y la crisis de representación de la oposición democrática, se pone de manifiesto en la división del liderazgo nacional frente a un acto político convocado por el gobierno, con todo lo fraudulento y oscuro que son capaces.

2. La incultura cívica es el problema más grave que tenemos. Por incultura cívica buscamos y creímos encontrar un mesías salvador, y volvemos y nos repetimos, y seguimos buscando otro. Llámese un militar que tire la parada, un gendarme empresarial que ponga orden o esa cosa maleable que llamamos comunidad internacional. La incultura se combate con educación, con formación, con reflexión, con arte, con lectura, con conversaciones democráticas, con estudio, con prácticas cívicas… Hay mucho que se puede hacer de inmediato y mucho que tenemos que hacer a largo plazo, porque la cultura cívica es el sistema inmunológico de la democracia.

3. La crisis de representación de la oposición democrática, se resuelve con el principio democrático. Tenemos que exigir, presionar, a todos los partidos políticos de oposición a democratizarse. Una carencia que echamos de menos en la Ley de Partidos Políticos, Reuniones Públicas y Manifestaciones, es el desarrollo del principio democrático en la organización y funcionamiento interno de las organizaciones políticas, y de la obligación de formar políticos y promover la cultura cívica. Y tenemos el órgano, tenemos nuestra Asamblea Nacional, para que inicie ya la reforma de esta Ley y nos regalen un trazo de belleza democrática: obligar a los partidos políticos a democratizarse. Es que hay partidos, de los más relevantes de la oposición, que son dictatoriales (autoritarios y opacos) en su organización interna, es decir, se parecen a lo que tratan de combatir: la dictadura del chavismo-madurismo.

4. Resolver la crisis de representación de la oposición democrática implica, por lo menos: a) Que los partidos y demás organizaciones políticas abran la inscripción de nuevos miembros, con requisitos mínimos, razonables y creando espacios de confianza para ello; b) Que las organizaciones políticas convoquen elecciones internas, abiertas y democráticas, incluso con la participación de simpatizantes, no necesariamente afiliados; c) Que las organizaciones políticas revisen su doctrina, públicamente, y avancen en el compromiso democrático; y d) Que los partidos políticos se desconcentren, posibilitando la autonomía de sus organizaciones en las estados, municipios y parroquias, con reglas de coordinación básicas, no ahogantes de la creatividad de sus partidarios. Y luego de ese refrescamiento democrático de los partidos, podríamos armar de nuevo la alianza, la coalición de los partidos, tal como lo prevé un proyecto de reforma parcial de la ley de partidos que ya se discutió en nuestra Asamblea Nacional. ¡Será bienvenida la nueva Mesa de la Unidad verdaderamente Democrática! ¿Y si la Asamblea Nacional no lo hace por su cuenta? Tenemos la iniciativa popular para presentar el proyecto de reforma parcial de la ley de partidos.

5. Esta propuesta no soluciona la crisis humanitaria, pero es el gran arranque para hacerlo. Es la manera democrática, hermosa, de forzar una transición política hacia una democracia que queremos y merecemos, y fajarnos entre todos a reconstruir el país, reconquistando poco a poco las instituciones republicanas.

¿Votar o no votar?

Falsa, desgastante y casi primitiva disyuntiva. Vamos a democratizarnos, vamos a llenarnos de democracia. Y votemos, si queremos, si nos sentimos a gusto con nuestra cultura cívica; o no votemos, si también nos parece más apropiado con nuestra psique democrática.

¡Pero democraticémonos y democraticemos la oposición!

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