#OPINIÓN Amor es…

Isabel Vidal de Tenreiro | Foto: Archivo/Referencial |

Tanto se habla del amor, pero ¿cuántos pueden definir qué es el Amor? El amor humano –el verdadero- es como una chispa del amor divino. Por eso es que es difícil definirlo.

Quien sí nos lo ha definido es San Juan Apóstol y Evangelista.

Amar a Dios es hacer lo que El nos pide. “Permanezcan en mi Amor. Si cumplen mis mandamientos permanecen en mi Amor, lo mismo que Yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su Amor”(Jn. 15, 9-10). La palabra “mandamientos” no se refiere sólo a los que conocemos como los 10 Mandamientos, sino a “todo” lo que Dios desea de nosotros. Es el caso entre Dios Padre y Dios Hijo: éste hace lo que el Padre quiere y es así como permanece amando al Padre. Quiere decir que nosotros permanecemos amando a Dios si hacemos lo que Dios desea de nosotros. ¡Qué esclavitud!, dirán algunos. Pero si nos fijamos bien, los amores humanos funcionan de la misma manera: el enamorado hace lo que la enamorada desea y viceversa; uno busca complacer al otro. Amar a Dios es, entonces, complacer a Dios … en todo.

Y la consecuencia del verdadero amor es la felicidad. “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena” (Jn. 15, 11). La verdadera felicidad está en permanecer amando a Dios, cumpliendo los deseos de Dios y no los propios deseos. Así nuestro gozo será “pleno”. Las alegrías humanas son pasajeras, efímeras, incompletas, insuficientes. Pero … ¡nos aferramos tanto a ellas! Si nos convenciéramos realmente de estas palabras del Señor sobre la verdadera alegría, nuestra felicidad comenzaría aquí en la tierra y, además, continuaría para siempre en la eternidad.

El Amor viene de Dios. Es decir: no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos capacita para amar. “Amémonos los unos a los otros, porque el Amor viene de Dios. Todo el que ama conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor … El Amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero” (1 Jn.4, 7-8 y 10). Es decir: es Dios Quien ama a través de nosotros. El que ama -el que ama de verdad- no con un amor egoísta, sino con un amor generoso que sabe darse al otro, con un amor que busca el bienestar del ser amado y no el propio- ése que ama así, ama así porque conoce a Dios. El que ama egoístamente, o sea, pensando en sí mismo, ¿ama de verdad? Pensándolo bien: ése no ama. Y no ama, porque no complace a Dios; lo que hace es complacerse a sí mismo.

Ahora bien ¿Será lo mismo Amor de Dios que amor a Dios? Según San Juan son la misma cosa, pero primero viene el Amor de Dios, y de segundo el amor a Dios. O sea, que no hay amor a Dios, si primero no hay Amor de Dios. Es que el Amor consiste en que Dios es Quien ama. El amor a Dios por nuestra cuenta y esfuerzo es sencillamente imposible. Y, aunque no nos demos cuenta, tampoco es posible amar a nadie –amar verdaderamente, digo- si no es Dios Quien ama a través de nosotros.

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