#OPINIÓN Desde aquí… Remembranzas (11)

Amanda Victoria | Ilustración : Victoria Peña |

“Con recios ventanales que miran al poniente contando en su mutismo leyendas de otra edad, la casa vieja su desteñido frente levanta altiva en medio de la gentil ciudad. El sol, la llovizna y el hombre lentamente borraron sus insignias de originalidad, mas ella opone al tiempo su esplendidez muriente con irreductible blasón de majestad” (V. Sandoval A.)
Hace rato pasamos por el tiempo perfecto en el que de todo disfrutábamos estando en la mitad del camino, inolvidables días en que eran más bellas las flores a medio abrir y el corazón ardía como alborada; pasó la dicha, como todo pasa y también el momento en que mejor navegaba nuestra barca a media vela y mejor trotaba el caballo a media rienda. El potro también pasa por su floreciente época: crece, da vida, goza, corre raudo, galopa, sus cascos son nuevos, su pisada firme y segura; preludian para él las alboradas de la madrugada, revientan por todas partes racimos de esperanza, sus instintos se lanzan sin freno, el tiempo no le preocupa porque le sobra. Sin darse cuenta se le van los años y los rigores naturales como ley de vida, porque después de esta vida-como cantara don Simón: Caballo viejo no hay otra oportunidad…

El pasto comienza a aletargarse con el sueño invernal que no perdona, el viento arranca al árbol las hojas cenicientas, la fatiga de los años arremete contra nuestros planes y en los sueños se interpone la estación, todo se nos va quedando seco y lejano, pero floreciente en la memoria.

Las casas también envejecen, se desgastan y declinan. Abuelos, rostros, gente querida, pueblos e historia nos atan al pasado. Al evocarlos una lágrima asoma a nuestros ojos recordándonos el día en que nos fuimos, con la esperanza de que siempre quedaría algo de lo que con amor sembramos. Como el recuerdo hay casas que mantienen preciosos sus balcones plenos de gardenias, de geranios y de rosas. Casas en las que en sus aleros y cornisas formaron sus nidos turpiales, mirlas y sinsontes. Lejos, firme la cordillera a pesar del tiempo se yergue presumida, más allá la gloria del horizonte abierto espera y amplía caminos a los nuevos peregrinos.

Frecuentemente se escuchan emocionadas y merecidas evocaciones del pasado de los pueblos. La música conmueve delicados sentimientos, igual que la historia, las leyendas, la infancia de los hechos y las cosas. En esta recopilación se busca resaltar ese sentir social, cuya historia es fuente de recuerdos, pilares del presente y del porvenir.

El corazón del hombre no olvida el lugar de su nacimiento, sitio que evoca con nostalgia inocultable de aquellos lugares en los que transcurrió buena parte de su niñez y juventud. Los bardos nunca faltan en estas remembranzas, sus historias forman parte de la riqueza vernácula, muestra de la fina sensibilidad, alta exaltación y del sostenido vuelo lírico de algunos de los poetas nacidos allí, que cantaron al paisaje, al amor y hasta a los pesares y melancolías en versos impregnados de cariño que en la época tuvieron honda resonancia. Muchos de ellos perduran en la memoria de las generaciones. En cada pueblo y camino se encuentran hombres llenos de facundia, amantes de la tradición, hombres con cuyas plumas recuperan del olvido para que tengan pervivencia, los hechos históricos y envejecimiento de aquellos pueblos, de aquel tiempo y de personajes típicos que fueron la pimienta del ayer. En el hombre que escribe y el que lee se afincan las bases más fuertes de una civilización.

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