“Pequeñez de Espíritu o Poquedad Del Alma”

Cuando se recibe la mesa servida, no cuesta alimentarse; cuando ha sido sembrada la semilla y se le ha cultivado cuidadosamente, no será difícil recoger el fruto; es fácil mantenerse de pie cuando se tiene el apoyo del hombro vecino. Y está bien. Si está el alimento sobre la mesa, ¿Por qué no tomarlo?; si el fruto ha madurado, ¿Por qué no cortarlo?; si el vecino ofrece el hombro, ¿Por qué no apoyarse en él? Está bien hacer eso.
Pero es de mala entraña hablar mal del alimento después de haberlo recibido de mano ajena y así consumido, así como rechazar el fruto maduro luego de haberlo cortado, o golpear el hombro que ha servido antes de apoyo para poder mantenerse en pie. Es de mala conciencia hacer eso, y denota pequeñez, pequeñez de espíritu, poquedad del alma.
Está en las almas nobles agradecer un buen gesto, y mantenerse en silencio después de haber sido atacado y dañado; pero no lo está el morder la mano que antes ofreció ayuda, mancillar a quien no ha hecho otra cosa que ofrecer la herramienta para hacer el trabajo.
Hay personas que acostumbran criticar sin el debido conocimiento de las situaciones que critican, emitir juicios ligeros sin conocer los datos y sin comprender los conceptos. Esa forma de actuar confunde y aleja la verdad, y ello es lamentable siempre, pero sobre todo cuando se trata de temas tan importantes como la educación.
No deja de ser grave emitir opinión sin una adecuada comprensión y un buen conocimiento de aquello sobre lo cual se opina; pero es más grave aún que, teniendo las herramientas y la información para poder comprender una situación y manejarla adecuadamente, esta se confunda y se sesgue por un mero interés personal o por obedecer órdenes que provienen de intereses que no son los que corresponden al caso.
Lamentables posiciones, propias de gentes ligeras y poco serias, sobre todo cuando ellas han recibido la mesa adecuadamente servida, cosechado de una semilla que otros sembraron, y/o recibido apoyo del hombro que ahora mancillan. Si no comprenden lo recibido, es su problema, y si lo comprenden e interesadamente lo sesgan, de igual manera. Algunas veces, el silencio suele ser la mejor palabra.
Estos que muerden la mano que les alimenta, que se sirven de la mesa ajena, que se apoyan en el hombro vecino, y no lo agradecen, estos son realmente meros accidentes, seres inferiores, sin esencia, y por lo tanto, sin sustancia. Luego de tomar el alimento hablan mal de quien se los ha servido; luego de recoger el fruto, buscan negar la semilla del cual germinó. Son seres bajos, engañosos. Hay que desconfiar de ellos pues ahora adulan a quien después atacarán. Cuidado con ellos. Afortunadamente, duran poco, aunque el daño que producen es en la mayoría de los casos, irreversible.
Cuando no se tiene la información necesaria de un caso, ni una adecuada comprensión del mismo en su concepto, ya porque falte la inteligencia y/o la capacidad, es mejor ser prudente y callar. Pero cuando se tiene el concepto y la información adecuada, y esta y aquél se desnaturalizan y se trastocan para cumplir intereses y obligaciones impuestas, más aun es mejor callar.
El depredador humano sabe acechar su presa agazapado entre la espesura de la confusión; de otra manera, si se anuncia, se delata. El hombre no debe perder sus propiedades fundamentales, de las cuales, decía Santo Tomás, dos muy importantes son la verdad y la bondad.
No debe nunca faltarse a la verdad, cualquiera que sea la situación que se presente; tampoco debe faltarse a la bondad, sobre todo con aquellos que supieron ser bondadosos con uno. Aunque se esté en la política, y aun en lo más podrido de los pantanos que en esta se suelen presentar, no debe olvidarse que, según lo dejó dicho Santo Tomás de A quino, el fin de la actividad política es el logro del bien común. Hay, pues, que apelar al temperamento moral, al que se llega, fundamentalmente, mediante una objetiva cautela crítica. Quien tenga oídos para oír, que oiga; quien tenga ojos para ver, que vea; quien tenga razón para entender, que entienda.

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