Por la puerta del sol – La disyuntiva de elegir la mortaja o la vida

La sabiduría de vivir consiste en mantenerse activo, tomar lo que nutre y alegra alma, corazón y vida, desechando lo que hace daño y no se necesita.

El facilismo producto de la tecnología, el pretexto de la falta de tiempo, la falta de voluntad, inclusive la disculpa de la vejez y de la jubilación entre otros, condenan la vida al sedentarismo e inamovilidad física y mental, poniendo el organismo en una situación vulnerable y de obesidad, cuya alta cuota paga la salud.

Todos estamos expuestos a un continuo devenir, a la lucha por la subsistencia, a la tentación de vivir una vida cómoda, sin esfuerzo. El tiempo en su girar incesante proporciona la alternativa de continuar y mantenerse en acción, cosa que olvidamos, prefiriendo quedar anclados en un solo punto sin avanzar, hasta que nos sorprenden los estragos del tiempo y de la inactividad, demasiado tarde para tomar conciencia de lo breve que es el trayecto vital y del desperdicio que hemos hecho de la oportunidad de haber disfrutado la vida a plenitud.

Por otra parte cambiar requiere de voluntad y de esfuerzo; es una necesidad reformularse el propósito de la vida, cambiar es crear su propio sueño. Acostumbrarse a un orden de actividades específicas, puntuales, repetitivas, es la prueba de que se ha perdido el interés por la vida, el de alimentar los sueños, emocionarse, sonreír, comunicarse, situación que inexorablemente lleva al mundo de los solitarios, deprimidos y amargados.

Viajar es alejarse por un rato de lo cotidiano, es poder abrir los oídos, llevar el espíritu más allá del espacio, contactarse con el mundo natural, es vivir con uno mismo a plenitud, deambular por los senderos insondables, danzar irreverentemente sin complejos, es elevarse hasta las nubes, o como dice mi hijo Mauricio en una parte de su bello poema Sin ley: “Si yo fuera Simbad de un hechizo hiciérame un navío y surcaría una gota de rocío, con arrebatos de loco marinero”. El mejor motivo para viajar es olvidarse de los deberes por un rato, del reloj, de los jefes, de los inquisidores, de los compromisos, del celular. Los cantos del turpial y del canario son más lindos y sublimes en libertad, lejos de sus jaulas.

En esta vida nada es gratis, el que algo quiere tener algo le ha de costar; la paz de la montaña no tiene precio, maestros de la recuperación y del íntimo disfrute son la playa, el remanso y la cascada. Cuando nos ponemos en contacto con la naturaleza respiramos vida, nos embriagamos con la bruma como los pinos.

El hoy pasa y ya no vuelve; aunque llegue mañana ya hoy pasó, los días de la vida se abrevian cada día y no nos pertenecen. Cuando los momentos de alegría son buenos, cuando es activo y feliz el espíritu, cuando la música nos viste el corazón de fiesta, se nos pone el alma robusta y vigorosa. Viajar, salir, moverse es olvidarse de cansancios, rutinas y preocupaciones, es irse sin mirar atrás, sin tantas cosas, ligeritos de equipaje, antes de que el lúgubre pájaro del tiempo nos invite a seguirlo en el último viaje, el sin retorno.

Tantas alegrías dejan los viajes y tantas ganas de vivir que antes de abrir las maletas, ya uno está pensando en la próxima escapada. Viajar, activarse, caminar no es seguir el rastro de otros es dejar el nuestro en lo que significa el verdadero e íntimo disfrute de la vida.

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