José Rafael Anzola: fotógrafo

Carlos Eduardo López / Foto: José Rafael Anzola |

Cuando contaba 24 años de edad, en 1942,  José Rafael Anzola fundó Salón Mixto.

En ese momento tenía lugar la Segunda Guerra Mundial y ante la ausencia de productos importados, decidió montar un negocio extraño para la época como era la venta de artículos típicos, siendo una de las primeras en su género en el país. Luego definiría el perfil del establecimiento dedicándose  a la venta de instrumentos musicales y artículos deportivos. Fue un auspicioso comerciante: director de varios bancos y empresas.

Fue  deportista: campeón de tiro olímpico del estado Lara (1956, 1961 y 1963) y campeón de billar (1960).

Junto a su amigo Julio Yépez instaló un laboratorio fotográfico para uso personal en la residencia de éste último en la esquina de la carrera 21 con 36, no por casualidad conocida como esquina de Julio Yépez (padre). Allí procesaban e imprimían copias. La fotografía se convirtió en su pasatiempo y en un recurso para la promoción de las actividades deportivas y musicales que auspiciaba.

En las afueras del conocido comercio de la carrera 21 con calle 34 ubicaba al “hombre orquesta” personaje que simultáneamente tocaba casi una decena de instrumentos: guitarra, maracas, pandereta, tambor, redoblante, castañuelas, armónica y corneta, con el aviso del comercio como fondo. Ugo Ulive el reconocido dramaturgo y cineasta realizó hacia 1970 un cortometraje “Alrededor del hombre orquesta” que para entonces deambulaba en el centro de Caracas.

Un “dependiente” del negocio, convertido en improvisado artista se instalaba en una tarima que colocaba en las afueras de la calle 34. El diminuto personaje tocaba prácticamente todos los instrumentos musicales que allí se expendían.

Los ciclistas, futbolistas y peloteros promocionaban las bicicletas, balones, guantes, bates y pelotas que disponía el negocio. Extrañamente nunca vendió artículos fotográficos.

La trascendencia de sus registros, radica en el simbolismo que yace en la unión de prácticas comerciales y lúdicas, puesto que muchas de las fotografías parecieran mostrar un juego o un circo callejero, aún cuando se trataba de promocionar lo que allí había, valiéndose de peculiares destrezas de un individuo o de su fisonomía. Son registros únicos de nuestro inmediato pasado.

No solo fotografiaba con fines publicitarios, puesto que fue documentador del entorno larense. Al ver su obra paisajística resulta fácil explicar porqué la fotografía y la poesía se llevan tan bien. En su composición es notoria la influencia de directores de fotografía del cine mexicano que se exhibía en más de veinte salas que disponía Barquisimeto a mitad del siglo XX y de cuyo magnetismo José Rafael Anzola no pudo escapar. En memoria de Omar.

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