Séptimo día

Jesús Granadillo Ávila |

El 8 de noviembre se celebraron las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, en las cuales participaron dos candidatos: Hilary Clinton (del partido Demócrata) y Donald Trump (Republicano), quienes realizaron una campaña electoral en la cual quedó reflejada la ausencia de liderazgo y la poca calidad de los comicios.
Así tenemos que, tratándose de un país del primer mundo, era de esperarse una confrontación entre candidatos con carisma, con arraigo, con características propias de los líderes y que éstos realizaran una campaña de altura, en la que se expusieran ideas, problemas y soluciones al país.

Pero las cosas no ocurrieron así, y el país del norte pudo presenciar a unos candidatos huérfanos de arraigo popular, quienes debatieron en un torneo de insultos y descalificaciones mutuas, llegando al máximo del suspenso en tres debates televisivos que no lograron alcanzar su cometido.

Por una parte el candidato Republicano Donald Trump con su arrogante personalidad de magnate empresarial, cargado de racismo, de desprecio a los inmigrantes y personas de origen humilde, con un lenguaje xenófobo, soez y de desprecio hacia las mujeres y amenazando con construir un muro en la frontera con México.
Por la otra parte la candidata Demócrata Hilary Clinton, quien siempre se mostró muy acartonada, carente de un mensaje que lograra despertar entusiasmo en la población votante, incluida la colonia inmigrante latinoamericana y el sector juvenil, y obviando a menudo su evidente condición, de poder ser la primera mujer Presidente del país del norte.

Pues bien, la campaña electoral transcurrió en un ambiente frío y con falta de entusiasmo y el día 8 se celebraron los comicios, resultando electo el Republicano Donald Trump, alcanzando además una mayoría de representantes en la Cámara del Senado y dando al traste con las predicciones que habían adelantado las diferentes encuestadoras.

Estos resultados han despertado una serie de expectativas dentro y fuera del país, dada la conflictiva personalidad de Donald Trump, su lenguaje escatológico y su manera peculiar de comunicarse, lo cual en oportunidades logra exacerbar los ánimos de los destinatarios de sus mensajes, sobre todo en lo concerniente a la población de inmigrantes latinos y afrodescendientes, los cuales han realizado numerosas protestas en diferentes ciudades.

Sin embargo, fuera del país la influencia no ha sido ajena, en el aspecto económico se produjo un fuerte sacudón en distintas bolsas de valores, casas de cambio, bonos de deuda pública, valores monetarios, petróleo y minería, y en el estadio político se está a la espera de conocer cuál va a ser su posición en relación al terrorismo internacional, a la situación en el Medio Oriente, al acercamiento con el castro-comunismo cubano y al reconocimiento a algunos regímenes de países latinos, de muy dudosa conducta democrática.

De tal manera que no tenemos más alternativa que esperar hasta el 20 de enero 2017, cuando asuma el poder el nuevo Presidente electo, y entonces se comenzarán a despejar tantas incógnitas, como la amenaza de deportar 3 millones de inmigrantes indocumentados y a conocer cuál va a ser la influencia a ejercer en los países del continente y, sobre todo, poder evaluar si su aparente prepotencia va a marcar su estilo y comportamiento con el exterior. Valor y pa´lante.

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