Se intensifica el hambre en los municipios foráneos

Mariángel Massiah | Foto: Iván Piña |
entre deficiencias en servicios basicos y escasez de alimentos viven los havitantes de duaca. 12/07/2017. foto ivan piña

A unos 30 kilómetros de Barquisimeto se encuentra un pintoresco pueblo larense, reconocido como la perla del norte, ubicado en el municipio Crespo. Duaca desde siempre ha sido catalogada como una zona agrícola y ecológica, aunque en medio de la actual coyuntura que enfrenta el país, sus habitantes consideran que están empobrecidos en todos los sectores.

La ruptura

Desde el punto de vista ecológico algunas empresas se dedicaron a destrozar sus bosques y perforar pozos de agua, y quienes aún poseen algunos espacios para arar sus tierras advierten lo difícil que se ha convertido adquirir las herramientas e insumos de trabajo, por la escasez de los mismos, y el alto precio de los pocos que se encuentran en el mercado.

Especialistas advierten que ni el gobierno de la Cuarta o Quinta República se preocuparon por mantener las grandes empresas que allí se encontraban, por lo que los actuales habitantes de Duaca son quienes pagan estas consecuencias. En 1958 –durante el gobierno de Marcos Pérez Jiménez- Duaca tenía compañías donde se producían todo tipo de productos lácteos; al igual que mataderos industriales, salas de cine, e incluso un ferrocarril. Una vez que se produjo el cierre de estas entidades, la población se desplazó laboralmente hacia Barquisimeto, sin embargo, en medio de la crisis que enfrenta el país, igualmente en la ciudad crepuscular reina la quiebra y el desempleo; tal y como lo explicó el dirigente del Movimiento Crespo, Asdrúbal Álvarez.

En su opinión, los duaqueños se encuentran sin empleo y cualquier patrono los rechaza al momento de solicitar un trabajo, solo por vivir en la zona norte; al considerar que la vía permanentemente está cerrada. Según Álvarez, la gente ha terminado por trabajar como colectores de autobuses y en ventas informales por las calles del pueblo, o buscando cualquier persona que le dé un chance para trabajar; asegura que los profesionales, en su mayoría, han emigrado hacia otros países.

Otra variante que imposibilita el traslado de estos pueblerinos hacia Barquisimeto, en búsqueda de un empleo, es el alto costo del transporte urbano. Las camionetas cobran en 1.200 bolívares el pasaje a Barquisimeto. Autobuses con un aspecto destartalado y en mal estado ofrecen su pasaje igualmente en 900 bolívares. Los rapiditos, también llamados carritos de San Juan (vehículos de cinco puestos) trasladan a los pasajeros por 1.800 o 2.000 bolívares; es decir, quienes trabajan o estudian en Barquisimeto deben disponer de al menos 5.000 bolívares diarios para moverse, lo que representa un monto de 25.000 bolívares semanales y 100.000 mensuales.

 

Situación infrahumana

Quienes intentan mantener sus pequeños comercios tienen una constante lucha con la escasez e inflación. Guitilio Parra es dueño de una bodega desde hace más de 25 años, antes ofrecía todo tipo de alimentos y los habitantes del sector se dirigían allí para comprar desde carnes hasta harinas; no obstante, Parra detalla cómo le ha costado mantener su negocio con productos escasos y que cada día incrementan de precio, por ello se dedicó a vender repuestos para motos y bicicletas, y solo ofrece productos regulados cuando estos llegan.

Los ciudadanos del lugar igualmente intentan “surfear la ola” para alimentar a sus familias. Lena Silva comentó que tenía tres meses sin recibir las bolsas del CLAP en su zona. La señora de la tercera edad agregó que canceló 10.500 bolívares hace más de dos meses, y con  retraso le llegaron sus alimentos. Autoridades de la casa comunal le aseguraron que las trancas y cierres de vía -efectuados por los manifestantes opositores- dificultaron el traslado de su sustento; sin embargo, el problema no es solo el retraso de los productos, sino que presuntamente disminuyeron en cantidad. Silva ve con escándalo que para completar les cobraron 2.500 bolívares -por familia- para supuestamente cancelar el flete.

A su vez, los duaqueños en búsqueda de sus alimentos  inician un recorrido por todos los “chinos” y abastos de su pueblo para “cazar” los alimentos y “surfear” sus altos precios. Para Silva se convirtió en algo imposible comprar aceite, el más económico que consigue en el mercado cuesta 18.000 bolívares el litro; por lo que decidió sacar el producto de su menú diario. Aunque en sí, detalla que comer es algo que medianamente realizan para sobrevivir. Para ella un desayuno cotidiano es suero y un poco de queso (lo que alcance a comprar con 1.000 bolívares). En su casa no almuerzan porque el dinero no da para comprar tanta comida, por lo prefieren cenar un par de arepas de maíz con salsa de tomate y cebolla. “No nos alcanza el dinero para comprar carne o pollo, están carísimos, sacamos de la dieta la proteína; ni siquiera el dinero alcanza para comprar un solo pan campesino”.

Una sola panadería en el casco histórico de Duaca tiene sus puertas abiertas, el resto simplemente cerró por la falta de harina, y la única que vende solo ofrece un pan dulce que pasó de costar 2.500 bolívares a 7.000, en tan solo dos meses.

La harina muy poco llega a los abastos y supermercados y cuando lo hace no da abasto para todos los residentes de la zona. Algunas familias resuelven comprando un kilo de masa de maíz que cuesta 2.500 bolívares, y aseguran que solo les rinde para cuatro arepas.

Una habitante del sector Pueblo Nuevo oeste, Maritza Virgüez, destacó que conseguir el gas para cocinar los pocos alimentos que logran comprar, tampoco es una tarea fácil. En su residencia tiene más de dos meses que no llega el camión que transporta las bombonas.

La escasez es generalizada, las farmacias igualmente permanecen vacías. Los pueblerinos deben viajar constantemente hacia la capital larense para conseguir un poco más de medicamentos, porque ni siquiera el remedio para la tos se consigue en estas boticas. Quienes requieren de un permanente tratamiento por sufrir enfermedades crónicas, aprovechan las inmensas extensiones de terreno que permite la zona montañosa y recurren a sembrar sus tratamientos naturales. Uno de los más usados es un preparado de cebolla, ajo y limón; usado para controlar la hipertensión.

“Aquí la gente se está muriendo de hambre. No hay acceso a la alimentación. Al igual que en el resto del país la gente está comiendo para llenarse, mas no para alimentarse”, expresó Álvarez.

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