Del Guaire al Turbio – Diego

Alicia Álamo Bartolomé |

Rompió moldes. Se salió de la denuncia social y política. Su “denuncia” fue histórica. Trató a nuestros héroes con la plena libertad del artista que no se compromete con ideología alguna, sino con su propia complacencia, su creación sin caprichos de gobiernos o mecenas. Sin barreras. Se podría estar de acuerdo o no con algún planteamiento estético o ético suyo, pero nadie podría acusarlo de estar sometido a nada ni a nadie. Esperemos que con la muerte del gran cineasta Diego Rísquez Cupello, este 13 de enero de 2018 -día de mi 92º cumpleaños- no haya muerto en Venezuela la libertad creadora.
En su edad veinteañera aparecieron sus primeros filmes en formato super 8 que después traslado a 35 mm. Desde entonces inició otro rompimiento: el de la ortografía de los nombres y algún adjetivo o preposición: Orinoko, nuevo mundo, Bolívar, sinfonía tropikal y luego, más adelante, Amérika, terra incógnita, Karibe kon tempo. ¿Qué buscaba Diego con esta alteración? Yo creo que simplemente eso: romper, con la ortografía, la costumbre, los modelos tradicionales. Irrumpir con una visión nueva, propia, quizás enraizada en lo aborigen, porque la K nos remite indudablemente a lo indígena. Al unísono con estos primeros trabajos, tuvo su etapa de los a propósitos: A propósito de Simón Bolívar, A propósito de la luz tropical, A propósito del hombre maíz… y se coló por ahí un hermoso y sugestivo título, Poema para ser leído bajo el agua.
No soy experta en la cinematografía de Rísquez, confieso que lo he visto poco, aunque siempre admiré su rebeldía creativa. Quizás esta relativa indiferencia, que hoy me pesa, haya sido por una accidental cercanía familiar que confirma aquello de que nadie es profeta en su tierra. Mi hermano Antonio se casó con su tía Myriam, fue de los niños de cortejo nupcial y así, mis sobrinos Álamo Cupello son sus primos hermanos. Conocido desde niño, por eso mismo me distraje en tomarlo en serio hasta que… ¡vi Reverón…! Su creación de 2011 y una de las últimas. Entonces exclamé, hipnotizada: ¡Oh… chapeau, Diego!
Intensamente gocé esa película. Para mí es una obra maestra, aunque muchos -neófitos- no la vieron así. Alguien me dijo: “No me gustó porque
no salen los cuadros de Reverón”. ¿Cómo que no? ¡Si cada escena es un cuadro del artista! No el retrato de los que están en los museos o en las colecciones particulares, sino de su integral esencia creadora. Rísquez concibió un plástico movimiento de imágenes y posiciones de los seres y las cosas bajo la sombra, la niebla, los colores y esa luz inefable que hizo del pintor un genio de la pintura tropikal, ¡sí, con la k de Diego!
Por supuesto, el cineasta contó con un gran protagonista. Sabía bien lo que hacía cuando lo eligió, a pesar de que hubo que ponerle lentes de contacto para que el iris azul de los ojos del actor se volviera en el oscuro de los reveronianos. Más nada, de allí en adelante, Luigi Sciamanna se convirtió en Armando Reverón. No sé cómo habrá hecho posteriormente para sacarse esa piel. Y así, todo el elenco, dando sus personajes e integrados en el ambiente mágico del castillete de Macuto.
Luz y sombra juegan en la obra de arte, como en la vida. El cine es luz y sombra. Diego acaba de internarse en la sombra para renacer en la luz.

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