#OPINIÓN Progresar, Progresismo

Claudio Beuvrin | Foto: Archivo |

Los refranes son frases breves que resumen la experiencia que los individuos y grupos sociales han tenido en sus vidas o que revelan la actitud que tienen ante los acontecimientos y situaciones, sean individuales como colectivas. Pueden justificar o explicar sus conductas, abarcar los temas más variados, y es una forma popular de transmitir valores y visiones.

Es común escuchar que “vendrán tiempos mejores”, o que “éramos felices pero no lo sabíamos” y también “lo mejor es lo que sucede”. Aunque hay muchas expresiones más, bien vale la pena analizar estas frases porque encapsulan tres visiones bien diferentes ante el progreso.

En la primera el presente se percibe como malo pero muestra confianza en que las cosas cambiarán, no dice en cuanto tiempo ni a que costo, pero afirma abiertamente la posibilidad de un cambio y que este cambio será para mejor.

El “éramos felices y no lo sabíamos” es un lamento nostálgico, nos reprocha nuestra incapacidad para defender el status quo. Manifiesta un anclaje en el pasado. Y dependiendo de a qué pasado se refiere, deja entrever una voluntad de repetirlo. Las personas mayores caemos con frecuencia en este tipo de nostalgia. ¡Cuando en mis tiempos! solemos decir. Otros añoran por ejemplo, la seguridad que había en los tiempos de Pérez Jiménez y lo dicen, con frecuencia, sin un conocimiento suficiente de lo que ocurría en esos tiempos. El nostálgico no construye futuro pero en casos extremos intenta construir el pasado. Por ejemplo, los que añoran a Hitler, Stalin, Franco, Mussolini y otros angelitos a veces logran convertirse en movimientos políticos y en gobierno, esto puede llevar a inmensos desastres, tal como ocurrió con Hitler que quiso reconstruir a la Gran Nación Alemana y con Mussolini que quiso recuperar las glorias del imperio Romano. Más cerca de nosotros, el Partido Comunista de Kampuchea, el Khmer Rojo y su líder Pol Pot, quiso volver a los tiempos que a él se le antojaban gloriosos, una Kampuchea rural, una sociedad primitiva poblada por buenos salvajes en el sentido roussouniano. Para lograrlo emprendieron el asesinato a todo el que manifestara algún rasgo urbano.

La que a mi juicio es la peor de todas las actitudes ante la vida es aquella que se manifiesta en un “lo mejor es lo que sucede”. Es una actitud pasiva y profundamente conformista cuyas raíces pueden rastrearse al hinduismo y al confucionismo, que predicaron mucho contra el cambio y por la aceptación del karma, el destino al cual cada individuo está condenado no importa con cuanto vigor e insistencia intente rebelarse pues el karma siempre se cumplirá irremediablemente. Obviamente, lo que sucede no es mejor simplemente porque sucede. Pueden suceder cosas que son buenas para unos y malas para otros.

Esas tres actitudes ante el cambio pueden rastrearse a lo largo de la historia. Ya señalamos el origen oriental del inmovilismo karmico. Pero expresiones similares se daba también en la Grecia antigua. La sostenían, por ejemplo, los estoicos. También, siglos más tarde la sostuvieron algunas sectas de cristianos cuyo único objetivo en la vida debía ser su salvación, sin perder el tiempo en cambiar las cosas presentes, pues ellas eran tal como estaban en los planes de Dios.

En contraposición, el griego Heráclito hablaba del cambio permanente, pero, hasta donde sé, no hablaba de progreso que fue una idea que apareció mucho más tarde, en tiempos posteriores al Renacimiento, idea que significa cambio con mejoramiento en todos los órdenes de la vida colectiva y privada convertido ahora en una aspiración colectiva. En este sentido, aunque el marxismo es un producto del iluminismo y afirma el progreso de la humanidad, en realidad lo que logra, en la práctica, es detener el progreso. Basta ver lo que está ocurriendo en Venezuela.

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