#OPINIÓN Asomarse al futuro #15Jun

Ramón Guillermo Aveledo | Ilustración: Victoria Peña |

El país nuevo, ese que deberá ser un país de todos, resultará del intento común, organizado y tenaz por construir una democracia moderna al servicio de una sociedad libre, solidaria, productiva y justa.

Lo que ha fracasado indiscutiblemente en la Venezuela de estas décadas es la imposición unilateral y tramposa de un modelo de Estado y sociedad empeñado en ignorar la realidad, en desconocer la diversidad y en actuar de espaldas de la lucha larga, dolorosa, accidentada de los venezolanos por su derecho a vivir y progresar en libertad y en paz.

La superstición de ideólogos tan atrasados como incultos ha jugado un papel decisivo en este pantano de dificultades y frustraciones personales y colectivas que califican de emergencia humanitaria compleja. Circunloquio al uso de técnicos y diplomáticos para referirse al indecible sufrimiento de un gentío pasando trabajo en todos los sectores, todas las edades y a todo nivel, de todas las regiones. Pero, atención, no caigamos en la tentación de sustituir una fantasía ideológica por otra, pues todo intento de imposición por una minoría de un modo de vida personal y civil a la mayoría de la sociedad venezolana, aunque sea “por su bien”, estaría condenado al naufragio. Encallaría en los arrecifes de la ingobernabilidad, más pronto que tarde y con numerosas víctimas.

No hay modelo perfecto, pero los mejores son aquellos cuyo centro de gravedad es la persona, lo cual los hace perfectibles a un costo humano menor. Están a la vista las experiencias de todos en todas partes. Hay buenas, incluso algunas excelentes. Malas bastantes y regulares, un número mayor.

Democracia en lo político. Con gobierno responsable y alternativo, poder institucional no personal, distribuido no concentrado, limitado no absoluto. Economía social de mercado, para ejercer en libertad la creatividad y el trabajo, de modo de producir con un marco regulatorio claro seguro. Políticas sociales para la inclusión y las oportunidades, con garantías para los derechos sociales a la salud y la previsión, educativos, culturales, ambientales, recreacionales. Un Estado que promueva el bien común porque entiende que es servidor de la sociedad y no su encarnación ni mucho menos su amo.

Equilibrios. Comprensión de las realidades que no aceptan el zapato chino del encuadramiento forzoso en un diseño preconcebido. Vista en el progreso que se quiere buscar y atención a los más vulnerables, para que nadie se quede fuera, para que nadie se quede atrás. Ya en 1845, nuestro Fermín Toro escribía con clarividente sabiduría: “ciertamente ha sido, en todos los tiempos, el problema más bello y más delicado de la ciencia del gobierno, determinar qué parte toma a su cargo la ley en la dirección de los intereses de la sociedad, y que parte deja a la conciencia, a la actividad y a la inteligencia de los individuos”. Esa, dijo el gran repúblico, “es la gran cuestión de la armonía social”. Ni más. Ni menos.

Ramón Guillermo Aveledo

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