#OPINIÓN En busca del tiempo perdido #9Sep

Marcantonio Faillace Carreño | Foto: Cortesía |

“Los hombres despiertos no tienen más que un mundo, pero los hombres dormidos tienen cada uno su mundo”.

Heráclito

“El tiempo perdido no se recupera nunca y cuando decimos que tenemos tiempo de sobra descubrimos siempre que nos falta tiempo.”

Benjamín Franklin

“Aprender sin pensar es tiempo perdido; pensar sin aprender es peligroso”

Confucio

El compañero Juan es el vivo ejemplo del nuevo tiempo, o mejor dicho y en honor a la verdad, es el vívido ejemplo del tiempo perdido. Estos tiempos de hoy, disimulan mal el atavío apretado, gris, atrapado que nos encierra. Lo que Juan cita, tiempos de edificación y claustro. Edificar, sabe Juan, pasa por prepararse. Y aprender, precisa de maestros e interesados en instruirse, que es como cosechar un Sócrates cualquiera en todos la dos que lo único que sabe, es que no sabe nada. Por eso y más, Juan entendió que en su época de crujía, en el retiro, en el guardapolvo del depósito, los enseres secos, participaban con su propia jerga, con otro lenguaje. Al fin reconoce que perdió el lapso. Si un día repusiera su valía, no sería en el suyo y poco hallaría del tiempo perdido, el beneficio, a no ser el de la duda. El beneficio, es su experto útil para la mudanza de la hieles diarias.

Así y todo Juancito (así le llama la vecina), es un personaje que extraña las horas con espacios del bueno, el del malo, nadie los extraña. Donde zanganeaba con zapato fino sin que supusiera una ruleta rusa, o atendía el celular, sin arriesgar el pellejo en la tentativa. Donde un mediecito de antier, no es el medio Petro (o medio palo) con que pagan, o revientan en el expendio sino es que te clavan en dólares. Donde una misa de gallo era tributo al sereno y a la nochebuena, y no ésta ceremonia zurda que invoca el culto al golpe e inmortaliza al gallo camorra del cuartel de la montaña, cada víspera del niño Jesús, casi en los últimos cuatro lustros… ¿Dislexia contemplativa?

Juan repele lo que abriga, pero también lo que presiente. Revuelve el saco, su apetito de seguir y daña el hambre que no es poca, si se recuerda del regocijo de la Reina Pepiá coronada o la corona del huevo estrellado, sin estrellarse para pagarlo. No lo sorprende que grupos de protección animal no se ocupen del natural, pues bien aseguran que mientras más conoces al hombre, más amas al perro. Por eso será que uno no escucha sino gruñir al país y cómo se endemonia la jauría popular (como Juan), que somos todos, como una nada pero muy aulladora.

Juancito siempre se creyó todo un cánido. Ladró a todo, a todos, y aulló en luna llena romances perdidos. Un penado culpable de inocencia. Su mujer, es ese numen que supervisa a riesgo de sincope al miocardio. Ocupa el tiempo que derrochó. Tiene miedo que se la lleve la vida en los cuernos y por eso se cala que se los monte. ¿Qué más puede pasarle? Perder el respeto de su compañera que raspa el rapabarbas, el pocero y el floricultor, y se salvó sólo del ginecólogo, porque más disfrutaba del otro bando. Su mujer es, en definitiva, y por definición, una perra, la vida de ambos, igual. Bastó lo criollo e ignaro, y en tiempos del Tirano Banderas, que vale igual que decirle, en tiempos de tirarte al codo, y desatar el ladre personal. Perder el tiempo de vitalidad ladrando, también es una negligencia social, pero sobre todo una práctica tiránica.

Juan considera que asiste a tientas. Los sesenta años, saben a paredón. Espera la orden para que lo fusilen las horas. Resiente el tornillo del poder y no encuentra solución de prima mano ¿Depende el cambio del atornillado del político desunido que más se preocupa del coroto y del póngame donde hay, que de la salida del inquilino de Miraflores? Juan no espera otra cosa que perder su tiempo a discreción propia. Todo oprime el gramo de fe cada vez que llega a fondo a buscar la merma espuria. A la larga, el tiempo te cura,pero también te mata. Igual se puede flotar en esa burbuja imaginaria en un horario sin fin, en otro paso apagado, al final del reloj.

Juan es fan de los poetas malditos, total, qué mayor maldición que la poesía del fiscal general y su revolución pretendida como juez pelón con el Mazo Dando. A veces toca pensar al gran Lucifer. Ángel estrella del Psuv, el pran del tártaro que innovó el sufrimiento, la multa y la centella intacta del purgatorio. Lo que más rima con el gobierno infecto. Tiene el fogoso rezo de culpa a la guerra económica y al oligarca apátrida liberal. Ellos que impolutos si son incapaces de lo capital como ser competente, y competitivo. Someter al lumpenes el temario básico que denuncia el frágil abecedario socialista, donde lo social, es una pantalla plana con imagen de pailas infernales y sonido a Piolín. Un monitor para el nuevo hombre prototipo del VTV.

Juan rebasó las aduanas del tiempo perdido dentro de un distrito oxidado. Una negritud casi que de Negro Primero, porque el resto de niches, son todos de cuarta. Y los de la clase media, son la mediana que ya no hay como medirles la estadística, pues se fueron casi todos para el carajo. Aún quedan los Juanes caídos, como caries sin amalgama, como mal aliento. Una enfermedad inevitable, dolorosa y fortuita, como es el amor, según decía Marcel. Hay que ver que tenía tino el señor Proust. Ni mencionar lo nalguitas alegres que fue. Insistía, con enorme puntería, que nuestro corazón tiene la edad de aquello que amas, y a partir de cierta edad, hacemos como que no nos importan (un poco por amor propio, otro por picardía) las cosas que más deseamos.

A Juan, de Marcel, lo paralizan, frases como que<<el amor es espacio y tiempo, medido por el corazón>>. Sonó entre pecho y espalda, entre el dorso de la pérdida y la pechera de la impotencia. Estuvo en total acuerdo en lo de que “la felicidad es muy sana para el cuerpo, pero es la pena la que sí te desarrolla la fuerza de espíritu” y acaso solo somos sanados por el sufrimiento si lo experimentamos a fondo, pero no se curasino a condición de soportarlo plenamente.

Juan recordó el desgaste de cuidar a su padre senil. Las cosas que aún resultaban del equipaje en las memorias perdidas, en los intríngulis de lo olvidado. Pero estamos demasiado dispuestos (leía a Marcel) a creer que el presente es el único estado posible de las cosas. Para Juan, un presente es el sueño de un pasado instalado hoy. Proust entendía, con casta de juglar, que vale más la pena soñar la vida propia, que vivirla, aunque vivirla, sea también soñarla.

No supo relegar los amores perdidos, ni la inquieta tiranía de los celos aplicada a los asuntos del querer. Toda la tesis de Proust para el amor, era la ambición que embriagaba más que la gloria. De pronto el beso, la nariz y los ojos están tan mal colocados, como mal hecho los labios. El hallazgo de este legado reposa en su sótano con el cruce de Juan con el asombro: El único viaje de encuentro consiste, no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos. Juan guindó los sentidos, cerró el compás y siguió salpicado con mirada perrera del que sabe que nada sabe, solo ladrar a toda hora, hasta la hora de la hora, de toda la pérdida, amén.

Marcantonio Faillace Carreño

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