Sobre el histórico retrato de José Gil Fortoul #27Oct

Luis Alberto Perozo Padua | Foto: Archivo IMP |

En una fantástica captura de 1930, cuya autoría pertenece al legendario
fotógrafo Luis Felipe Toro, según consta en la firma en relieve ubicada en la esquina inferior derecha, nos topamos con un grupo de prohombres
influyentes que destacaron en la política y en las letras de finales del siglo
XIX y principios del XX, sobresaliendo el doctor José Gil Fortoul -el de la
pipa y monóculo-, un personaje de prominentes dotes.

El grupo inmortalizado en el retrato que acompañan al historiador Gil
Fortoul, figuran Juan Iturbe, seguido por una persona no identificada, luego
Augusto Mijares, Andrés Eloy Blanco, Pedro Sotillo, Enrique Tejera Guevara, Alfredo Machado Hernández, José Rafael Pocaterra, Gil Fortoul, una persona no identificada y Emilio Lascano Tegui, cónsul de Argentina.

Obviamente, la postura de Gil Fortoul da cuenta de su liderazgo y de su
importancia en la política de aquellos años. También llama la atención la
figura del poeta Andrés Eloy Blanco, que pese a su delgadez, en los próximos años, iniciaba para él, un verdadero reto histórico en el devenir político venezolano.

Otros que predominan son: la elegante mirada de Pocaterra, y la actitud
frente a la lente de Tejera, Mijares y Sotillo. Pero no es esa condición la que hace interesantísima la escena fotográfica de aquel remoto año 30, sino las distantes ideológicas de los que integran esta magnífica imagen con Gil
Fortoul, consejero y hombre trascendente del gomecismo.

Muchos estudiosos de la historia y políticos se preguntarán: Qué hacían
Pocaterra y Andrés Eloy compartiendo en esa fotografía, con alguien que
formaba parte del gobierno represivo dirigido por Juan Vicente Gómez.

Pocaterra sigue siendo uno de los tantos iconos intelectuales del
antigomecismo. Un preso político cuya terrible experiencia revela en las
páginas de su obra dejando al descubierto la brutal conducta de Cipriano
Castro y Juan Vicente Gómez cuando convirtieron a Venezuela en un campo
de martirio y pesadumbre. De esa experiencia nacen La vergüenza de
América (1921) y Memorias de un venezolano de la decadencia (1936).
Pocaterra estuvo encerrado en los castillos de Puerto Cabello y San Carlos
durante la dictadura de Castro en 1907, y en La Rotunda, en el régimen de
Gómez en 1919.

Por su parte, Andrés Eloy Blanco formó parte de un grupo de estudiantes en año 1928, que se opusieron públicamente a la dictadura gomecista, razón por la cual fue reducido a prisión durante 7 largos años. Allí, en medio de las lúgubres paredes de la mazmorra, perfeccionó su talento como escritor. No obstante, su accionar político y su brillante tino lo lleva a ocupar el cargo de Presidente de la Asamblea Nacional Constituyente del año 47, y posteriormente lo encontramos como titular de la cartera de Relaciones Exteriores para el 48, en el gobierno de Rómulo Gallegos.

Su mayor logro literario, que lo consagraría como uno de los mejores
ensayistas y dramaturgos de la época fue el primer lugar en el Concurso
Hispanoamericano de Poesía en 1922, amparado por la Real Academia
Española. Pero en el afán de desentrañar el motivo de la imagen que nos convoca, hay ligerezas pero también encontradas interpretaciones, pues hay quienes intitulan este encuadre de Gil Fortoul -que podría parecer afable, amistoso, compartible-, como “Un hombre político por encima de un hombre de letras”.

Pero José Gil Fortoul también fue un hombre de letras, y de grandes letras,
aunque también fue un acertado político. Fue el 29.º Presidente de
Venezuela, un cargo que ejerció durante ocho meses y medio, entre el 5 de

agosto de 1913 y el 19 de abril de 1914. Pero se le recuerda sobre todo por
haber sido el autor de la Historia Constitucional de Venezuela, en dos tomos. Hombre culto y de sólida formación, anota la periodista Milagros Socorro, quien integró las llamadas luces del gomecismo. Fue un escritor de vocación, abogado, sociólogo y periodista, que formó parte del servicio consular y diplomático de Castro y Gómez, durante diez años en Europa, entre Inglaterra, Francia, Suiza y Alemania. Se incorporó al Congreso Nacional como senador en los periodos 1910 al 11 y 1914 al 16. En sus lides como periodista, fue nombrado director de El Nuevo Diario en 1931.

Pero que la gentil imagen no nos engañe, pues Gil Fortoul no fue un santón,
como suele pensarse de los hombres con tan notables trayectorias. Gracias a las minuciosas pesquisas de la periodista Maruja Dagnino, nos enteramos de que “era un cascarrabias”. Su carácter irascible lo heredó de su padre, ‘el
pelón Gil’, un abogado y legendario héroe de la Guerra Federal, poderoso y
déspota terrateniente tocuyano, acólito del general Páez, antes y durante su
dictadura.

Gil Fortoul había nacido en Barquisimeto el 25 de noviembre de 1861. Hijodel matrimonio de José Espíritusanto Gil García y Adelaida Fortoul, quienes preocupados por su educación, se lo llevaron a muy temprana edad a El Tocuyo, para que se formara en el Colegio La Concordia, regentado por el maestro Egidio Montesinos.

Retirado de la vida pública, sus días finales transcurren en Chicudamai, su
casona de La Florida, en Caracas. Su testamento carece de fortuna y, para
colmo, muchísimos años antes de encontrarse con la muerte, había
renunciado a la herencia de su padre.

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