#OPINIÓN Las voces de Penélope: Éxodos #15Nov

Marisela Gonzalo Febres | Ilustración: Victoria Peña |

En mayo de este año, se presentó en Navarra, España, la exposición, “Éxodos. Fotografías de Sebastião Salgado”, la cual ya había sido presentada años atrás en diversos lugares del mundo e incluso publicada en un hermoso libro con el mismo nombre. Para la misma, su curadora y esposa, escribió esta introducción: “Es casi una generación desde que se exhibieron estas fotografías por primera vez, pero de muchas maneras el mundo que retrata ha cambiado poco desde que la pobreza, los desastres naturales, la violencia y la guerra continúan forzando a millones de personas a abandonar sus hogares cada año. (…) Los migrantes y refugiados de hoy pueden ser producto de nuevas crisis, pero la desesperación y los destellos de esperanza escritos en sus rostros son poco diferentes de los que se registran en estas imágenes.”

Me pregunto ahora, años después de haberla visto en otras circunstancias, si no le hace falta un capítulo a una exposición que no deja insensible ni en paz a nadie una vez  sumergidos en sus imágenes. Los venezolanos estamos protagonizando hoy, especialmente en Latinoamérica, una de las migraciones más dolorosas -todas lo son- por cuanto se le mire por donde se le mire, no sólo son absurdas las causas, sino indignantes. Más de cuatro millones y medio de compatriotas han iniciado un largo viaje por el continente, que no sólo ha traído separaciones familiares de largo aliento que afectará a muchos niños, sino una cuota de sacrificio y desesperanza inadmisible. Cada vez hay menos posibilidades económicas de pagarse el viaje en autobús. por lo cual ya es común ver en las noticias televisivas, las largas colas de caminantes venezolanos de cualquier edad cruzando páramos y fronteras, recorriendo distancias de hasta tres mil kilómetros a pie.

Imposible no sentir una mezcla de dolor e indignación profunda recorriendo alma y cuerpo durante días. Imposible no colocarse en el lugar de los que marchan o de los familiares que les esperan. Imposible olvidar.

Las clases de Historia Sagrada en los colegios católicos fueron para mi generación, un buen ejercicio imaginativo para los niños. En mi caso, el éxodo de los israelitas  -nacimiento de Moisés y el largo viaje del cual fuera conductor- poblaron mi imaginación de tempestades de arena, calor desértico y lo que sor Inés llamaba “la mano de Dios” guiando a las multitudes. Hoy, sustituidas túnicas, cayados y mantas por ropa deportiva caribeña que tirita con sus dueños en los pasos parameros, no logro impedir el solapamiento de ambas imágenes al margen de las obvias diferencias. En la primera, unos buscan la tierra prometida en las escrituras sagradas. En la segunda, huyen de la que en su momento fuera confundida con el Paraíso en el tercer viaje de Colón, sin que podamos atribuir a la mano divina, las razones de los desplazamientos.

Acepto que pueda ser posible que cometa un error por pensar que ni siquiera en los horrores ocurridos durante los desplazamientos de los civiles durante la guerra de independencia, haya habido tanta pesadumbre. Ni tanta vileza, por las formas variadas de la xenofobia.

Ojalá Salgado nos contemplara en algunos de sus proyectos fotográficos. Hasta nos podría añadir en otras exposiciones como las del tema de la destrucción de la naturaleza -selva, ríos, suelo y subsuelo- por parte de particulares, multinacionales y empresas del mismo estado venezolano. O en el acorralamiento y muerte de nuestros indígenas. También podrían ser, los efectos del hambre y malnutrición en los niños que sobreviven en la emergencia humanitaria compleja. O quizás en la lucha de los más pobres por los desechos de la basura; o en las imágenes de la muerte que habita los hospitales sin dotación ni medicinas ni médicos.

También podría indagar en el tema de la desesperanza. Fuimos un país de puertas abiertas a toda inmigración, pero ahora, dado el volumen de la nuestra, no podemos recibir el mismo trato. Destacábamos por el buen humor, cierta credulidad ante lo desconocido  y la cordialidad  en el trato. Hoy nos domina el malhumor y el miedo, aunque estemos constatando dentro o fuera, nuestro enorme potencial de emprendimiento y mantengamos en la práctica lo que parecen no entender los “guerreros del teclado”: la disponibilidad para buscar salidas no cruentas aunque justas, en la reconstrucción del país.

La esperanza del fotógrafo brasileño ha sido  “… ayudar y suscitar el debate para que podamos hablar sobre la condición humana teniendo en cuenta a la gente desplazada en todo el mundo. Mis fotografías son como un vector que une lo que está ocurriendo. A la persona que no tiene la oportunidad de presenciar aquello, le da la oportunidad de verlo. Espero que la persona que salga de ver mi exposición no sea exactamente la misma que antes de entrar…”

Dadas las circunstancias, nuestra condición de venezolanos nos impide ver hoy la exposición “EXODOS”, como espectadores puesto que ya formamos parte de la población de desplazados y porque quiérase o no, podemos sustituir paisajes, nacionalidades y personas concretas, pero no la condición humana de quien deja todo atrás porque sufre los efectos de la perversión del poder. Allí está la clave de las propuestas fotográficas de Salgado. Su universalidad y el efecto a largo plazo al conjugar el simbolismo de lo artístico, con el poder y fuerza de la imagen de la realidad. 

Mientras tanto, a cualquier hora del día y desde cualquier bolsillo, bolso, cartera o maletín, los celulares nos seguirán mostrando a través de las redes, otras formas de la huida. Del éxodo abierto o semiclandestino, de funcionarios y personajes públicos que en su desesperación, intentan a través de formas estrafalarias, sin decoro ni vergüenza alguna, poner a tiempo sus barbas en remojo…

Marisela Gonzalo Febres

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