En Italia y España baja presión en UCIs, sube costo emocional

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Maddalena Ferrari se permite llorar cuando se saca la mascarilla quirúrgica que lleva incluso en casa para proteger a sus padres del coronavirus que la rodea en su trabajo en una de las unidades de cuidados intensivos más golpeadas por la pandemia en Italia.

En la privacidad de su habitación, donde nadie puede verla, la coordinadora de enfermeras se quita la mascarilla que la protege y oculta y llora por todos los pacientes muertos en el día en el hospital Papa Juan XXIII de Bérgamo.

“Estamos perdiendo una generación entera”, señaló Ferrari al final de uno de sus turnos. “Todavía tienen mucho que enseñarnos”.

La presión sobre las UCIs hospitalarias de Italia y España puede haberse aliviado en los últimos días a medida que los nuevos contagios por coronavirus descienden. Pero la carga emocional y psicológica de la pandemia sobre los doctores y enfermeras que trabajan allí recién empieza a mostrarse.

En Italia, dos enfermeras se han quitado la vida, y los psicólogos han movilizado a terapeutas y plataformas online para proporcionar consultas gratuitas al personal sanitario. A título individual, los hospitales han organizado pequeñas sesiones de terapia de grupo para ayudar a sus trabajadores a gestionar el trauma de ver tanta muerte en pacientes que están completamente solos.

A siete semanas del inicio del brote en Italia _ que el país con más muertos a causa del COVID-19, la enfermedad provocada por el virus, en el mundo _ la adrenalina que mantenía al personal en marcha al principio se ha sustituido por una fatiga aplastante y el miedo a contraer el virus, según los investigadores. Con muchos médicos y enfermeras privados de su red de apoyo familiar habitual por su autoaislamiento, la salud mental de los sobrepasados trabajadores en Italia y España está ahora bajo el foco en unos sistemas de salud ya al límite.

“El factor de la adrenalina funciona durante un mes, como máximo”, dijo el doctor Alessandro Colombo, director de la academia de formación en atención médica para la región de Lombardía, que está investigando el costo psicológico de la crisis en el personal de salud. “Estamos entrando en el segundo mes, por lo que esta gente está física y mentalmente cansada”.

De acuerdo con su investigación preliminar, la soledad de los pacientes ha tenido un gran impacto en médicos y enfermeras. Se les está pidiendo que se pongan al lado del lecho de los moribundos en sustitución de familiares e incluso sacerdotes. La sensación de fracaso entre el personal hospitalario es abrumadora, dijo.

“Cada vez es un fracaso”, señaló Ferrari, la enfermera del hospital de Bérgamo. Se hace todo lo posible por el paciente y, “al final, si eres creyente, hay alguien por encima de ti que ha decidido otro destino para esa persona”.

Su compañera, Maria Berardelli, apuntó el que el personal médico no está acostumbrado a ver morir a los pacientes tras dos semanas con respirador, y que la carga emocional es devastadora.

“Este virus es fuerte. Fuerte, fuerte, fuerte”, señaló en una entrevista por Skype con Ferrari, las dos con mascarilla. “No puedes acostumbrarte porque cada paciente tiene su propia historia”.

En Italia, la asociación nacional de enfermeras y psicólogos pidió al gobierno una respuesta nacional y coordinada a las necesidades de salud mental del personal sanitario, advirtiendo que la “típica ola de trastornos por estrés va a crecer con el tiempo”.

La situación es similar en España.

El doctor Luis Díaz Izquierdo, que trabaja en el servicio de urgencias del Hospital Severo Ochoa, en las afueras de Madrid, dijo que la sensación de impotencia es abrumadora para todos los que ven como los pacientes se deterioran en cuestión de horas.

“Hiciéramos lo que hiciéramos se nos iban, fallecían”, agregó. “La persona se daba cuenta, porque respiraba con cada vez más dificultad. Te miraban a los ojos, se daban cuenta de que iban cada vez a peor, hasta que llegaba un momento en el que se rendían”.

Diego Alonso, enfermero en el Hospital de la Princesa de la capital, contó que ha estado tomando tranquilizantes para hacer frente a la situación, como muchos de sus compañeros. Para Alonso, el temor es especialmente alto ya que su esposa dará a luz pronto.

“El estrés psicológico del momento nos va a costar quitárnoslo de encima, porque ha sido mucho”, afirmó.

Julio Mayol, director médico del Hospital Clínico San Carlos de la capital de España, aventuró que el personal sufrirá “numerosas cicatrices” tanto en el corto como en el largo plazo.

Además de por el elevado número de fallecidos y por el miedo a su propia seguridad, Mayol dijo que el personal ha quedado traumatizado por “el gran ruido que se ha montado alrededor” de la pandemia, con reportes diarios sobre el número de muertos y sugerencias de que a otros países les está yendo mejor que a España.

“El miedo, la envidia y la fantasía en comunicación continua, 24 horas al día en todos los medios de comunicación, con un apoyo a nuestra labor, pero a la vez con una obsesión que no te podías quitar de la cabeza”, manifestó añadiendo que su hospital tiene profesionales de salud mental que trabajan tanto con los pacientes como con el personal, y que seguirán haciéndolo.

En San Carlos, aproximadamente el 15% de sus 1.400 trabajadores se han infectado, en línea con los datos entre sanitarios del país.

En Italia, más de 13.000 trabajadores de salud contrajeron el virus y más de 90 doctores y 20 enfermeras han muerto.

Puede que ningún hospital haya tenido más que el Juan XXIII, donde los quirófanos se han convertido en UCIs para contar con 12 preciadas camas más para atender al flujo de pacientes.

Ferrari, coordinadora de enfermeras de quirófano, recuerda el 18 de marzo, el primer día en que, en lugar de operaciones, esas salas albergaron UCIs. Ocho pacientes intubados fueron trasladados a allí durante un turno, una cifra abrumadora para el equipo.

Ella no ha tenido tiempo para acudir a ninguna de las sesiones de grupo organizadas por el hospital, pero se permite llorar una vez llega a casa y da las buenas noches a sus padres, de quienes se mantiene a cierta distancia detrás de su mascarilla y sus guantes de látex.

Un día, las lágrimas se desencadenaron por imágenes de televisión de féretros transportados desde Bérgamo por un convoy militar. Otro, fluyeron luego de que pasó manejando junto a una caravana de camiones con banderas rusas que se dirigían a desinfectar las residencias de ancianos de la ciudad, muy golpeadas por el virus.

Ferrari contó que llora en la intimidad de su habitación.

“Cuando me quito la mascarilla, es como quitarme una protección (una armadura) de la cara, es como decir con esta mascarilla de protección no temo a nada. Me ayuda a parecer fuerte”, dijo. “Y cuando me quito la mascarilla quirúrgica, entonces salen todas mis debilidades”.

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