OPINIÓN Del Guaire al Turbio: La respuesta de Dios #8Jul

Alicia Álamo Bartolomé | Ilustración: Victoria Peña |

Hay gente por ahí -no poca- que ante la persistencia de esta pandemia que mantiene más o menos en cuarentena a todo el planeta, se pregunta dónde está Dios, por qué no envía una solución, un científico que descubra, que invente una vacuna. Los ateos no le preguntan nada, no creen en él, son los creyentes los interrogadores apremiantes e impacientes, incluso lo acusan de estar dormido, hacerse el sordo o el mudo. Se comprende, es la impotencia ante un mal que no declina.

Dios sí nos ha enviado lo que le reclamamos y mucho más, no sólo pléyades de sabios científicos para descubrir o inventar tratamientos para miles de enfermedades, sino incluso artistas, escritores, técnicos, profesionales, artesanos, educadores, capaces de transformar nuestra realidad y dar grandes pasos de avance en el desarrollo de los pueblos, pero…, ¿cuántos años tenemos matándolos?

No sé cuándo exactamente empezó esta historia, pero si sé su promedio anual de víctimas que parece se va a mantener este año 2020, porque ya en su primer trimestre había alcanzado los 15 millones. Las estadísticas anotan 60 millones de abortos al año. ¿Irían a ser todos tontos esos seres humanos sacrificados en el vientre materno? No parece posible, dentro de esa cifra astronómica tenía que venir algún Einstein, algún Miguel Ángel, un Pasteur, un Francisco de Asís o Teresa de Calcuta, un Steve Jobs, una María Montessori, un Newton, un Enrico Caruso, un Messi o Nadal, un Jacinto Convit y un largo etcétera. Sólo cité al azar unos cuantos a los cuales hubieran podido ser semejantes algunos entre esos millones de  no nacidos. ¿Quién me rebate esto?

Un dato interesante. Parece que este coronavirus no ataca a los niños, o si lo hace, es en muy mínima escala. A mi parecer, se ensaña con las generaciones responsables de lo que sucede hoy. Nosotros, en general, no hemos detenido sino aupado esta colosal matanza. Hemos esgrimido argumentos aparentemente válidos pero egoístas: que si el crecimiento demográfico, que si la economía, el hambre, el subdesarrollo, que si la mujer es dueña de su cuerpo y puede decidir sobre éste. ¡Mentiras! Y empiezo por la última: nadie es dueño de su cuerpo, en primer lugar, porque no se lo construyó, se lo dieron precisamente unos padres que no  optaron por abortar. Nadie es dueño de los hijos, son un préstamo, un valor confiado hasta que estén preparados para enfrentar solos su vida. La mujer no es dueña del feto en su vientre; en el supuesto negado de que lo fuera,  sería una propiedad compartida con el dueño del semen que fecundó su óvulo. Si esa mujer, a quien un médico irresponsable le haría un aborto, me pregunto yo, se presentara ante ése u otro y le dijera: Soy dueña e mi cuerpo, córteme este brazo, ¿se lo cortaría? ¿No tendría consecuencias penales?

En cuanto a las otras mentiras, planteo lo siguiente: ¿quienes tienen menos hijos, las clases pudientes o las marginales? Las primeras, que poseen los medios para educar y hacer ciudadanos útiles a muchos hijos, también los tienen para evadir nacimientos, se quedan con un mínimo de vástagos. Las segundas, carentes de educación, cultura y recreaciones, se dedican a engendrar y, a lo mejor, o más bien peor, un alto porcentaje de futuros delincuentes. Entonces, ¿quién está resolviendo el problema demográfico, el económico y las hambrunas? ¿El egoísmo de las clases altas? ¿No lo resolvería mejor emplear en educación para las clases desposeídas el enorme presupuesto gastado, sin mucho éxito, en el control de la natalidad? Claro, los laboratorios donde se elaboran píldoras anticonceptivas y abortivos pondrían el grito en el cielo.

Retomo lo del que el virus fatídico no ataca a los niños. Aquí veo una respuesta tan silenciosa como trascendente de ese Dios aparentemente mudo. Lo pongo a decir lo que creo más o menos él diría: La humanidad debe continuar. No quiero que se extinga la especie hombre. Como ustedes han declarado muerte para los que iban a nacer, yo la declaro para los ya gastados en su existencia; y decreto vida para quienes recién comienzan. Yo soy un Dios de equilibrio, armonía y Amor.

Alicia Álamo Bartolomé

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