#OPINIÓN Del Guaire al Turbio: Cánones de belleza #5Ago

Alicia Álamo Bartolomé | Ilustración: Victoria Peña |

De este lado del Atlántico, hemos heredado una civilización que nació del otro lado. Europeos nos descubrieron, colonizaron y evangelizaron, así, nosotros llevamos la impronta de la cultura occidental judeo-cristiana. Duélale a quien le duela, no podemos borrar la historia por decreto, ni siquiera por acciones violentas: allí está. ¿Qué la colonización de América fue un choque de culturas y costó sangre y lágrimas? Cierto, como todo parto que trae al mundo un criatura nueva: el ser iberoamericano. Yo siento orgullo de serlo y digo iberoamericano y no americano en general, porque en la cultura de gran parte del norte del continente la huella, más o menos imperante, es la sajona. Siendo todos americanos, hijos de la hazaña de Cristóbal Colón, somos distintos. Y doy gracias de que sea así, porque allí donde España puso su planta, puso también su alma, hizo de la tierra conquistada su esposa, no su concubina, como lo hicieron otras naciones europeas, sobre todo en África y Asia. Es la tragedia de los franceses nacidos en África y Asia, patrias que amaban; los botaron de sus propios países como extraños, se quedaron sin nada, porque en su metrópolis tampoco fueron bienvenidos. Más inteligentes los ingleses, salieron de sus colonias tan ingleses como habían venido. Nunca les faltó el té a las 5 pm.

Sin embargo, el tema principal de este artículo no es mi comentario al final del párrafo anterior, que ya de por sí sería otro asunto a tratar, quiero referirme a lo que hemos heredado de esa cultura europea, sobre todo en  referente al concepto de belleza humana. Esto es más importante de lo que se cree, porque nos rigen esos patrones que han establecido los concursos de belleza tanto femeninos como masculinos, el cine, el arte, los divos del espectáculo. Bellas son las mujeres parecidas a la muñeca Barbie o a las estrellas cinematográficas, símbolos de la sexualidad y las modelos. Guapos y buenos mozos son los galanes de la pantalla, de la farándula, los que exhiben la moda masculina. Todos blancos. Si aparece por allí, en estos medios, un belleza negra o asiática, incluso digna de ser tomada en cuenta para concursos, es porque en su negritud o amarillez de ojos oblicuos, tiene rasgos “más finos“ de la raza blanca: una Naomi Campbell, un Sidney Poitier, Lucy Liu o Bruce Lee.

Me pregunto: ¿cuáles son los cánones de belleza en el centro de la negritud en África o de la amarillez en China, Japón o Corea? Me imagino que una auténtica belleza africana debe tener nariz ancha con ventanas dilatadas, labios muy carnosos, pelo chicharrón y una piel negra que azulea; a los admiradores de esta beldad les debe parecer espantoso de los blancos ese color de rana, pelo liso y desteñido, nariz larga y sobresaliente. Y en el corazón de China o Japón el canon de belleza debe ser alguien de talla menuda, piel pálida, breve nariz, pelo liso y oscuro. Una de las cosas que debe sorprender y chocar más a africanos y asiáticos es el tamaño de las narices occidentales -quién sabe si los ojos abiertos, redondos y saltones-, se preguntarán: ¿qué hacen con ellas cuando se dan un beso?

Estoy influenciada por los cánones de belleza occidentales, por supuesto. A mí los negros, en general, me parecen muy feos, a pesar de cuya sangre corre muy cercana en mis venas, aunque yo salí blanca. ¡Pero qué buenos deportistas son! Ahora, la fealdad que veo, por lo dicho antes, es subjetiva, no es para discriminar, ni despreciar, ni odiar. Ese negro, que si me sale de noche me espanta, ¡es mi queridísimo hermano, tan hijo de Dios como yo! ¿Y qué tal los pelirrojos pecosos pelo chicha? ¿Y los catires de cejas blancas, con piel de renacuajo que encandila  -parecidos a Donald Trump- que se encuentran en la parte nórdica tanto de Europa como América? Son bien feos ¡vaya si lo son!, también me espantan, pero, a pesar de su blancura repugnante, los quiero porque son mis hermanos en Dios.

¡Corazones abiertos, ciudadanos del mundo!  No hay razas, ni colores, ni bellezas, ni fealdades, ni discriminados por razón alguna, sólo hay hermanos de la especie hombre, unidos a todos los reinos de la naturaleza para hacer grande y acogedora a nuestra Madre Tierra. Acabemos con todos los fanatismo, hasta los deportivos; saltémonos los rígidos cánones de costumbres, modos o belleza y en nuestro planeta reinará la armonía.

Alicia Álamo Bartolomé

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