#OPINIÓN La piel de Dios siempre está limpia #1Nov

Jorge Euclides Ramírez | Ilustración: Victoria Peña |

Eran cono la cinco de la tarde y desde media  hora atrás caía un aguacero diluviano sobre el centro de Porlamar, Las compras habían sido sabrosas y bien acompañadas de ricas empanadas de cazón y una chicha espectacular. El agua paralizó el mercado de María Guevara, los arboles de la plaza declararon su derrota como cobijo y la gente intentaba cubrirse  amuñuñada bajo pequeños toldos de vendedores o en las entradas  de tiendas cercanas.

Las aceras eran un reguero de bolsas y desperdicios y el agua sucia corría a raudales por la calle principal. Margarita estaba empapada y todo el mundo sentía un fastidio porque la lluvia arruinaba la fiesta de consumo y el ambiente de remate que se respiraba por todas partes.

Inmenso y tranquilo el templo luce solitario. Aunque la tempestad nos sorprendió dentro de una tienda de zapatos y allí podíamos esperar con calma Yoly me dice que está por comenzar  la misa de la tarde y desafiando al agua fuimos a la iglesia para encontrarnos dentro de un escenario totalmente distinto, pocas personas, en su mayoría damas  de la tercera edad que adivinamos residentes de la zona, un silencio acogedor y una cortina de rezos que nacía cerca del altar donde un rosario sonaba cadencioso y protector.

Nos sentamos en los primeros bancos que encontramos por sentirnos extraños a la paz que allí reinaba. La Margarita de ofertas, bulliciosa y bazar dislocado de emociones se nos convirtió en una isla de pescadores, en un pueblo sencillo de católicos agradecidos de tener  Mar y azul de esperanza todo el tiempo.

Oré y lo mojado se me hizo mentalmente pegajoso, como si el afán de compra, playa y lujo barato se hubiese transformado en polvo y el polvo se hacía barro sobre mi ropa .No era culpa, no era sensación de pecado, era simplemente un creyente en Dios que olvidado de su presencia lo encuentra súbitamente en mitad de una lluvia torrencial y como amigo le da un abrazo protector y cariñoso y al recibir el abrazo siente que esta mojado y sucio de olvido y abandono.

Fue hace muchos años pero recuerdo claramente que al mirar hacia un costado esta el confesionario y una señora se levantó y dejo disponible al sacerdote. Casi noventa años, una mirada subida en  montaña alta, un halo de bondad casi tangible y un tiempo trasladado a la infancia de la primera comunión. Recuerdo ese momento y ahora cuando escribo se produce un corte de luz y cae un aguacero que completa la imagen y sensación de aquel instante.

Voy y me arrodillo frente al profeta. El saca de no sé donde una pequeña silla y me hace sentar a su lado, conversemos me dice. Escucha y soy nuevamente alumno del Cristo Rey y hablo cosas que no  son pecados, ni faltas, ni ofensas. Hablo de mis dudas, de mi forma intuitiva, mágica, criptica, literaria y científica de buscar a Dios. Me escucha atentamente y las damas que rezan el rosario elevan su voz en las letanías. Fue una confesión larga y cuando me indicó las oraciones de penitencia me dijo algo que me sanó de toda incertidumbre, me purificó del polvo y el sucio de la calle, con una frase que entendí perfectamente en esa ocasión y que siempre hago esfuerzo por entenderla nuevamente cuando el olvido y el abandono me distraen de lo importante. La piel de Dios siempre está limpia. El perdón sana tu alma y Jesús le pone el brillo de su luz.

Estoy seguro me confesé con un santo. El señor nos ilumine y nos rescate de las sombras.

Jorge Euclides Ramírez

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