#OPINIÓN Gaveta azul: El otoño del patriarca #9Nov

Pedro J. Lozada | Ilustración: Victoria Peña |

Digámoslo de una vez. Es una gran novela. Una obra para la antología.

Y ahora observemos las dos posiciones extremas frente a esta incomprendida  obra. Dos puntos de vista se disputan el criterio básico después de su lectura:

a) No sirve, es un fiasco, una porquería fastidiosa…etc, y surgen las comparaciones y análisis del tema, su tratamiento, lo anecdótico como recurso y fin en si mismo y pare de contar.

b) Es una obra extraordinaria y García Marques es poco menos que un genio.

Ambos criterios  parten de la incomprensión de esta pieza narrativa, un intento de síntesis histórico-existencial del tema del dictador latinoamericano jamás realizado, encuadrado en una  memoria anecdótica por necesidad del punto focal a disponer, que a la vez hace de fondo a los cuestionamientos formulados, de carácter subjetivo como toda opinión y en este caso, la  nuestra, con la diferencia de ofrecer al lector los puntos de vista sustentando nuestro criterio.

El primer hecho notable en contra de una justa apreciación de la obra fue la bomba publicitaria que rodeo  a García Marques desde la aparición de “Cien años de soledad”, mantenida en forma ascendente con el exhaustivo estudio de Vargas Llosa “Historia de un deicidio”, en torno  al proceso de creación de la saga delos Buendía y después, la Cándida Erendira con el rollo de llevarla al cine previo guion y dirección de la cineasta venezolana Margot Benacerraf, lo que no pasó de una posibilidad hasta diluirse en un natural olvido. Pero el gran disparador de expectativas por una obra que era solo idea o proyecto, lo provocó el escritor al declarar en Caracas que escribiría, o tenía ya en esbozos una  novela sobre el Dictador  latinoamericano.

A partir de entonces en cada ocasión de una entrevista era de rigor preguntarle por la obra, que a la postre resultó un tour de force sobre su responsabilidad de escritor famoso, al prometer de forma tan concreta la realización de una obra determinada. Pronto observó al comenzar a escribir acerca del Patriarca en el Otoño de sus días,  que  Arcadios y Aurelianos le habían secuestrado y sería  tarea de titanes librarse de la familia macondina. Un periodista de su talla convertido en uno de los escritores de más fuste de la nueva narrativa  latinoamericana, algo  intuía acerca dela empresa de escoger el  tema del dictador como epicentro de su obra inmediata, inundado como estaba de los inviernos de Macondo y tapizado de flores amarillas que lo ataban  emocional y estructuralmente   en cuanto a técnica, sintaxis y un depurado estilo creado  a objeto de construir a los Buendía, su mundo y circunstancias.

Frente al tema de su proyecto García Marques no se arredra, emprende tarea y de inmediato topa  con el iceberg histórico-político que es un  dictador  latinoamericano, segundo gran escollo inicial de la obra en ciernes. Primero debe desatarla camisa de fuerza de Macondo y los Buendía. Rotos  y deshechos semejantes nudos, abordar conceptual, estilística y estructuralmente, la figura de mayor peso en la historia  latinoamericana del último siglo. “El Dictador”, un voluminoso lastre gravitando sobre los millones de seres  que poblaron este continente en  los últimos cien años y que hoy, otro medio siglo después de ver la  luz “El Otoño del Patriarca”, prosigue marcando férreamente nuestras vidas y las de millones de personas,

No hay hombre, mujer, niño o anciano que no esté marcado por el déspota de turno y han sido decenas. Al lado de los que encanecieron en el poder: Porfirio Díaz, Rosas, Gómez, Chapita Trujillo, Somoza, Stroessner, han estado pequeños tiranuelos, de no menor sino trágico si bien no llegaron a eternizarse en el abuso megalomaníaco. De tal manera la realidad histórica colocó el tema del dictador, al ser tomado por  García Marques y el revuelo publicitario que le rodeó, en un clímax de expectativa que llevó a todo el que estuviese informado de la aparición del  dictador de la mano y pluma del escritor colombiano,  a esperar SU DICTADOR.

That is the question. Tan grande es el trágico gravitar del  Dictador que cada quien tiene el suyo y a ese esperábamos  radiografiado por la maestría del  Gabo, en cada uno de sus vicios,  carencias, ambiciones y el condimento adicional de las bárbaras  crueldades de sus  acólitos.  El dictador que nos hizo reos de nada  e incomunicó del mundo siete, diez o doce años, el que nos hizo quemar las nalgas con planchas calientes  e hinchó los testículos hasta dejarlos inútiles; al que nos sepultó vivos, hasta el cuello, tres, cuatro y cinco veces consecutivas, el que violó a nuestra  hermana, arruinó nuestra hacienda, se apoderó de negocios y empresas, fusiló a nuestros tres hermanos mayores, mandó a decapitar a una familia entera de nuestros amigos más queridos, al que  entregó nuestras minas,  el bárbaro que  enriqueció a un indio  maldito y le regaló media nación porque le fue servil y despiadado brazo ejecutor, al incendiario de universidades; al que hizo generales y dueños de vidas y haciendas a sus hijos al cumplir siete años, que nacían capitanes y  eran ascendidos a coroneles al recibir las aguas bautismales. El que allanó cien veces, destruyéndolas otras tantas, mi casa, tu casa y la de al lado buscando a un pobre diablo que medio borracho se atrevió a gritar dos veces “Viva la libertad”… y así hasta el infinito.

Cada lector esperaba su Dictador porque todos lo hemos tenido, sufrido y padecido y no hay un latinoamericano a quien un sátrapa no haya escarnecido, humillado o desangrado.

Podía García Marques dar a cada uno  su Dictador particular? Con todo el enorme peso del compromiso no fue una barrera infranqueable y el escritor logra un Dictador de todos. Consciente de la magnitud  del compromiso, amasó y amasó: Vicios, depredaciones, aberraciones y conciencias malditas, sevicia, estupidez y  egolatría ilimitada, hasta lograr un espejo síntesis del Gran Dictador. No podía dar más y no es poco lo que pudo entregarnos. Nos ha dado el biotipo alquitarado de la conciencia megalomaníaca y narcisista del Dictador en medio del gran estercolero que cada uno de ellos  logró hacer de su país en contrapartida lógica de planes y promesas fantasiosas e irrealizables, formuladas mientras deambulaban en un cuasi absurdo marco de aparentes banalidades impropias, donde una vaca pasta en el escritorio de un ministro y una vieja pajarera da alpiste a sus canarios por encima de la cartera de trabajo de un embajador. Un mercachifle hace su menuda transacción en el escritorio de un  general y las gallinas dejan sus posturas en las gavetas del Ministerio de la Industria, y así una y otra y muchas veces hasta el infinito, sazonando semejante happening narrativo con la trágica  e infantil nostalgia de la inutilidad del poder después de haberlo usado, abusado  y per-abusado en cada hombre,  sobre cada milímetro cuadrado de la nación y en todas las esferas sociales de la vida del país. García  Marques renuncia a la imposible tarea de entregar tiranos por encargo y ofrece  una síntesis,  el Dictador de todos. Qué ha faltado para comprenderlo?

Muchos son los lectores que no supieron desentrañar el segundo y tercer nivel del lenguaje debajo del aparente barroquismo  con el que necesariamente debió cubrir García Marques, para vestirlo y darle cuerpo, al dictador global. Ese lenguaje multidimensional con cientos de voces simbolizando las emisiones vocales multiplicadas y confundidas en el ser omnipresente de una sola persona, era la única y babélica fabla  que podía utilizar. Una lengua que no fue búsqueda o propósito sino el resultado de una concepción específica. La única voz posible de múltiples ecos, para dar vida a quien es una  totalidad concreta,  el summun dictatorial.

Y surgen los cuestionamientos. En tal barahunda anecdótica se pierde el profundo sentido social que ha debido tener la obra…pamplinas.  Un escritor no sale a la palestra pública para dar sentido social a nada. El gladiador fue a la arena del combate a matar o a morir. El guerrero sale a triunfar o a vender cara su derrota; y el maestro a enseñar, informar, orientar y formar, el artesano a construir y el médico a curar o a prevenir,  y así cada quien a lo suyo. El escritor sale a decir  lo que tiene y debe decir, a dejar testimonio. En la medida en que no  disgrega su condición de hombre para su tiempo con pamplinas literatosas  y es coherente con la concepción que en su rol de aeda se hace del mundo, cumple su misión. El sentido social, el mensaje y otras babiecadas se le ocurren  a los que no  escriben pero critican, o se lo añaden los que escriben sin tener claro que decir  o no saben cómo decirlo, y se ocupan en dejar “mensaje” pues no tienen más nada que aportar.

Quieren saber dónde han estado pastando  las vacas  sobre los escritorios de los ministerios, y los canarios y turpiales comiendo alpiste sobre la mesa de las discusiones diplomáticas, y  los generales con hipo o diarrea a la hora de su mejor triunfo militar?

Son ciegos acaso, o prefieren no ver. Son sordos, o no quieren oír y menos escuchara diario ese caótico bochinche, al que también ha contribuido más de un demócrata inundando  nuestras vidas con sus vacas, sus canarios  y huevos; el pasto fresco, su alpiste y los juegos de dominó y del tinmarín, y la cúcaramácara de pujos y diarreas triunfales, cual perfomances e instalaciones al estilo hippie-floridas como pantalla de un yate full cocaína hasta donde Ud., sabe.  Hechos y  sucesos que fueron, son  y  siguen siendo, estando y sucediendo cual pan nuestro de cada día, en el intrincado “Nudo de Darién” en que se han convertido  las naciones latinoamericanas. Y puesto que más de uno  aún no sabe   de qué va el cuento, van algunas pruebas al canto que el lector colocará en el tiempo y lugar que le parezca. 

Un Presidente en ejercicio pide a un “papaupa” narco  250 millones  de “táleros” para manipular  a conveniencia una petición de extradición. No  fue un empresario de ocasión, entre maula y tramposo o un oportunista enchufado  en “Inteligencia”  con sus   contactos de alto nivel   ávidos de grasa para las ruedas de la justicia; ninguno de esos, sino el propio Presidente de la República…Entonces, de qué estamos hablando? Finalmente se transó por 100 milloncejos. Otro, o el mismo, con uno o más doctorados ostentando los respectivos “Phd” resulto un vulgar plagiario. Un diputado recién electo a un Congreso o Asamblea (para el caso es  igual. Prestigiosas legislaturas devienen en porquerizas). Antes de un año de electo viaja al imperio y aduana le decomisa una  maleta con 30 mil táleros. Otro, de la categoría “super revoluucionario” luce en su guarda ropa  solo corbatas “Gucci”, “Hugo Boss”  o “Saint Laureant” que de ganga rondan los  cuatro y seis mil verdes. Uno más, de la división “demócrata” viste su nueva mansión de la quilla a la perilla con lujoso atelaje importado de  contrabando birlando a su nación unos  milloncejos de impuestos, agregados al mal ejemplo. Comprobada la denuncia –realizada por un opositor arrecho, que al intentar igual operación logró apenas la mitad–  fue premiado con la Gobernación del Estado más importante de su país. Vendedoras de perfumes y maquillajes o de ollas y peroles domésticos que en  seis o siete campañas de venta acumulan cuentas corrientes de millones de dólares. Inversiones  multimillonarias de una “potencia” petrolera para llevar gas desde su país a los del profundo Sur,  y unos cuantos  años después del gas solo queda el del estómago de miles de desempleados y hasta de los que  están  enrolados  pero no cobran  desde hace meses. Un central azucarero que iba a producir  para endulzar medio sistema solar se ha chupado miles y miles de millones en las obras civiles y no ha producido  azúcar para endulzar un solo cafecito. Obras con inversiones de miles de millones para  planes de turismo  abortados  a  tres cuartos del camino, abandonadas  a medio hacer o casi terminadas. Ni siquiera  resguardan lo hecho o tratan de recobrarlo.  En el desamparo el saqueo hace su agosto.

Hasta el más desmemoriado podría llenar cuartillas y cuartillas enumerando los planes ilusorios, los que consumieron millones en estudios apresurados, mal realizados y jamás emprendidos, las burradas y estupideces que pasaron por extraordinarias posibilidades de desarrollo, consumiendo su tajada de millones en  estudios de expertos, comisiones y viajes de  reconocimiento que al final ni reconocieron  la inutilidad del capricho, surgido en la medio borracha sobremesa  de un sancocho dominguero, los trabajos dejados a medio hacer, las inversiones de regalo por millones a cambio de un voto  en una asamblea internacional. Si repaso las denuncias realizadas en tres o cuatro artículos  anteriores lleno varias páginas y logro aburrir hasta el cansancio al lector pues el  sabeque el mismo panorama en  mayor o menor grado, puede ser ostentado por cualquiera de nuestras naciones.

Y al pedir mesura, acuerdos,  discusión y pensamiento esclarecedor,   se repiten los errores y vuelven a crecer las entrañas antes devoradas, listas cual colofón del próximo banquete de incoherencias, despilfarros e improvisación; oportunismo, ambiciones desmedidas casadas con los más cochinos intereses creados y pare de contar, lo que el ojo ciclópeo de García Marques supo ver como nadie había podido lograrlo.

El Dictador radiografiado en el Otoño del Patriarca es el de todos, el que nos pisoteó y estrujó caca en la boca cada vez que le vino en gana reírse y burlarse hasta escarnecer su pueblo en las formas más despreciable de sus viles antojos. Un despiadado tirano presente en todos y cada uno de los que han sido. Él es el modelo, las agallas y megalomanía no conoce límites.

Y en lógica de periquito adivinador me repito, mejor adobado y con promesa de última vez.

El Patriarca que nos entrega García Marques no se detiene ante nada. Molesto por la  respuesta de un adormilado funcionario en reunión de gabinete convocada a la alta madrugada, decreta el canto despertador de los gallos, ordena despertarse a las gallinas, ocultarse a las estrellas y al Sol que adelante su salida,  agigantando  su cólera al refrendar el ejecútese con  violento carajazo sobre la mesa:

¡¡¡COÑO!!! Son las OCHO. Lo dijo DIOS…!!!

Pedro J. Lozada

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