#OPINIÓN Ventana abierta: El horno de fuego #13Ene

Eduardo Iván González González | Ilustración: Victoria Peña |

Para recordar:

“…me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas. Pero él me dijo: Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios.”

(Apocalipsis 22:8,9)

Hace muchos años, el profeta Daniel, perteneciente al pueblo judío, fue llevado cautivo a Babilonia (aprox. 606 a.C) y le tocó pasar muchas penurias, pero Dios lo utilizó como profeta y Daniel le sirvió a Dios; algo que había aprendido de sus padres y de su pueblo. Daniel, como todo judío fue enseñado a respetar al Creador, las enseñanzas dejadas en las Escrituras, guardando leyes de salud, consejos y los Diez Mandamientos.

En esa época, le tocó a él profeta revelarle un sueño a Nabucodonosor, rey de Babilonia, sobre una estatua, que representaba el futuro de los reinos políticos de la tierra.

Ahora es fácil decirlo, o hablar de historia porque ya sucedió, pero lo difícil es predecir miles de años hacia adelante, tal como pasó a Daniel y dicho rey.

Daniel le dijo a Nabucodonosor que él representaba la cabeza de oro. Después de él vinieron los Medos – Persas. Más tarde llegó Grecia; luego Roma y al final los 10 reinos Barbaros, para dar paso, según la historia actual, a las naciones europeas, como: Inglaterra, Francia, Italia (Roma), España, Portugal, Alemania, Suiza, entre otros.

Dada esta revelación, ayudado por Dios, el rey respetó más al profeta, pero rápidamente se olvidó del Señor de los cielos. Se envalentonó y según el capítulo 3 mandó a hacer una estatua de oro, muy alta, para que todo el mundo la adorase y tras el sonido de las trompetas, todas las personas debían arrodillarse frente a la estatua.

Dice el relato que “todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron y adoraron la estatua de oro que el rey Nabucodonosor había levantado”.

El rey, azuzado por sus malos consejeros sacó el siguiente edicto: “…y cualquiera que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego ardiendo.” (Daniel 3:6).Y el rey que ciertamente estimaba a Daniel y sus amigos, les preguntó “¿vosotros no honráis a mi dios, ni adoráis la estatua de oro que he levantado?

Ellos contestaron: …Sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado (v.14). Entonces tras esas palabras fueron echados en el horno de fuego y no se quemaron; Dios le preservó la vida a los tres amigos de Daniel y más bien el rey vio a cuatro dentro del horno de fuego.

Por ello Nabucodonosor, volvió a reconocer a Dios que está en los cielos. Y dijo las siguientes palabras: “Bendito sea el Dios de ellos, de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él, y que no cumplieron el edicto del rey, y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios. Por lo tanto, decreto que todo pueblo, nación o lengua que dijere blasfemia contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego, sea descuartizado, y su casa convertida en muladar; por cuanto no hay dios que pueda librar como éste”. (Daniel 3:28,29).

De alguna forma, a todo ser humano, en cualquier época, le ha tocado o le tocará tomar decisiones que lo harían pasar por “hornos de fuego” literales o figurativos, pero allí está el “ángel del Señor”, es a saber Jesús, dispuesto a ayudarnos en todo, para andar en sus caminos y cumplir con la voluntad de Dios.

Por la misma razón de Daniel y sus amigos, al profeta Juan se le prohibió adorar o venerar a otros semejante a él. Y dijo: “…me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas. Pero él me dijo: Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios.” (Apocalipsis 22:8,9).

Es simple: Adora a Dios. Y por eso en el mensaje del primer ángel de apocalipsis 13 dice: “…Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas. ¿Cuál será nuestra decisión?

Eduardo Iván González González

www.ventanabiertalmundo.com

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