#OPINIÓN Fue un accidente, callen la infamia #21Ene

José Ángel Ocanto | Foto: Cortesía |

Eran las 6:04 de la mañana de este lunes.

José Luis Yépez, periodista insignia de Promar TV, con 30 intachables años en el oficio, venía de buscar, al volante de su automóvil, al asistente de producción de su programa de entrevistas.

El primer día de una semana con escaso ajetreo noticioso se asomaba con los reconocidos visos de una vuelta a la rutina; pero eso fue sólo hasta ese preciso momento. Porque justo entonces el aspecto, el orden y la proporción de todo en derredor cambió, con su terrible carga de brusquedad, sombras y dolor. La fatalidad, a la cual todos en el instante menos pensado estamos expuestos, haría su indeseable aparición.

El automóvil manejado por José Luis se desplazaba por la avenida Hermann Garmendia, en las cercanías del Monumento al Sol, al Este de Barquisimeto, cuando, en un lapso que apenas podría ser medido en fracciones de segundo, vio con asombro cómo un peatón cruzaba la vía, aparentemente distraído, ignorándolo en absoluto. El moderador de la televisora local alcanzó a ejecutar una maniobra desesperada, pero no pudo esquivarlo.

En tales circunstancias la opción de darse a la fuga está abierta a cualquiera, y de hecho no es infrecuente en un país donde la justicia y las garantías son un azar tarifado; pero a José Luis Yépez lo retenía, atándolo a aquella repentina desgracia, su condición de hombre público (aparte de periodista es Decano de Administración y Posgrado de la UFT) y, además, no menos importante, su proverbial formación cristiana.

De inmediato se bajó. Pidió la ayuda de dos hombres que circulaban casualmente por el lugar, para introducir al herido a su auto. Lo trasladó a la Emergencia del Hospital Central. Allí se presentó, responsablemente, y dio cuenta del suceso, que lo involucraba. Se ocupó de responder a la minuciosa lista de insumos requeridos por el equipo médico que atendía al paciente (desde gasa, yelcos, yeso, jeringas, de todo, porque el primer centro asistencial del estado Lara se encuentra en más calamitosa condición que los enfermos que esperan ser curados en sus desahuciadas camas).

Por incomprensible que parezca, hubo necesidad de mover al lesionado a otra institución médica para practicarle unos exámenes y, tras gestiones personales de José Luis, dos ambulancias aguardaban a las puertas de la Emergencia, una de ellas con médico y paramédico a bordo, mientras el periodista era conducido al puesto policial del Terminal de Pasajeros.

En ese lugar lo vieron llorar al enterarse de la muerte del infortunado transeúnte (Jorge Rodríguez, de 56 años, como él, inescrutable casualidad). Y cuando, al menos medianamente, logró reponerse del pavoroso impacto que le produjo tal novedad, José Luis giró instrucciones para que se estableciera contacto, en su nombre, con los familiares del occiso. Su conmovida palabra de pesar no faltó como tampoco su cuidado en asumir los gastos del oficio fúnebre. Él no lo divulgó, pero al hacer nuestras indagaciones con miras a redactar esta nota, nos enteramos de que a José Luis le preocupaba que se atendiera otro de los pedidos de insumos del fatídico día. Procedía de la morgue del hospital, a donde tenía que hacer llegar, con la premura del caso, los trajes de protección y los guantes que usaría el personal encargado de levantar la autopsia.

Fue un malhadado accidente. Triste, duro, pero fortuito. Según los testigos no se reportó una manifiesta imprudencia al volante ni falló la responsabilidad posterior. El croquis de Tránsito pareciera desestimar toda traza de incriminación posible. Que calle, pues, la infamante salvajada de quien pretende hallar culpa en una desgracia que, para mayor inhumanidad, a todos arrastra como sus víctimas.

José Ángel Ocanto

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