El venerado huesito del obispo Montes de Oca

Texto y fotos: Luis Perozo Pádua |

La hora final lo encontró en la Cartuja de Farneta del Espíritu Santo, convento de la Orden de San Bruno, construido en 1903, un lugar olvidado del mundo exterior, donde el tiempo pasaba casi inadvertido, en un claustro perpetuo alejado del contacto profano, en estricta pobreza monástica, apartado de toda tentación irreverente a Dios en aquel aciago año del Señor de 1944, en horas del mediodía del 6 de septiembre, cuando el mundo presenciaba con horror la devastación de la Gran Guerra.


En su celda de aquella enigmática abadía italiana, -quizá la localidad más neutral de la Tierra-, en donde no existía más confort que piedad y sacrificio, con el nombre de hermano Bernardo María, el obispo Salvador Montes de Oca, se había preparado con anterioridad, para rendirse ante el Señor, no sin antes luchar sin resignación para proteger a un considerable número de partisanos que escapaban de la persecución alemana y demandaban refugio de los cartujos, sacrificio que el noble hijo de Carora asumiría con fortaleza y consciente que su inevitablemente destino culminaría en el cadalso.


Luego de ser torturado salvajemente durante cuatro días, extenuado por las múltiples contusiones, la inanición y la sed, los nazis procedieron a ejecutar su infame venganza, y con ráfagas de ametralladora, lo acribillaron.


12 cartujos asesinados


Dos cadáveres irreconocibles fueron hallados a la orilla del camino de Monte Magno di Camaiore, al norte de la Provincia de Lucca. Eran los despojos de Montes de Oca y del padre prior don Martino Brintz. Los vecinos se vieron en la repugnante tarea de rociarles combustible e incinerarlos para evitar la propagación de epidemias.


Casi dos meses después del macabro suceso, estos restos fueron recogidos por el Ministerio de Higiene y enterrados en una fosa del camposanto de la localidad. En aquel momento fueron ejecutados 12 cartujos que habían refugiado a más de 300 partisanos.


Entre 1945 y 1946, se lograron exhumar aquellas fosas comunes en pesquisas para hallar los restos del grupo de sacerdotes monásticos, de los cuales fueron conseguidos y reconocidos 10 cuerpos. No obstante, ni el abad ni Montes de Oca, lograron encontrarse.


En enero de 1947, monseñor Luis Rotondaro, quien fue seminarista de Montes de Oca, recibió la noticia que los cuerpos del obispo caroreño y el prior posiblemente estaban en una fosa ya identificada del Cementerio de Monte Magno. El 12 de febrero en su presencia, abren la tumba encontrándose los restos de ambos frailes. Y luego de ser reconocidas ambas mortajas, son llevados a Lucca. Don Martino Brintz fue sepultado en La Cartuja y el prelado venezolano, embarcado a la América.


Una veneración privada


Pero jamás se imaginaron los familiares de monseñor Montes de Oca, que cuando en 1985 visitaron la Cartuja de Lucca escucharían del prior para ese entonces, que dentro de la abadía sentían una profunda devoción por monseñor Montes de Oca, por tanto, veneraban en privado, los restos de aquel hombre de Dios, por lo que asumieron que una parte de su esencia estaba sepultada en el camposanto de aquel claustro.


En 2017, el presbítero Antonio Arocha, vice postulador de la causa de beatificación de monseñor Salvador Montes de Oca, viajó a Italia a realizar investigaciones de rigor, tanto en Roma donde el levita venezolano había sido sacramentino, como en Lucca, en donde jamás se imaginó ser testigo de semejante revelación del prior padre Bruno.


El monástico colocó en sus manos un antiguo e interesante relicario contentivo de un rosario adornado de capullos de flores artificiales que rodeaban un huesito, identificado con la frase Salvatoris Montis de Oca, sinónimo de culto privado para venerar al obispo mártir venezolano.


Montes de Oca ingresó a la Cartuja el 5 de septiembre de 1942 en calidad de aspirante debido a su salud debilitada, toda vez el rigor de la vida monástica reclamaba austeridad absoluta. En enero del siguiente año es aceptado.

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