lunes, noviembre 22, 2021
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#OPINIÓN Cambalache #22Nov

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Lo único constante es el cambio

Heráclito de Éfeso 

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No hay nada más permanente que el cambio.

El mundo no puede ser cambiado, sin cambiar el pensamiento.  

El cambio es imperceptible, nos rodea, y a veces nos sofoca,

 ocurre todo el tiempo, nos demos cuenta o no, de qué está sucediendo.

Alberto Einstein

En política, no hay antagonistas pequeños, solo peores competidores. A estas alturas del enfrentamiento por la jefatura de la gobernación insular, todos están parejos y se dan por ganadores. El triunfalismo de cada parte de la tripartita neoespartana, asegura, por lo menos, que la gente se confunda y vote por quien no conoce o en su defecto, por el que no conviene.

La realidad política, casi siempre, no es indiferente a la opinión, y en el caso que nos ocupa, por lo general es torcida y sobre manera interesada. Lo que hace que el pronóstico al cambio esté de reserva a las comidillas del pasillo mientras las apuestas especulativas avanzan con cizañeros, perversos, urdidores, aprovechados y malvivientes, que en esencia, son buena parte de la población local, para vergoña insular. 

Lo cierto si descubres algo cierto, no es que quien gane hará el cambio, es el cambio en sí del país, el que terminará por hacerlo. No en vano se dice que todo lo que somos, es el producto de lo que hemos pensado. Pensar tiene densidad y por tanto masa, esa que influye en el entorno inconsciente y consiente. Al final es para y por la gente que el cambio debería ser urgente pues buena parte del adeudo, más allá de la ineptitud del gobierno de turno, es de quien no participa. Y no participan los indiferentes, los maleducados e incultos. En este particular, todo el mundo cae en cuenta que sin educación, no hay un cielo, así como sin mamas no hay paraíso.

En la calle se resiente el frecuente malestar de la gente por la escasez del dinero, por la falla de los servicios públicos, por la intermitencia del gas y la gasolina, por el trajín de las bolsas Clap, por las personas hambrientas comiendo de la basura, por las niñas y núbiles que estrenan mancebías y casas de lenocinio, por los negocios que se valen del escaso cambio para obligar al pendejo a malgastar lo que no tiene. No hablemos del matraqueo de los que van al brete para ganar infelices y hacer su agosto o, como dicen en broma, su aguinaldo adelantado sin declarar.

La lista adjetivada rebelde podría dar vuelta a la tierra dos veces y quedar corta. La nómina del proceso va subiendo por matones del ejecutivo costeado para impedir el cambio y mantener el coroto a todo riesgo, y a todo tren, arrollando a quienes se atrevan a pararse frontal ante la locomotora del poder actual o se haga notoria en políticas opuestas. 

En la historia venezolana abundan intriga, traición, conjuras que van desde la época de la independencia hasta la centena de años de dictaduras desde Páez al Benemérito y después de Isaías Medina Angarita, hasta la V república del finado mico-mandante galáctico supremo y del pavoso in-maduro, que maneja tan mal la guagua, y el autobús, pero peor maneja los tesoros del país. 

Cambiar salvará gente y permitirá, o recuperar el poder adquisitivo del bolívar, divisa record con la peor devaluación registrada en la historia crematística o acabar encubierta por el imperio pitiyanqui del dólar. Catorce ceros sustraídos al bolívar digital, no es cuento. En chanza decimos que es tan digital, que ni se siente en los dedos, menos en el textil de un bolsillo derruido por mala gestión de gobierno muy capaz de descalabrar la patria al punto de destruirla. Venezuela hoy pilotea el avión de la república sin carburante y por instrumento y es instrumento ciego de su propia destrucción, una ironía bolivariana, leitmotiv del chavismo cursi y palurdo.

Hablar de cambiar pasa por introducir el álgebra. Sumarse hace que la medida sea equilibrada, y menos tendenciosa, sin inclinar al sector oligarca, que no importa cuán socialista sea, su ideología de pacotilla acostumbra representar lo vulgar, asistiendo al entierro de la cultura y la educación de excelencia que brilla por su ausencia por la pérdida del profesor capacitado, que ha migrado como tantos otros profesionales. En dos platos, el proceso bonito socialista criollo, es una desgracia capital, por no decirle un sacrilegio, si es que desea fusionar lo santificado con lo profano en el concepto revolucionario bolivariano.

Todo lo anterior nos hace pensar en la providencia que entendemos, jamás ignoraría al violador de Derechos Humanos con cara de yo no fui. Tampoco la corte penal. Esa no es culpa mía, pretende aparentar el infractor pero nadie cree. Trata de ser franco, pero como no puede ni sabe, pervive con mueca de prevaricación, que comparece de las cejas al bigote. Ese mismo mostacho chorreado que no logra esconder la facha de no entiendo un carrizo.

La vida no crece en terrenos árido-agrestes como el proceso zurdo. La revolución es un gran desierto sin oasis, un karma camaleón, el ridículo de una payasada, el reino de todo caos. Suenan falsas cada sentencia insultante que vomitan a diario y a cada desahuciado por ofensas a sus derechos humanos. Silba como una oración a grito pelao. Un alarido de ya no más, por un suficiente aguantar, a toda esta fastidiosa e inaguantable incompetencia. 

 La reforma, si no se apuntala adrede, abre sus propias calles y no le afecta quién se lleva por el medio en el aprieto. En un proceso biológico como la selección natural, mecanismo de la evolución de las especies, existe un ecosistema social inherente.

La elección pasará y veremos, pero aún el virus nos mantiene cáusticos de cuerpo, mente y red. Llevamos dos años en neutral pero en plano inclinado subido. Lo que logró hacer funcionar la reversa. El país no avanzó, por el contrario se fue para atrás, involucionó y tanto así, que los únicos que no aceptan el retraso son los que convino mirar al sur como un norte. Otra menuda estulticia ejecutiva.

La pandemia y los aspirantes, unos más que otros, tienen en común la toxicidad, son literalmente, contagio en dispersión. Por lo que la vacuna contra la enfermedad es remedio para la población, tanto como el elector es medicamento para el cambio social. El encuentro electoral es básico para que el futuro sea hoy y no sea éste eterno pretérito sin presente, y para que el veneno de la peor política del mundo y la fuente viral dejen de acabar con la calidad de vida y permitan el resurgimiento de la pequeña Venecia. El cambio es acción y mucho más, luego de los resultados, sean cuales sean. Seamos la diferencia, siendo diferentes.

Marcantonio Faillace Carreño

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