Arquidiocesana: Agua Cristalina para Todos

Arquidiocésis de Barquisimeto | Foto: Archivo |

El agua es el gran valor para el hombre, y muy especialmente en tierras áridas. Por eso el mar, los ríos, sus cabeceras, las cuencas, los lagos, las fuentes, son cruciales en la vida de los pueblos.

Los profetas alaban las virtudes fertilizantes del agua.

Las cosmogonías nos dicen, que en medio de las aguas se hizo el firmamento; en la liturgia se ofrecía agua a Dios, derramándola sobre el altar (Juan 2, 6).

También el agua es relacionada con la historia de la salvación.

Yahvé concede el agua abundante, como símbolo de vida y poder a su pueblo, si es fiel. Pero cuando el pueblo se aparta de Dios, el agua se convierte en signo de maldición y destrucción.

Poco a poco aquellos hombres entienden que no sólo es necesaria el agua material, sino también el agua que purifica el corazón. Así es presentada como un símbolo del cielo nuevo.
Cristo realiza en sí, todas las imágenes mesiánicas.

Es la roca de donde emana agua abundante, vida para siempre. Él es el templo del cual brota un río cristalino, capaz de fertilizar una tierra nueva; por ello Jesús afirma: “quien cree en mí, emanarán de sus entrañas ríos de agua viva” (Juan 7, 38).

Jesucristo pidió agua dos veces en los evangelios, a la Samaritana y en la Cruz (Juan 4, 7, 19, 28), además prometió premios al que diera un vaso de agua en su nombre.

Jesús en el relato con la Samaritana, habla del don, “agua viva”. Este don no es otro que el Espíritu Santo. Como vida Divina, que se infunde en el corazón del hombre, e irradia salvación. Pero también el agua designa al propio Jesús que se inmola, que se da, porque Él quiere que el hombre tenga vida y vida en abundancia. El hombre necesita beber el agua de la revelación cristiana.

La sed del hombre se ha transformado en sed de salvación, de hermandad y trascendencia, es una sed de valores humanos y Divinos. Es que la fe en Dios sacia, realiza, plenifica en el tiempo y para siempre.

De allí que el Salvador nos diga: “El que beba de mi agua ya no tendrá más sed, mi agua se trasformará para él, en fuente que salta hasta la vida eterna” (Juan 4, 14).

Esa revelación, manifestada por Cristo, implica el reconocimiento de Jesús como camino al Padre, y por lo tanto, también se siente la necesidad de adorar a Dios, pero en espíritu y en verdad; lo cual quiere decir una adoración sincera, sentida, profunda, que no se queda sólo en ritos, sino, que se lleva con la vida ni está ligada a un lugar, sino a toda la creación.

Dios como Padre, como principio y fin, de todo cuanto existe, en un clima de persuasión, y en base a la verdad, es garantía de los derechos humanos, y es seguridad de un desarrollo auténtico en el tiempo. Una vez más la perestroika viene a reafirmar que sin Dios y sin libertad, no hay progreso integral, ni verdadero humanismo. Por ello, llenémonos de Dios, de fe, de su vida, de su amor, de su agua viva y de su gracia.

Oremos con sinceridad diciendo: Padre Nuestro que estás en el cielo y en la tierra, haz que venga pronto tu reino de justicia, amor y solidaridad. Conozcamos más a fondo nuestra doctrina de fe, nuestra historia eclesial. Pongamos en práctica el bien, evitemos el mal, vivamos esa vida de gracia y vida divina. Así recuperaremos la paz interior, el gozo profundo, la felicidad auténtica que es vida eterna, que comienza en el tiempo. Bebamos de esa agua viva que sacia en plenitud.

Creamos de verdad desde la vida en Dios. Él es grandioso. Barquisimeto necesita de Dios, agua viva.

Mons. Antonio José López Castillo/Arzobispo de Barquisimeto

Evangelio

(Juan 4,5-42) En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado, se sentó en el brocal del pozo.

Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber”. La samaritana le contestó: “¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”. La mujer le respondió: “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo?” Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

S.S. FRANCISCO

“No hay nada más traicionero que el corazón”

VATICANO, 16 Mar. 17 / (ACI).- “No hay nada más traicionero que el corazón”, …“Hay un punto –explicó Francisco–, hay un momento, hay un límite a partir del cual difícilmente se puede volver atrás. Ese momento se produce cuando el pecado se transforma en corrupción. …

“el hombre que confía en el hombre pone su existencia en la carne, es decir, en aquello que puede manejar, en la vanidad, en el orgullo, en las riquezas”. Todo ello produce un “alejamiento del Señor”.

Por el contrario, “la fecundidad del hombre que confía en el Señor, frente a la esterilidad del hombre que confía en sí mismo”. “Ese camino, es un camino peligroso, un camino resbaladizo, cuando solamente confío en mi corazón, que es traicionero y peligroso”.

“Cuando una persona vive en su ambiente cerrado, respira ese aire de sus propios bienes, de su satisfacción, de su vanidad, de sentirse seguro, y se fía sólo de sí mismo, pierde la orientación, pierde la brújula y no sabe dónde están los límites”.

“Por eso, pidamos al Señor: ‘Escruta, Dios, mi corazón. Mira si recorro el camino equivocado, si estoy avanzando por ese camino resbaladizo del pecado, de la corrupción, en el cual no se puede dar media vuelta y guíame hacia el camino de la vida eterna’”.

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