“Tú y yo somos iglesia”

Mons. Antonio José López Castillo Arzobispo de Barquisimeto |

“Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia (Mt. 16,18) la palabra ekklesia en los sesenta designa una asamblea convocada por el culto.

En el Nuevo testamento la Iglesia es la comunidad de salvación en Cristo.

Adán, en lugar de ser guía de un pueblo congregado, para vivir con Dios, se convierte en parte de una humanidad dividida por las codicias, la soberbia, el odio y que huye de su Creador.

Será necesario que un nuevo Adán inaugure una vida de equilibrio, de amistad con el todo poderoso y con los hermanos donde exista una verdadera comunidad responsable, por allí deberá esforzarse en transitar, ese nuevo pueblo que será la iglesia.

La Sagrada Escritura, al situar la historia de Abraham y de su descendencia en la historia universal de un mundo en el que el pecado despliega sus nefastas consecuencias, manifiesta en el mismo sentido que la Iglesia verdadero pueblo de Dios, debe  introducirse en el mundo y ser en él, de alguna manera, la respuesta eficaz, frente a las divisiones, egoísmos y maldades que derivan de la pecaminosidad.

En relación con el diluvio, que nos presenta la salvación, otorgada por el Arca, en medio del agua; entonces la descendencia de Noé, viene a ser figura de la salvación aportada por Cristo a través del agua bautismal, que inserta al hombre de una manera singular a su Iglesia.

Jesús agrupa y forma discípulos, quienes vendrán a ser el pequeño rebaño del Buen Pastor. El se empeño en la supervivencia y crecimiento de esta comunidad, cuando acaeciera su Muerte y Resurrección.

De esta manera, como continuadores de su acción en el tiempo, alerta a sus seguidores, a su Iglesia, acerca de las persecuciones que deberán padecer: “serán aborrecidos… a causa de mi Nombre, pero el que persevere hasta el fin, se salvará (Mt 10,22)

Le recuerda, además, la mezcla del bien y el mal, la presencia de justos y pecadores, porque “Muchos son los llamados y pocos los elegidos” (Mt. 22,14)

Cristo, escoge entre sus discípulos a doce de confianza, que serán las células básicas del nuevo pueblo, el evangelio, lo describe así: “Después subió al monte, llamó a los que Él quiso… y designó a doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar (Mc 3,13-14).

Los inicia en el rito bautismal, “cuando supo Jesús que los fariseos sabían que bautizaba más discípulos que Juan (aunque no bautizaba Jesús mismo, sino sus discípulos)” (Jn 4, 1-2) pero los orientaba.

Los instruye en la enseñanza, en el combate contra los demonios y las enfermedades (Mc. 6,7-13)

Los orienta a preferir el servicio antes que los primeros puestos. “El que quiera ser el primero, que sea el ultimo y el servidor de todos”; (Mc. 9,35) les hace entender, que deben dar prioridad a las ovejas de la casa de Israel” (Mt 10,6)

Los exhorta a reunirse en su nombre para orar (Mt. 18,18)

La iglesia, por lo tanto, hasta el fin de los tiempos, deberá inspirarse siempre en esta experiencia de los doce apóstoles con Cristo, para encontrar en ella, sus criterios de vida.

La misión de ese pueblo o Iglesia en el espíritu de salvación, será la de enseñar y bautizar a todas las naciones.

La norma de las relaciones entre la Iglesia y los estados estará en las palabras del Señor. “Den al Cesar, lo que es del Cesar, y a Dios, lo que es de Dios” (Mt 22,22)

Por tanto, esa Iglesia es portadora de valores. Busca la unión con Dios, unida a la solidaridad humana. Mira hacia el cielo, pero bien plantada en la tierra.

Ahora bien, tú y yo, por el Bautismo somos Iglesia, y tenemos responsabilidad en ella.

Como Iglesia que somos debemos orar, estudiar sus enseñanzas y proyectarlas con la vida y el trabajo apostólico.

Hoy más que nunca, debemos entender que ser Iglesia implica auténtica vida de comunión y participación. Recordemos: tú y yo somos Iglesia.

 

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