En tiempos de democracia, las elecciones permiten entre un cúmulo de opciones, elegir al candidato que más simpatía tenga con un proyecto en función de sus prioridades con la nación y, eso, era lo que nos hacía referencia ante el mundo: ser garantes de un sistema electoral dinámico y transparente que, aunque con sus errores, evitaba roces y la división de un país post elecciones.

Pero hoy, estamos muy distantes –aunque con esperanzas– de aquellos tiempos en los que después de ir a unas urnas electorales, todos los bandos experimentaban por momentos emociones propias de unos comicios dignos y libres, sin ventajismo, sin populismo, sin aprovechar los recursos del Estado para el beneficio de unos pocos y la destrucción de muchos, sin presiones ni manipulaciones. Sin manejar la dignidad del ser humano a su antojo, e incluso, aprovecharse de las necesidades individuales y colectivas. Eso, no es de humanos, porque solo quienes juegan entre la miseria se atreverían a coaccionar a un pueblo.

Tras la cuestionada convocatoria por parte del Consejo Nacional Electoral (CNE) para este 20 de mayo, las tensiones políticas en Venezuela se incrementaron. Quienes siguen el proyecto revolucionario a pesar de la crisis que les afecta por pésimas políticas públicas implementadas, celebraron unos resultados en medio de una histórica abstención de 52 %. Y los 11.394.323 ciudadanos venezolanos que decidieron abstenerse, por desconocer el proceso y estar conscientes de una realidad país que carcome la calidad de vida, demostraron firmeza en su protesta pacífica que le dio una lección a quienes dicen estar sumergidos en una constante guerra económica.

La lección, en efecto, es para todos: los tercos políticos deben reflexionar que siempre el clamor de millones debe imponerse sobre los caprichos personales, los partidos políticos opositores están en la obligación de hacer un análisis en consonancia y coherencia con la Venezuela destrozada, y el Estado, pensar qué se siente cuando la mayoría de los que se abstuvieron niegan cualquier proyecto socialista.

El anuncio del primer boletín de Tibisay Lucena, presidente del CNE, en breves minutos, era el esperado y, la sorpresa, las cifras. Ya el venezolano está acostumbrado a escuchar un mismo matiz de discurso, en tiempos y horas diferentes. Aquella tensión y nerviosismo que, por tradición ocurría en elecciones, por saber quién sería el nuevo Presidente de Venezuela, se opacó. Las celebraciones seguramente fueron internas, porque las ciudades se adormecieron y solo brisas de tristezas se dieron paso por una nación que hoy sigue igual. Nada cambiará -suena pesimista-, pero si en 19 años de revolución, de Patria grande, de igualdad social, el resultado de gestión es el actual, es improbable que con una presión internacional y pueblo en rebeldía, se logre la tan esperada abundancia y plenitud de la Venezuela soñada.

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