El Papa a América Latina para reparar frustración de un continente

El papa Benedicto XVI emprende el viernes a los 85 años un viaje de seis días a México y Cuba para responder a la frustración del continente más católico del mundo, que se siente poco escuchado por un pontífice muy concentrado en Europa.  

 América Latina, que contaba en el 2010 con el 28,34% de los católicos del mundo, según las estadísticas del Vaticano, ha sido visitada sólo una vez por el pontífice alemán: en 2007 para asistir a la asamblea general del Consejo Episcopal Latinoamericano celebrada en Brasil.  

De los 22 viajes realizados al exterior en siete años de pontificado, el Papa ha efectuado 16 a Europa, una proporción sorprendente.  

No ha pisado hasta ahora ningún país de América Latina de habla española, mientras programó ya una segunda visita a Brasil, en el 2013, para la Jornada Mundial de la Juventud. 

Los colaboradores más cercanos del Papa aseguran que Benedicto XVI aceptó realizar un viaje tan largo y agotador para su edad porque quiere responder a los deseos de millones de latinoamericanos de habla española.  

“Paga una deuda con América Latina”, reconoció el cardenal mexicano Juan Sandoval

Para muchos, la visión eurocentrista del mundo de Benedicto XVI, ilustre teólogo, ha pesado en tal situación.  

“Es posible que sea eurocentrista. A veces lo es y a veces no”, sostiene el purpurado, quien observa que ha nombrado numerosos cardenales europeos pero también centrado su mirada en Africa, “continente que ha visitado varias veces”, dijo.  

 Las dos etapas del viaje responden a dos lógicas diferentes. México fue escogido por ser el país más católico de habla español (83%) y Cuba porque con la visita se corona el papel activo de la Iglesia católica en la apertura del régimen comunista, catorce años después de la histórica visita de Juan Pablo II a la isla caribeña.  

El Papa llega a un continente en el que otras iglesias, varias pentecostales, se han multiplicado gracias a su labor social.  

 La respuesta frente a ese desafío, tanto por parte de Juan Pablo II como de Benedicto XVI, fue la de nombrar prelados conservadores, prohibir la teología de la liberación y frenar toda disputa interna.  

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