Entre Penélope y Vitola

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Si algo debe aprender Venezuela de la trágica experiencia cubana es jamás confiar en la comunidad internacional para resolver su tragedia.
Quienes creen que una acción externa decidirá el conflicto interno arriesgan quedar cual esa Penélope de Serrat a la que se le paró su reloj infantil una tarde plomiza de abril y quedó sentada en el andén, con su bolsito de piel marrón.
Las grandes potencias actúan exclusivamente en función de sus intereses concretos y jamás caen en fantasías como «hermanas repúblicas» ó «fraternidad de los pueblos». Actualmente tampoco se agitan por ideologías. Para ellas, Cuba no pasa de feo e intrascendente forúnculo.
Los hemipléjicos y esquizofrénicos organismos internacionales, hundidos en pantanos de doble moral, son torpes marionetas que se mueven sólo cuando sus accionistas principales dan un duro empujón o tiran fuertemente de sus cuerdas.
La prioridad fundamental de la comunidad internacional es «no menear el barco» -sobre todo en Latinoamérica- mientras otras regiones arden. Siempre buscarán diálogos para evitar violencias, y la voluntad de sentarse a hablar se vuelve requisito para todo el que no quiera ser catalogado ante el mundo como el malo de la partida. Los resultados dependen de las partes.
Las protestas pacíficas serán siempre aplaudidas internacionalmente, en tanto cualquier otra forma será siempre cuestionada…a menos que triunfe, rápidamente.
Es importante desenmascarar ante el mundo al burdo, incompetente, hampón y totalitario régimen que despilfarra millones en blanquear su imagen afuera…y lo verdaderamente efectivo es comprobar su terrorismo internacional, sus graves actos de lesa humanidad y su narcotráfico.
Acusar ideologías, alegar trampas, protestar atropellos y mendigar compasión, todo eso puede mover almas sensibles, alimentar la política doméstica de otras naciones, y arrancar expresiones altisonantes…pero huecas.
Es hazaña de alto impacto que la oposición venezolana logre que el Senado norteamericano identifique puntualmente con nombres y apellidos – algunos hasta ahora desconocidos para muchos – a importantes mafiosos del régimen forajido. Pero el logro resultará infinitamente más decisivo dentro de la dinámica de poder interna que por cualquier eventual consecuencia externa.
A fin de cuentas, por bienvenida que sea la solidaridad internacional, en cada país la soberanía, la libertad y la democracia no pueden sino consolidarse desde adentro, imitando a la célebre Vitola, aquella que se defendía sola; y no a Penélope, la que se quedó esperando el tren.

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