#ESPECIAL Hermann Garmendia desde distintas perspectivas

Mariángel Durán | Foto: Archivo |

La grandeza de Hermann Garmendia es invaluable, al igual que su legado. Su aporte al periodismo, a la cultura, a la ciudad es hoy reconocido por un gran número de larenses, de distintos sectores, que a propósito del centenario de su natalicio se unieron para rendirle homenaje durante todo un año.

La celebración inició oficialmente el día de su cumpleaños, el miércoles 7 de junio de 2017, con el foro “Patrimonio, ciudad y desarrollo” que ofreció un vistazo de su vida y obra desde las perspectivas de Reinaldo Rojas, Iván Brito López y Juan Alonso Molina.

El primero en ofrecer un acercamiento a la extensa biografía de Garmendia fue Rojas, quien tuvo el privilegio de compartir con el homenajeado desde la época de la creación y consolidación de la Casa de la Cultura de Duaca, municipio Crespo.

Tras rememorar la época de su juventud vinculada a las letras, Rojas procedió a leer parte de la reseña de Hermann Garmendia que pronto aparecerá el diccionario de Historia de Venezuela que edita la Fundación Empresas Polar.

“Fue periodista, cronista, historiador, crítico literario, educador. Hijo de Ezequiel Garmendia y Dolores Graterol, hizo sus primeras letras en la casa de las hermanas García Sorondo, hizo su primaria y secundaria en La Salle de Barquisimeto. Tiene cinco hermanos, uno de ellos muy famoso: el novelista y escritor Salvador Garmendia”.

Rojas aseguró que Salvador, otra persona de gran significación para la región y el país, “dijo que Hermann fue su mentor intelectual, quien lo encaminó por el mundo de las letras”.

Garmendia tuvo una hija adoptiva criada en su matrimonio con Ofelia Díaz Lugo, “que fue quien me regaló la última edición del libro Mocedades de Páez, nacimiento de un carisma, tras la muerte de Hermann”.

En 1943 fue nombrado maestro en la población de San Francisco, municipio Torres, donde fundó el periódico La Chispa. “Publicó sus primeros artículos en periódicos regionales como EL IMPULSO, donde mantuvo por largos años su célebre columna El Camino y el Espejo, un nombre interesante que nos refleja la realidad y la representación”, comentó.

Luego continuó esa columna en El Informador aunada a una página semanal de nombre “Crónica de la Nostalgia”; también colaboró con el Diario de Carora y fue corresponsal de El Nacional; autor de artículos y ensayos de críticas literarias en El Universal y en la Revista Nacional de Cultura”, lo cual demuestra que fue un escritor de talla nacional.

En 1944 fundó en Barquisimeto la revista Lara, patrocinada por el ejecutivo regional; fue codirector de la Quincena Literaria, editada en El Tocuyo, la tierra de sus ancestros. En 1982, fundó y dirigió Historia y Tradición.

Señaló en la entrevista concedida a Roberto Izquiel, que en 1945 bajo el auspicio de la Academia Mosquera Suarez, dirigida por esa gran mujer a quien le debemos tanto: Casta J. Riera, de Churuguara, edita el folleto Diosas a la Poesía Venezuela, en el que reúne materiales que elaboraba para sección literaria que leía durante media hora en Radio Barquisimeto.

“De esa época viene su colaboración con la revista Alas, que editaba la Academia Mosquera Suárez; sus crónicas publicadas en EL IMPULSO, en la sección Tamiz, son publicadas en un libro llamado el Tamborcillo de la Farándula, el cual aparece editado en 1949 en El Tocuyo, con prólogo de su gran amigo el poeta Roberto Montesinos”.

En 1947 fue secretario interino de la Escuela Poliartesanal de Barquisimeto y en 1948 es nombrado director de Cultura Popular de la Dirección de Educación y Cultura del estado Lara; en ese mismo año es electo primer secretario general de la Asociación de Escritores de Venezuela, “fíjense todo lo que debemos retroceder para conocer y contar la historia del país que no es reciente, pero nosotros vivimos inventando el país, creemos que comenzamos la historia todos los días”.

En 1949 ingresa a la Academia Nacional de Historia como miembro correspondiente por el estado Lara y participa en la Fundación de Centro de Historia Larense, del cual fue activo colaborador, continuó.

En el año 1952 es designado juez suplente de menores y en 1953 asume la dirección de la Imprensa del Estado, en 1955 es nombrado director de la Biblioteca Pública de Lara y en 1965 registrador principal, cargo que ocupó hasta 1966.

En 1967 es electo presidente de la Asociación de Escritores y el Concejo Municipal lo nombra cronista oficial de Barquisimeto, “porque en esa época se trataba de un reconocimiento oficial, no se trataba de ser un funcionario. He luchado por un cronista oficial de Duaca, con el perfil de los antiguos cronistas españoles que nosotros heredamos… que representen la voz de la ciudad recogida por una figura importante como Garmendia”, confesó Rojas.

Hermann Garmendia también fue fundador del Colegio Nacional de Periodistas, seccional Lara; recibió las órdenes Jacinto Lara, en su primera clase y Francisco de Miranda en su segunda clase. “Fue un escritor reconocido en el país, su nombre figura en los diccionarios de literatura venezolana del siglo XX”.

Fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo en 1967 y el Premio de Literatura Roberto Montesinos en 1989. Murió en Barquisimeto el 24 de mayo de 1990 a los 73 años de edad.

“Hay una biografía extensa, pero quisiera que todo lo que escribió Hermann sea editado y convertido en ediciones digitales, pues hay que hacer un esfuerzo para que se conozca su obra porque nada hacemos con recordarlo, buscar en carpetas su legado cuando tenemos facilidades para los espacios digitales, que permitan a los ciudadanos acceder a esa información”, concluyó Rojas.

Familia agradecida

Mariela Garmendia, sobrina de Hermann, subió al podio al final del foro y ofreció su agradecimiento en nombre de la familia por el sentido homenaje del centenario que inició el 7 de junio.

Contó anécdotas familiares y reveló que su tío también fue un poeta, aspecto de su vida poco mencionado en las biografías y que en una ocasión fue revelado por él mismo. “Le robaron su primer libro de poesías y eso hizo que apagara las velas de esa faceta”, relató. Sin embargo, el poeta nunca dejó de existir dentro en su interior.

Narrador del presente

Iván Brito López, quien fue secretario de Garmendia durante sus últimos años de vida, expresó en el foro que se llenó de gran emoción cuando el doctor Jorge Ramos Guerra le dijo en los pasillos de la UFT, en el año 2016, que se organizaría una jornada a propósito del centenario de Hermann.

Al inicio de su intervención, Brito López se permitió recordar al doctor Alberto Castillo Arraiz, quien en vida escribió su visión de lo que es un cronista: “La menuda historia, por menuda no menos importante, necesita al artífice que la recoja y narre con pasión. Venezuela tiene sus historiadores románticos, de la gran gesta, o analistas de la interpretación científica del devenir patrio, pero el acontecer diario de las ciudades, la anécdota aparentemente intrascendente, la acotación de horas gratis unas veces, heroicas otras, humorísticas las más, pasan sin un narrador u observador filosófico que las registre y las interprete… en ese momento nace el cronista citadino, para anotar el cotidiano pasar y por un escamoteo de la inteligencia inmovilizarlo, dándole categoría de perennidad en la página narrativa que se impronta en un tiempo donde lo modesto, lo social, lo artístico, el folklor y hasta el hecho trágico tienen cabida, porque cada ciudad, en cada día de su historia, tiene sus múltiples dramas, entendiendo por drama la acción en sentido griego, hasta en las horas aparentemente letárgicas de las interiores villas del vasto territorio venezolano”.

En tal sentido, expresó que Hermann Garmendia no solo fue el cronista que narró la historia de la ciudad, sino que también hizo la crónica del presente a través de su columna El Camino y el Espejo.

“En su casa compartí largas y gratas horas, lo que para mí fue una gran satisfacción, no solo por el hecho de aprender a su lado, sino también al ver aquél torrente humano que pasaba por ella, intelectuales de gran talla, políticos, gente de todas las clases sociales porque allí se trabajaban tres vertientes: la columna El Camino y el Espejo, que era una tribuna de la ciudad; la página Crónica de la Nostalgia, que ameritaba mayor trabajo y dedicación; y el libro Preguntas y Respuestas, junto a Rivas Marchena, que fue editado por el Ejecutivo Regional tras la muerte de Garmendia”.

Brito López acotó que el libro “Veinte mil leguas de viaje submarino”, una de las obras literarias más conocidas del escritor francés Julio Verne (1870),“fue el que hizo estallar” la intelectualidad de Hermann.

Cerca de su obra

Juan Alonso Molina recordó que su primer contacto fue con la obra de Hermann Garmendia y no con su persona, dado que pertenece a una generación que conoció a la ciudad y de alguna manera se sensibilizó con sus problemas a partir de las lecturas de algunas de las firmas de las páginas de opinión del diario EL IMPULSO.

“Entre ellas, Papel de Lija de Napoleón Agreda Herrera, las crónicas y polémicas de ‘Juan de Lara’ seudónimo de Salvador Macías y, naturalmente, las múltiples y estimulantes referencias que nos proporcionaba don Hermann Garmendia día tras día, primero en EL IMPULSO y luego en El Informador”.

Antes de conocerlo en su casa de la 31, Molina ya tenía un conocimiento de su obra. “Fui junto a mi papá, que en ese entonces era directivo de la Asociación de Escritores del estado Lara… don Hermann ya tenía un aura casi profética en quienes visitaban esa casa durante los últimos años de la década de 1980”.

Contó que en ese entonces había iniciado sus estudios de Historia en la Universidad de Los Andes y “desde luego don Hermann y don Ramón Querales eran una especie de figuras estelares e indispensables para el conocimiento de eso que don Raúl Azparren padre llamó la ‘barquisimetaneidad, cosa muy importante porque mi familia como muchas es ‘barquisimetida’ pues es de origen andino, de manera que no conté con el privilegio de alimentarme de las anécdotas y vivencias de las familias barquisimetanas… me vinculé con curiosidad intelectual y gracias a las amistades”.

La participación de Molina en el foro se centró en el libro Cuando el conquistador Juan de Villegas, de Hermann Garmendia y lo describió como excelente, detallado y prolijo, que además formaba parte de la lectura obligada que todos los estudiantes de Historia de su época debían leer durante todo el semestre en la cátedra Historia de España.

“Garmendia tenía una gran capacidad narrativa y sensible, es algo que se echa de menos en muchos de nuestros colegas y que forma parte de la dificultad que tenemos y hemos tenido para hacer partícipes de la historia a nuestras generaciones más jóvenes. De allí la necesidad de buscar esas fuentes que nos dan personajes como Garmendia, que nos da un gran ejemplo de vasta intelectualidad y documentación”.

En tal sentido, destacó el compromiso de Garmendia en su gestión como Registrador Principal del estado e hizo un llamado de atención a las nuevas generaciones de historiadores sobre la necesidad de conocer y estudiar a fondo el material inédito que se resguarda en el Registro Principal, gracias al trabajo de Garmendia, quien además fue un ciudadano comprometido con el lugar donde nació.

“Fue más allá de su nivel intelectual y utilizó todo su saber y bagaje para fundamentar una acción permanente en distintos campos, que permitiera a los larenses, venezolanos y barquisimetanos, un mejor conocimiento de su historia pero también un desarrollo armónico y una modernización necesaria de la sociedad en la que le tocó vivir”.

Ciudad, patrimonio y desarrollo no es casual, en don Hermann encontramos esas tres preocupaciones entrelazadas a lo largo de su vida y obra.

PUBLICIDAD

Comentarios

Comentarios