El gran solitario del palacio

Noel Alvarez |

Soy un solitario en el Palacio”, es una expresión lapidaria pronunciada por el presidente Gustavo Díaz Ordaz, cuando sus seguidores del PRI lo abandonaron luego de ordenar una matanza contra estudiantes el 2 de mayo de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, México. El título de este artículo corresponde al nombre de la Novela del escritor mexicano René Avilés Fabila y habla sobre la degollina de 500 universitarios. Estar solitario en la silla presidencial es el temor que tiene todo tirano que quiere eternizarse en el poder cuando una masacre de estudiantes divide a los mandos militares. Las tiranías más sanguinarias han visto el desmoronamiento de sus ejércitos ante el avance de pueblos armados de valor y resistencia que han levantado las banderas de la dignidad.

Es una obra incendiaria que pone el dedo en la llaga respecto a un sistema represor y corrupto. El mandatario mexicano ordenó a sus colectivos conocidos como Batallón Olimpia y otros paramilitares, rociar con “agüita, gasesitos y sin armas” a unos estudiantes indefensos que reclamaban su derecho a la protesta. A las fuerzas represivas se les pasó la mano y con saña utilizaron lo mejor de su arsenal bélico. Explica el escritor: “Mi novela no es la crónica de la matanza, es una sátira que intenta ser totalizadora, que juzga al sistema que permitió tal atrocidad, es decir, juzga a sesenta años de revolución mexicana, al PRI, a la burocracia política, al capitalismo nacional y, por último, a todo un país. Mi novela tiene un tono sarcástico, de humor negro, de desprecio, y eso les gusta a mis paisanos que en términos generales son masoquistas profesionales”.

La obra es una metáfora epistemológica de México y de su forma de gobierno. La secuencia narrativa está estructurada en torno al eterno Dictador, “alteza republicana, guía ascendente”, y a su lucha contra los estudiantes que se rebelan contra su poder. El tono de la novela es irreverente, lo cual se destaca especialmente en ataques directos a instituciones y a conocidas figuras literarias. El caudillo hizo aprender de memoria cinco reglas a sus colaboradores: “Díganme la verdad; no me pidan disculpas; si violan la ley, pues viólenla, pero que no me entere; cuidado con lo que me informen; no cambiaré el gabinete: porque no se cambia de caballo a mitad del río”.

El gobierno mexicano caracterizó la protesta como subversiva y dirigida por apátridas y, “en lugar de encontrar formas de atender las legítimas demandas, optó por reprimirla y aniquilar su dirigencia y al sector que consideró más combativo”. Para ello recurrió a detenciones ilegales, maltratos, torturas, persecuciones, desapariciones forzadas, espionaje, criminalización, homicidios y ejecuciones extrajudiciales, caracterizando, según la fiscalía mexicana, “el uso de la fuerza institucional del estado mexicano como criminal”. Los tribunales mexicanos, controlados por el PRI, rechazaron las demandas y protegieron al tirano y con su muerte quedó pendiente la justicia internacional.

Como todo dictador constitucional, Díaz Ordaz justifica su actuación y declara como ex presidente: “No temo al juicio de mis contemporáneos, sé y los mexicanos saben que en mi actuación ha habido aciertos y errores, pero que mis errores han sido involuntarios, que todo lo que he hecho, ha sido tratando de servir lo más eficazmente posible a México”. Dice también que “la democracia no es un concepto abstracto y solo podrá existir cuando haya democracia política, democracia económica y democracia cultural”, que “los más peligrosos agitadores son el temor, la insalubridad, la falta de pan, de techo, de vestido y de escuela”.

Expresa su rechazo a la violencia porque “el hombre no debe luchar contra el hombre sino contra el hambre”. No se atrevió a convocar una Asamblea Constituyente que abriera el cauce a la participación institucional más amplia de los sectores marginados y emergentes del desarrollo económico y social. El título del libro no viene de la total imaginación. La frase “soy un solitario en el Palacio” fue dicha por el presidente Gustavo Díaz Ordaz en pleno combate, asustado por un puñado de jóvenes imberbes que lo hicieron temblar y fue abandonado por la dirigencia del PRI más cercana y parte de las fuerzas militares. Él solo se añadió el adjetivo.
@alvareznv

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