#OPINIÓN La música en Carora colonial #10Dic

Luis Eduardo Cortés Riera | Ilustración : Victoria Peña |

Hace ya mucho tiempo, cuando nuestro país era una colonia de España, entraron como hermanos de la Cofradía del Santísimo Sacramento de Carora en el año 1679 dos personajes muy interesantes que ponen de relieve la enorme importancia de la oralidad y de la música en toda sociedad. Ellos eran el payador Diego Tomás de Parada y el maestro de horganos, el español Pedro Lozano. No sabemos si residían en la ciudad del Portillo, pero lo más importante de destacar es que estos caballeros eran elementos muy significativos y primordiales para aquella sociedad donde la religiosidad católica de la Contrarreforma era decisiva y vital. A ello se deberá agregar necesariamente el carácter fundamentalmente oral de nuestra cultura, puesto que la Colonia y la Republica sufría de un mal que hasta hace poco nos acompañó: el analfabetismo.

Estos dos “abuelos de los músicos” de la Venezuela de hoy, eran personajes muy respetados y cumplían una función determinante en una sociedad ya alejada de nosotros en el tiempo y que quizá por ello se nos dificulte comprenderla. Don Diego Tomás de Parada ejecutaba La payada, que es un arte poético musical perteneciente a la cultura hispánica, que adquirió un gran desarrollo en el Con Sur de América, en el que una persona, el payador, improvisa un recitado en rima acompañado de una guitarra. Cuando la payada es a dúo se denomina «contrapunto» y toma la forma de un duelo cantado, en el que cada payador debe contestar payando las preguntas de su contrincante, para luego pasar a preguntar del mismo modo. Estas payadas a dúo suelen durar horas, a veces días, y terminan cuando uno de los cantores no responde inmediatamente a la pregunta de su contendiente. Es un arte emparentado con el versolarismo vasco, la regueifa gallega, el trovo alpujarreño, el juego de los albures mexicano y el repentismo cubano. Este tipo de «discusión dialéctica» responde a un patrón que ha estado presente en un gran número de culturas, y forma parte de la tradición asiática, de las culturas griega y romana y de la historia del Mediterráneo musulmán. Es, como se habrá notado, es el antecedente del contrapunteo de los llanos colombo-venezolanos. El contrapunteo venezolano es propio de la cultura llanera (Región de los llanos -Colombia–Venezuela) y tiene sus raíces en la copla y el canto repentista o improvisado, lo que en el Río de la Plata denominan Payador (Payada). Este arte milenario, muy difícil de ubicar en su nacimiento histórico, está presente en casi todas las culturas del mundo. La improvisación puede ser en solitario (Juglar–Trovador – Payador–Coplero) o con un contrincante o más (Copleros –Contrapunteros–Payadores). En las grabaciones de hoy en día de los trovadores repentistas, lo que se hace en realidad es una emulación de ese canto improvisado, ya que las letras están elaboradas, tanto en el caso de las payadas Ríoplatenses o de los contrapunteos llaneros; para que exista  el verdadero contrapunteo o payada improvisada, la cuestión tiene que ser en el momento, sin libreto, en forma totalmente espontánea, la que puede ser grabada o no pero en vivo y en directo. Contrapunteos venezolanos que nos dan una acabada idea de los ritmos, las formas, las variaciones y los instrumentos usados del contrapunteo llanero serán: Florentino y el diablo, compuesta en 1940 por Alberto Arvelo Torrealba, un sublime monumento lirico, Las coplas amargas de Francisco Montoya, Las coplas a Ezequiel Zamora, entre otras.

En la ciudad de Carora destaca El Negro Tino Carrasco, quien según dijera el gran escritor merideño Mariano Picón Salas, es parte de una inmensa tradición rapsódica venezolana que remonta a las viejas canciones coloniales, a los cantares de gesta de la Independencia y la Federación y a todas las peripecias contemporáneas que pule y elabora su inventiva de artista, se pone a hablar con su garganta. En su Corrido de las cien mujeres, que por la influencia de la versificación y la agilidad de los retruécanos parece la obra de un Lope de Vega selvático y mestizo que no tuviera otro maestro que la más alegre y desenfadada naturaleza. Darle al Negro Tino un pie forzado ya lo estará desarrollando y devolviéndolo como una gallarda serpentina. En su cédula electoral se llama Celestino Carrasco, pero con el cuatro y la bandolina en la mano y ya en trance de improvisar, nadie lo nombra sino El Negro Tino.

No era menos importante Don Pedro Lozano, maestro de horganos (sic), pues el órgano era un instrumento musical complejo y de difícil ejecución. Juan Sebastián Bach (1685-1750) era un extraordinario ejecutante y afinador de estos instrumentos de los pedales y los tubos sonoros de la época barroca.  Era este instrumento el antecedente del piano de teclas que hoy conocemos. Toda iglesia debía contar con un órgano y con su respectivo ejecutante. En 1637 se adquiere el primer órgano en Coro. Y este fue el caso de la Iglesia de San Juan Bautista del Portillo de Carora, la cual posee un magnifico órgano desde mediados del siglo XVIII, lo que quiere decir que Pedro Lozano no lo ejecutó, pero bien podría decirse que prepara el camino para los futuros maestros y ejecutantes de órganos residentes en  la ciudad de Carora.

Era la época del dominio de la monarquía española y su más eficaz instrumento de justificación ideológica: la Contrarreforma católica y consecuencialmente el arte pictórico, arquitectónico y musical barroco.

Estos antecedentes, el payador que ejecuta su arte en la plaza pública, y el organista recluido en un recinto religioso,  pueden bien constituirse en el inicio de lo que hemos dado en llamar el genio de los pueblos del semiárido y su expresión más acabada: el enorme talento musical y literario que poseen estas tierras semidesérticas del occidente venezolano.  Tierra por excelencia musical y melódica que no tiene parangón con otras regiones de nuestro país. Acá será el escenario en el que en el siglo XVIII nacerá el más acabado folklor mestizo del trópico venezolano: el tamunangue, una suite de danzas al ritmo del tambor africano, los instrumentos cuerdófonos hispanos y las maracas aborígenes. Ninguna otra parte del país y del continente americano muestra tan compleja manifestación de la cultura popular. Por ello el sabio Francisco Tamayo, al estudiar nuestra realidad geográfica múltiple y variada, dijo enfáticamente que en Lara nace lo venezolano. En Lara -aquí es terminante Tamayo- se reúnen y confunden casi  todos los medios físicos y biológicos del país (y) se ha estado engendrando un tipo humano de características medias, equilibradas. Esta síntesis humana (mestizaje, otro elemento que resalta el positivismo filosófico) de todo o de casi todo lo nacional es el tipo venezolano por antonomasia, por ser expresión total  de los cuerpos y de las almas de aquellas regiones parciales. Barquisimeto, y agregamos a Carora y El Tocuyo,  es el crisol donde se polariza el mestizaje más acabado y hermoso de Venezuela donde el talento música tiene evocaciones vasconcelianas.

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