#OPINIÓN Del Guaire al Turbio: Prohibido Morir #12Dic

Alicia Álamo Bartolomé | Foto: Archivo IMP |

Dejamos atrás el mes de los muertos y estamos en diciembre, pleno de alegrías y promesas navideñas, aunque todavía en tiempo de Adviento, de espera gozosa, de penitencia y preparación para el gran acontecimiento de la conmemoración de la llegada del nuestro Redentor al mundo. Pero no quiero dejar aún atrás lo del verbo morir con sus diversas acepciones en el lenguaje común.

Decimos: me muero de hambre y debe ser verdad en la Venezuela de hoy, miren no más la cantidad de gente esquelética caminando por las calles. Aquí la primera acepción del verbo, que es dejar de vivir, está correcta, aunque generalmente haya una hipérbole al decirla; no hay una muerte inminente, sino mucha hambre. El verbo morir lo usamos corrientemente para expresar ansia o deseo grande, sea por comer, beber, ver, conocer o encontrarse con alguien o algo: me muero por conocer París, ella se muere por oír a Rubén Blades, él se muere por tener un Ferrari, ellos se mueren por hacer un crucero, nosotros nos morimos por salir de esta dictadura. En realidad, no queremos morir, pero usamos el verbo hiperbólicamente para dar énfasis a nuestro anhelo y eso es válido. Igual se muere de calor o frío.

Eso me hace recordar a un amigo -ciertamente muerto hoy- que decía que el exagerado no hacía mal, porque sólo quería hacernos participar de sus goces: no dejes de ver esa película, es maravillosa; tienes que probar los celestiales postres del restaurante tal… y así por el estilo. Pero no hay que exagerar en eso de morir por alguna causa. No hay que meterse a mártir antes de tiempo. Si el martirio viene, porque Dios lo quiere, pues… a mí me cuesta decirlo, pero bien venido sea.

Estoy en contra de eso de echarse a morir por la situación, las carencias o los achaques de la vejez. Mucha gente se encierra en su casa por eso y está completamente equivocada. Si no hay que meterse a mártir antes de tiempo, tampoco y mucho menos a viejo. Los males aumentan cuando los contemplamos entre cuatro paredes. Dios nos libre de auto-aprisionarnos en la oscura celda de la indiferencia y la abulia, cuando hay una vida que bulle fuera. Tenemos que participar de esa vida y enriquecerla. ¿Cómo, si soy un enfermo crónico o un viejo chocho? No sé, pero yo soy esto último y sigo afuera, no sé si es por mi apellido, los árboles mueren de pie y el mío tiene raíces tan profundas que resiste los vendavales.

En verdad me incomoda un poco el trato que me dispensa la gente atenta. Me quieren ayudar a sentarme o levantarme con sus manos y brazos vibrantes, cuando es más práctica y segura la solidez de los brazos del mueble. Para caminar es otra cosa: un apoyo ajeno de un lado y mi bastón en el opuesto, dan mucha seguridad a mis pasos vacilantes…, al menos hasta que irremediablemente deba asumir la andadera. Esa solicitud que agradezco aunque la encuentre un tanto excesiva, me hace sentir a veces como un bibelot o un jarrón chino y, algo peor, otras, ¡como un monumento nacional! ¡Y horror…, me citan de ejemplo! Que los perdone el Señor del universo y todo sea por su gloria y alabanza.

Pero dejemos mis insulsas cuitas por las ajenas que quiero combatir. Amigo anciano, enfermo o apocado: no te encierres evadiéndote, estás haciendo falta en el ágora social para hablar, discutir, opinar, escribir, animar o rezar. Todas tus inutilidades son un tesoro de penitencias para ofrecer a Dios por que pase la pesadilla venezolana y del mundo. No desperdicies tus riquezas echándote a morir, mira que eso es un pecado de misión. En nuestra situación sólo podemos aceptar la muerte real que Dios nos manda, no la hiperbólica.

¡Está prohibido morir!

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