#OPINIÓN Un gran problema… #4Jun

William Amaro Gutiérrez | Ilustración: Victoria Peña |

En mis últimos artículos he tocado el tema “país” de manera tangencial, por necesidad obvia y principalmente para traer a mis amados lectores tranquilidad, esperanza y fortaleza en medio de esta tormenta que solo se consigue en el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Pero hoy voy a tocar un tema netamente espiritual relacionado a la vocación cristiana.

Llamarse, decirse o considerarse cristiano parece sencillo. Usted decide bautizarse en cualquier iglesia y ya. Se siente feliz. Lo difícil es ser un verdadero cristiano. Si partimos del significado de la palabra, concluiríamos que ser cristiano es ser como Cristo. Es lo lógico, lo normal. Pero considerarse cristiano y ni siquiera intentar perecerse a Cristo, puede ser hasta una blasfemia. El gran problema entonces que tenemos los cristianos es que sí, creemos en Dios, en el Señor Jesucristo y formamos parte de una iglesia cristiana. También estudiamos la Biblia y nos sentimos obedientes a su Palabra, pero cuando tenemos que obedecerla en verdad algún subterfugio esgrimimos y plantamos nuestras propias conclusiones, nuestro ego, nuestro yo. Entonces convencidos de ello quedamos felices y contentos.

Así pensó Lucifer. «Tú que decías en tu corazón: “Subiré al cielo, en lo alto, por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono, en el Monte de la Reunión, al lado norte me sentaré” «Sobre las altas nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” Isaias.14:13,14.

Si Ud. agudiza un poco la vista, podrá encontrar en este corto versículo los verbos “subiré al cielo”, “levantaré”, “me sentaré”, “sobre las altas nubes subiré” y “seré”. ¿Quién? Yo. Es por ello, que la batalla más grande y peligrosa que libra el cristiano hoy, es con su propio yo, por cuanto puede perder la vida eterna, un anhelo de su corazón por el cual ha vivido siempre y eso sería muy triste. Es el arma más poderosa del cual se vale el enemigo de la Salvación, ya que nació en él y la conoce a la perfección. Es él quien incentiva ese pecado de manera solapada, silenciosa y a veces imperceptible en la mente del cristiano.

¿Cómo así? Sencillo. Si le sucedió a “Aquel que una vez fue el querubín cubridor, cuya tarea consistía en velar de las inteligencias celestiales la gloria de Dios, pervirtió su intelecto y se separó del Señor. Si un ser tan exaltado pudo caer tan bajo como para convertirse en el autor del pecado, que el hombre no se vanagloríe, sino que aprenda a llevar, lleno de gracia, el yugo de Cristo, manifestando su mansedumbre y humildad, creyendo en Él, colaborando con Él” Elena de White. ¿Cómo les parece?

Cuando el texto nos impele a “aprender a llevar lleno de gracia, el yugo de Cristo”, nos está revelando que no lo tenemos. Que nuestras acciones siempre van orientadas a satisfacer anhelos propios convencidos que somos quienes tenemos el conocimiento de las cosas. Entonces, Jesús nos recuerda. «Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:15). “El Señor jamás murmuró; jamás manifestó descontento, disgusto o resentimiento. Nunca se descorazonó, se desanimó, se enojó o se enfureció. Era paciente, tranquilo y lleno de dominio propio en medio de las circunstancias más enojosas y difíciles. Y el aplauso no lo entusiasmaba” Elena de White.

¿El reto? Volvernos a la imagen y semejanza de Jesús. ¿Cómo?
“manifestando su mansedumbre y humildad, creyendo en ÉL, colaborando con ÉL” en nuestras vidas. Y para eso tenemos la maravillosa promesa. » Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” Sant.15.

¡Hasta la semana próxima por la WEB Dios mediante!.

William Amaro Gutiérrez

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