#OPINIÓN Educación en tiempos de miseria #15Sep

Miguel Peña | Foto: Archivo IMP |

La educación es la herramienta más poderosa para la construcción de un país. No es el petróleo, no son los minerales, ni es la capacidad productiva o la fertilidad de sus suelos. No. Venezuela es prueba fehaciente de que se puede ser un país con potenciales económicos y naturales superiores a los de muchos países del mundo, pero al mismo tiempo es posible hundirse en la miseria y el abandono cuando su gente, la que está llamada a explotar dichos potenciales, no está preparada para asumir esa trascendente tarea.

Debe hacerse una distinción necesaria: los profesionales de nuestra nación han demostrado grandes capacidades técnicas tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Es decir, PDVSA no se levantó sola ni se convirtió hace 30 o 40 años en referente de producción petrolera por arte de magia. Fueron venezolanos los que desde la década de los 70, del siglo pasado, formados en democracia, los que lograron llevar esa empresa a ser la columna vertebral de nuestra economía, de la cual provino el financiamiento de programas sociales que, a su vez, contribuyeron al desarrollo de otras áreas indispensables para nuestro crecimiento.

Lo que quiero dejar claro es que hay talento, capacidades y gente con condiciones para sacarnos adelante a fuerza de trabajo, pero que debe tener el apoyo y el impulso de parte de un Estado que destine más recursos a la investigación y al desarrollo académico, que al armamento militar y el control social. Es una norma básica de gestión pública: si usted prioriza elementos que no contribuyan al mejoramiento de la sociedad, sino por el contrario, se otorga preeminencia a fortalecer asuntos políticos que nada regresan a la nación, dicha gestión está condenada al fracaso.

Esa función va mucho más allá de lo político, como hasta ahora ha sido manejado en la cultura de Estado venezolano. Es un tema humano, de vida o muerte. Quizás no en el sentido literal, pero probablemente termine significando el entierro de principios y valores -sin mencionar los conocimientos- que hagan sostenible una sociedad de progreso y bienestar. Hoy nosotros estamos andando al borde de ese precipicio, porque nuestras políticas publicas hace rato desatendieron esta importante área social. Venezuela dejó de invertir en la educación desde hace mucho tiempo, cuando sus gobernantes entendieron que hacerlo amenazaba de muerte las pretensiones de convertirnos en una caja chica de corrupción y cuando descubrieron que potenciar las destrezas de una ciudadanía no les dejaba jugosos contratos ni altas cifras de “comisiones” dolarizadas.

La crisis educativa se encuentra en todos los niveles del sistema. Estamos a pocos días del inicio de actividades escolares y la situación de escuelas y liceos son deplorables, por decir poco. Tanto la infraestructura como la condición de quienes tienen la responsabilidad de ejercer las competencias educacionales (maestros y obreros), es alarmante. Ni hablar de la situación de los estudiantes y sus familias, imposibilitadas de costear los gastos consecuenciales de la actividad escolar como transporte y alimentación e incapaces se lidiar con las circunstancias sociales y de vida que rodean su cotidianidad.

No profundizaré en el salario de los maestros, que es el más bajo de toda Latinoamérica y deja a nuestros docentes en condición de pobreza extrema.

Para el año 2018, el 50% de los estudiantes escolares venezolanos dejaron de asistir a clases por falta de agua y alimentos en sus casas, según cifras de Encuesta de Condiciones de Vida (ENCOVI). Lo que quiere decir que, aunado a la situación económica, el detrimento de la calidad de vida y la falta de los servicios básicos, también se oponen a que la educación pueda llegar a todos por igual. Esta realidad permite concluir que el tema educacional también forma parte de una problemática estructural, que no puede ser resuelta con paliativos que tengan influencia solo en el ramo propio de la materia educativa, como mejoramiento y construcción de escuelas o aumento presupuestario de recursos económicos, sino que además responde a una serie de consecuencias derivadas del fracaso político atribuido a quienes usurpan el poder.

En todo caso, si la situación general de país ya de por sí es suficientemente paupérrima, quienes dicen gobernarlo se aseguran de hacerla más miserable cuando Maduro anuncia la asignación de cien mil Bolívares (Bs. 100.000,00) por estudiante del sector público, para el subsidio de cuadernos y libros para 2019, mientras que la cifra de 2018 rondaba los siete millones de Bolívares (Bs. 7.000.000,00) por estudiante.

A fin de cuentas las prioridades del régimen están claras. Y en ellas no está enlistada la educación. Lo que nos obliga a tomarla como prioridad 1 cuando toda esta pesadilla se acabe y quienes realmente nos preocupamos por el futuro de Venezuela tomemos sus riendas para ser la gran nación que soñamos reconstruir. ¡Hacia allá vamos!

Miguel Peña

@MiguelPenaPJ

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