#OPINIÓN Una misa por París #10Oct

Antonio A. Herrera-Vaillant | Ilustración: Victoria Peña |

Los crímenes, atropellos y atrocidades del régimen impulsan a muchos a sentir que es necesario purgar a fondo todo cuanto se relacione con el sistema impuesto desde 1999, haciendo una especie de caída y mesa limpia con cuanto hieda a chavismo, socialismo o comunismo.

Los insolentemente descarados desmanes que se cometen a diario inducen en muchos el deseo de imponer escarmientos a fondo, en algunos casos sustituyendo justicia con linchamientos. Pero la necesidad de establecer el sistema de derecho y las realidades políticas se erigen en infranqueable barrera a esa aspiración de tantos que hoy se expresan.

Lamentablemente, Venezuela entró en esta espiral de degradación política, económica y social por voluntad propia. El espíritu subyacente del actual desastre tiene raíces que se pueden remontar a las hordas salvajes de Boves en 1814.

La envidia, el resentimiento y el complejo se encuentran sembrados desde muy profundo en ciertos sectores de la población que se ha acostumbrado – en décadas cuando no siglos – a culpar al prójimo por deficiencias propias.

Además, el espejismo de riqueza petrolera y la pretensión a un “derecho” de regalía repartido entre quienes jamás han hecho nada por merecerlo se encuentran muy arraigados.

Con pasear por alguna calle de Madrid o Miami y escuchar algún compatriota con tufo a nuevo rico vociferando improperios y jactancias basta para entender que el mal subyacente no podrá erradicarse con apenas pasar un interruptor o tomar una aspirina de Milton Friedman.

Salir del régimen actual siempre será, por fuerza, apenas un primer paso en la escalada hacia un país más justo. Venezuela hoy necesita una fuerte dosis de civilización y decencia, y eso es cosa de tiempo.

El primer paso nunca será único y definitivo. Faltarán muchas escalas para que la sociedad como un todo llegue a las aspiraciones de los más idealistas. Y esos primeros pasos con certeza resultarán especialmente amargos para algunos puristas por lo inevitable de incluir algunos elementos que los puedan facilitar.

Quienes dirigieron el movimiento cívico de 1958 contra Pérez Jiménez no le hicieron ascos a la presencia de comunistas como Fabricio Ojeda y García Ponce, o ex perez-jimenistas como los coroneles Abel Romero Villate y Roberto Casanova Godoy – ninguno de ellos precisamente un angelito serenado.

Un régimen sin razón, obra ni futuro por fuerza tendrá un final tan opaco y engorroso como su inicio, con puentes de plata para enemigos que huyen y muchos que con muy buena razón coincidirán con Enrique IV en decir que bien valdría París una misa.

Antonio A. Herrera-Vaillant

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