#OPINIÓN Las voces de Penélope: Entre el corazón propio y el ajeno #7Feb

Marisela Gonzalo Febres | Ilustración: Victoria Peña |

Una imagen recorre whatsAap desde hace días: Tres escolares uniformados, muy jóvenes, casi niños, uno al lado del otro, se colocan enfrente de una especie de auditorio estudiantil improvisado que ríe disfrutando del “espectáculo”. El del medio, es de menor tamaño y probablemente de edad. Los tres saltan al mismo tiempo y lo que podría ser un juego inocente, se transforma en cuestión de segundos en un acto bestial: en el aire, los dos estudiantes de los extremos separan la pierna que colinda con la del del chico del medio y cada uno por su lado, impiden llegar a tierra al más pequeño pues en segundos, simultáneamente, “atrapan” y sueltan sus piernas, haciéndole caer de golpe y porrazo en el piso sobre tronco y cabeza. La cámara del celular corta la imagen, cuando el caído hace gestos de dolor e intenta ponerse de pie.

Mi variada experiencia como docente no guarda recuerdos de ¿juegos? de tal tipo. Habrían provocado alarma en toda la comunidad educativa con sus correctivos inmediatos, que hubiesen incluido reuniones con los padres, ayuda y orientación psicológica para los estudiantes involucrados y las sanciones correspondientes. Además, no habrían contado con la anuencia ni el placer de los jóvenes espectadores.

Todo conduce a pensar que hoy tanto en colegios privados como en escuelas y liceos oficiales, forman parte de la “iniciación” escolar y varonil pruebas de tal naturaleza. Las llamo así, porque probablemente el chico del medio intenta probar que nadie le tumbará o que no le ocurrirá más que una caída. Ignora que puede sufrir incluso una conmoción cerebral.

La agresividad humana ha de ser canalizada desde sus primeras demostraciones en el hogar y luego con el refuerzo del preescolar, a sabiendas de que al llegar a la temprana adolescencia, reaparecerán con cierta crudeza en algunos casos y que llegada la ocasión, los adultos hemos de intervenir con los diversos recursos que la ciencias de la educación y psicología, además de la experiencia y del afecto ponen a nuestro alcance, para evitar conductas agresivas que en los inicios formaron parte del “paquete de la sobrevivencia” humana y que luego han servido para la agresión de unos y el  sometimiento de otros. 

El video muestra que los hechos ocurren en instalaciones escolares en espacios internos abiertos y que la actitud de participantes y “público” pareciera ser la de quienes están acostumbrados a asistir en sus ratos de receso a esta versión pública de agresión y sometimiento físico de dos contra uno, cuyo efecto sólo se sabrá luego. Ya corre la voz de las consecuencias sufridas por los chicos muy jóvenes que acusan fuertes golpes en la cabeza, cuello y espalda…

Es muy grave lo que está pasando. En dicha edad, al no ser tomadas medidas por parte de los adultos -padres y docentes- la agresividad temporal, puede aumentar y convertirse en formas muy concretas de aplicar la violencia, cuya fuerza puede incluso aumentar, propiciando la agresividad en todos los órdenes de la vida, lo cual conduce a comportamientos antisociales cada vez más patológicos, por contravenir las normas de convivencia y saltarse los valores que las sostienen -el respeto a la vida,al amor y los derechos de los demás, al valor de la familia y la amistad- cuyo ejercicio comienza desde que un niño llega al mundo y pasa del brazo de quienes atienden el parto, al pecho de su madre y se reforzará socialmente al cruzar el portal del preescolar.

Si bien es cierto que Venezuela vive ahora uno de los peores momentos de lo que podríamos llamar nuestra historia de la violencia, que incluye la ejercida por el Estado en contra de sus ciudadanos y la de algunos sectores de éstos entre sí, no podemos olvidar el valor y peso de la familia y por extensión, la escuela en cualquiera de sus etapas, incluyendo el bachillerato, como los puntales que sostienen la vida ciudadana indispensables en la vida de cualquier ciudadano. Y nos corresponde a todos velar por ello.

Cuando se detectan problemas de conducta desde la infancia, se pueden detener y propiciar los cambios que habrán de lograrse en la pubertad y adolescencia, cuyos patrones de inicio suelen incluir cierto comportamiento antisocial,potenciado al proceder de familias disfuncionales o de nuestros graves problemas de violencia en todos los ámbitos públicos y privados de la sociedad venezolana.

En fin, no hay otra solución que no provenga del amor concretado en la familia, en los amigos, profesores y compañeros de estudios. Amor que ha de guiar la educación de los hijos propios y ajenos pues la profesión de la docencia, al margen de las enormes dificultades que los bajos salarios y la situación económica actual propicia en los docentes, requiere de enormes dosis de amor a la vida, a la juventud, a la gente que nos rodea, por ser una profesión de la que uno no se jubila jamás.

Ya nos dijo Benedetti lo que queda a los jóvenes:“Tender manos que ayudan / abrir puertas/Entre el corazón propio y el ajeno/ Sobre todo les queda hacer futuro/A pesar de los ruines de pasado/ Y los sabios granujas del presente”.

Marisela Gonzalo Febres

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