#OPINIÓN Cronicario: Ángel “Catirito” Rivero escribía tiernos cuentos infantiles por encargo #31Mar

Juan José Peralta | Foto: Cortesía |

Cuando las maestras de la escuela José María Bianco de los trabajadores de la UCV se enteraron de los “cuentos tan lindos que escribe el papá de Diego y María” comenzaron a pedirle a los hijos del señor Rivero unos textos para las carteleras por las efemérides escolares. Eso fue al principio porque al entrar en confianza con Ángel “Catirito” Rivero, al llevar los niños a la escuela lo recibían encantadas y le pedían relatos de temas diferentes a lo cual el orgulloso cuentista accedía gustoso y hasta se los leía antes de entregarlos. Para la cumpleañera Dulce Guerra le pidieron de regalo una sorpresa y le escribió “La más dulce de las guerras” y la maestra casi se desmaya ante la belleza de aquella historia. “Nunca me había escrito algo tan lindo”.

Jamás imaginaron sus compañeros del Liceo Lisandro Alvarado en Barquisimeto que Rivero, a quien vieron más de una vez entrarse a puñetazos con otro jovencito de su edad, terminaría escribiendo tiernos cuentos infantiles capaces de superar las fantasías de Hans Cristian Andersen y del mismo Aquiles Nazoa. Y así fue.

Era de los primeros en Biología y Química, donde se destacaba como el más aplicado y estudioso en su empeño de llegar al aula universitaria. Siempre decía que estudiaría Medicina y graduarse para ayudar a su familia y a la gente. “Voy a ser el José Gregorio larense”. Nació en Barquisimeto el dos de agosto de 1942, hijo del constructor y gallero Ramoncito Rivero y de María Rivero, quinto de siete hermanos. “No hay quinto malo”, decía.

Ávido lector desde entonces, devoraba las páginas de los diarios que mi padre, su maestro en la primaria, religiosamente compraba todos los días. Evangélico fanático al principio, quiso ser pastor en su iglesia y después muy joven se sumó a la lucha clandestina en la resistencia contra el general Marcos Pérez Jiménez, como militante de la juventud comunista.

Al terminar bachillerato se fue a Caracas con más disposición que recursos porque la familia no tenía como apoyarlo pero con grandes sacrificios inició su sueño al ingresar a la Facultad de Medicina con una beca de la universidad.

Rómulo Betancourt ganó las elecciones y en 1959 asumió la presidencia con los partidos del Pacto de Punto Fijo: Acción Democrática, Copei y Unión Republicana Democrática. “Los comunistas no entrarán en mi gobierno porque su filosofía es incompatible con la del pueblo venezolano”. Catirito estaba en la oposición otra vez y los comunistas se lanzaron a la protesta, el sabotaje y aventados por Fidel Castro a la aventura de las guerrillas.

El estudiante de medicina compartía el aula con la acción política y en la lucha por las causas que creyó justas se embarcó en unidades urbanas de combate. Una noche, trataban de asaltar la residencia de un militar y descubiertos escaparon. Catirito para salvar su vida se lanzó al Guaire y le daño a su amigo, concuñado futuro Jorge Montilla, un paltó que le prestó. “Se lo volví trizas”.

Identificado por la policía no tenía más remedio que volver a Barquisimeto para seguir el empeño de tumbar al gobierno. Intentó dinamitar el viejo cuartel Jacinto Lara metiéndose por un túnel que daba al río y junto a su camarada estuvieron a punto de perecer asfixiados por los gases tóxicos al entrar sin el equipo adecuado. “De ñapa nos conseguimos osamentas humanas, quien sabe de quiénes serían”.

En 1963 casi lo atrapan cuando allanaron su casa materna. Saltó unas tapias y salió rumbo a las montañas de Lara perseguido por la policía política que le seguía los pasos, para integrarse al Frente Simón Bolívar comandado por Argimiro Gabaldón, a quien más tarde, el 13 de diciembre de 1964 dejó a las puertas del hospital Egidio Montesinos de El Tocuyo, herido en reunión de comandantes cuando a uno de ellos, por descuido se le escapó un tiro de su fusil.

Las guerrillas fueron una gran decepción, las fábulas de la Sierra Maestra cubana en las montañas larenses fueron lo contrario, pasar hambre, dormir en el suelo o en hamacas expuestos a los animales, tigres, osos, culebras, bajo la amenaza del ejército y las inclemencias del tiempo. Allá empezó en el periodismo crítico, con su picardía e irreverencia. En plena montaña publicaba un pasquín hecho a mano, “El guerrillero de papel”, donde ironizaba a sus superiores y los avatares de la lucha armada, por lo cual fue amenazado con sanciones.

Muy enfermo lo bajaron y llegó a la UCV a trabajar en la biblioteca central donde encontró a una morena guariqueña que muy pronto le hizo olvidar tantos pesares y comenzó a doblegar su carácter recio y rudo como inconforme. Enamoró a Marta Moreno, su eterna compañera, mujer ejemplar y solidaria como él y fundaron uno de los hogares más bonitos que he visto en mi largo peregrinar. Tres fueron los hijos, Diego el mayor, internacionalista; María, arquitecto igual al menor, Ángel Gustavo quien llegó un tiempo después.

Al principio Marta no lograba concebir y al fin se anunció el embarazo. “Conseguí un médico que me va a preñar a Marta”, decía muerto de la risa. Atrás quedaron sus estudios de Medicina –su inicial aspiración universitaria– cuando se fue a las guerrillas. Empezó de noche Administración pero sus libros eran otros, la literatura y se hizo un hombre muy culto. Entró a estudiar periodismo y en sus lecturas estaba Aquiles Nazoa quien lo acercó a la literatura infantil, el costumbrismo y la poesía. Ya llegará el día de recopilar y publicar su delicada y fresca producción de cuentos, relatos y crónicas.

Varios años trabajó “Catirito” Rivero como reportero en la corresponsalía de El Impulso en Caracas, una vieja aspiración desde su inicio formal en el periodismo y quien pudiera decir cuántos es Juan Bautista Salas, jefe de la agencia en la capital y su vecino. Llegó al periódico de su ciudad natal de la mano de Gerardo Oviedo, su profesor en la UCV y era una manera de regresar a las querencias de la ciudad de dónde salió a las montañas de Lara

En el tecleo de las viejas máquinas de escribir inició una brillante carrera de sagaz, atrevido e irreverente reportero a quien le tocó la cobertura del secuestro de Frank Niehous el 27 de febrero de 1976, de donde sacó su trabajo de grado interpretativo en la Escuela de Comunicación y la concluyó sin que apareciera el plagiado industrial de la Owens Illinois. “Tuve que entregar la tesis y Niehous fue rescatado por la policía el 29 de junio de 1979, tres años y cuatro meses después del secuestro”.

También comenzó la redacción de sus cuentos y fábulas como agudos textos sobre la política y sus personajes, pero la llegada de los niños le estimuló a escribirles tiernas aventuras de personajes y animales, como el dedicado a su hija María Benilde cuando le preguntó por qué al satélite de la tierra le faltaba un pedazo: Los pájaros se comieron la luna. Por su antigua enemistad con el imperialismo norteamericano les había prohibido toda relación con las historietas de Walt Disney y los chicos no conocieron al pato Donald y al ratón Mickey Mouse y sus otros amigos.

Catirito se convirtió en el más amoroso de los padres y en carpa o el motor home de su amigo Alejandro García llevaba a los hijos, sus amiguitos y algunos sobrinos a recorrer Venezuela –en especial de vacaciones– y en cada pueblo, plaza, estatua, rio, montaña o paisaje encontraba una razón para un nuevo relato, una clase poética de geografía humana e historia.

De allí salió su interés por lo audiovisual, a partir de un programa infantil de televisión y al cine donde se hizo guionista exitoso de varias películas de Malena Roncayolo, entre otras. Sagaz reportero en la capital de El Impulso, 2001, El Informador y en El Diario de Caracas destacó como reportero de Ciudad donde expuso su profundo conocimiento de la capital y sus múltiples historias escondidas. También trabajó en varias oficinas públicas y fue periodista free lance de publicaciones periódicas que gozaron su ingenio y agudeza reporteril. En La Zaranda, la revista que creamos en el Imau, descargó todo su ingenio para la lucha contra la basura y por el reciclaje.

A lo largo de su ejercicio con su picante y agudo humor, como bonhomía y sentir solidario, cultivó la amistad como aprendió de Aquiles Nazoa en su Credo, “como el invento más bello del hombre, en los poderes creadores del pueblo y en la poesía”. Mi amigo desde la infancia, cuando llegamos al barrio a comienzos de los cincuenta, los Rivero desde entonces fueron nuestros vecinos. Desde los juguetes del Nino Jesús, fue mi maestro de quien aprendí muchos de sus secretos de la redacción, mi cómplice en las tremenduras. Juntos echamos mucha vaina y compartimos la bohemia caraqueña, las parrandas, los amigos, las amigas, las canciones. Los buenos tragos. En su casa funcionó parte de la peña literaria de amigos bautizada “La Conexión San Antonio” por Manuel Felipe Sierra y no los nombro por ser muchos, pero destaco a Milciades Ballesta, Gustavo García Márquez, Lidia Salas y Pedro Luis Hernández, entre otros.

El pasado lunes 23 de marzo se fue mi hermano del alma, Ángel “Catirito” Rivero, el ser más generoso que conocí desde niño, capaz de quitarse la comida de la boca para dársela a otro. Espléndido y generoso también repartió su amistad y solidaridad a quienes tuvimos la suerte de tenerlo cerca.

Son tantas las cosas que quisiera empezar un libro y que estas notas afectivas por este valiente, criticón y gruñón hermano del alma, fueran solo prólogo biográfico de un personaje honesto, caballero, sincero y solidario, libro completo sobre quien compartió sus saberes sin mezquindades y ayudó a todo el que pudo sin más interés que una sonrisa y la amistad. Descansa en paz, hermano mío. A final del cuento, eres un Ángel.

Imagen Cortesía Rebeca Rivero

Juan José Peralta

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