#OPINIÓN Memorias del olvido: La poética del silencio #1Jun

Marcantonio Faillace | Ilustración: Victoria Peña |

…No olvida quien finge olvido, sino quien puede olvidar…

Mario Benedetti

Desde mi cama el cielo se ve cuadrado al descuadre de la pared y el espacio del mirador como cristal de Bohemia ofrece el misterio de la cuadratura del círculo. La visión comparte un país que ha estado herido por años cuando surgió la revolución como cuadro social del S.XXI, ese desliz que queremos olvidar, pero no hay cómo pues nada pudo ser peor para la república que regirse por militares criminales sin escrúpulos y con humores de apalear democracias por un solecismo ñangara incivil y rufián que no había conocido la centuria.

Un chófer genocida mueve la mayor diáspora de la historia del pantano actual desde la conquista a la independencia desde la guerra federal a la fiera arena política hoy. Para consumir un país rico hay que tener propensión y destreza para la cacocracia y ser desalmado. Dejar al paisano a su suerte solo por simular, matar de hambre y mengua sin medicina ni ayuda humanitaria, habla de nulidad política y barbarie humana pero sobre manera del nulo sentido común. Un modo de pensar que se saben lo peor pero se otorgan derechos de patear la consola y hacer mesa limpia a espalda de la constitución e irse a trampear sufragios a fin de apilar poder, y aplastarlo todo y a todos. Célebre tarea para una tiranía que se digna de serlo violentado sin cortapisa Derechos Humanos fundados en el Estatuto de Roma (suscrita en 1989) haciendo de la vista gorda cultivando la corrupción y la vacilación social al punto de convertirnos en desgracia planetaria y zona de alto riesgo.

Mamá mira el tv, y escucha al sátrapa, sin oírlo. A veces creo que ella lo advierte. Oigo a los dos. No sé quién sorprende más. Mamá justifica la fatiga, el cenutrio no hay cómo. Mamá intuye su limitación aunque reniegue. El tirano hace de su limitación un peine contra el ciudadano indefenso. Por supuesto a Mamá puede atropellarla el tren y quedar en la luna, como pasa. Al desalmado, lo arrolla su estupidez (mal incurable), nada lleva en lo culto, y las majaderías son pastos que abona a la pandilla de enchufados, matachines, oportunistas, aprovechados y a grupos delictivos nombrados colectivos; bandas forajidas que no creen en código y marchan contra la ley en nombre de su antítesis de signo y hacen del poblador su objetivo, cobrando vacuna, matando a pies juntilla y asaltando a manos llenas. Todo el pavor del submundo. Son varias y a ese nivel delincuencial, incontrolables e ignominiosas. Una gama de manifiesto cubiche puesto a prueba por los Castro chuleando a la nación con petróleo que revenden de esa cuenta impagada de por vida. Traición de marca mayor a las riquezas del estado desentrañando un delito punible. Ni hablar del arco minero o la reserva de gas y crudo probada más cuantiosa del orbe, empeñadas a Chinos y Rusos, y otras riquezas ofertadas al Caricom-Bolivia-Nicaragua en menoscabo de las generaciones por venir, por ahora consternada-mente sin porvenir y en migración masiva.

Carmen está callada. Callo por rebote. Entra el silencio girando en el corazón. Un latir subido a toda hora pero con el agravante de una píldora de la tensión que brilla por su ausencia o la cobran bajo cuerda a precios de divisa negra que nadie divisa y menos los negros a menos que sean rojitos, colectivo o tropa de jala mecate que abundan en un territorio que olvidó que existe el libro.. Mamá me ve con sus ojos y una expresión que es poesía pura a falta de una mejor forma de pensarla. En realidad Carmen es la musa de esta elegía que relato y nace en sus ojos, en sus callados párrafos que sueñan en la punta de su lengua, en la mirada que el día que no esté agrandará la sombra de la mía. Mi silencio escolta a Mamá, mis ojos sienten su extravío, mi alma solo atiende a su descuido, a su retirada presencia. Y es en mi ánimo que brota en plenaria su omisión…

Anuncian la elección que no elige a nadie a no ser que sea ellos. Amañadas por los organizadores, un grupo de secuaces del proceso sedicioso. La trácala es lo que callan pero todos conocen, forzados al mutis, a menos que quieras ir a parar a la tumba del SEBIN, policía política de cuidado, técnicos en tortura moderna a inocentes, políticos retados, civiles contrarios o profesional disidente y son los mismos opresores y matones que en Febrero-17 en pocos meses asesinaron más de ciento treinta jóvenes y adolescentes que protestaban en las calles por un país que había llegado a sumirse en tierra sin ley ni un futuro promisorio para la gente nueva, todo un asesinato generacional inédito e inaudito en los preludios de la joven centuria venezolana.

El colofón sumó al problema la espiral cada vez menos reparable. La palabra de Mamá era como la del político de cualquier estación, no existe. Ella tiene como justificar, un bufón politiquero jamás. La plancha recién llegó de reparar, igual que el ventilador, el aire acondicionado, el tv, la lámpara colonial, el calentador, la nevera, la cocina, la lavadora, la secadora, el secador de cabello, la puerta y hasta el cepillo de pelo que va en veremos, amén de todo lo que se daña sin querer queriendo en manos de la hoy imperfecta ama de casa.

No es que sea adrede, resulta de la falta de mantenimiento, falta de adecuado trato electrodoméstico en general. Si sumas a la ley del desorden el laberinto mental, puede acabar en victoria de la anarquía sobre la compostura exigida y recomendada por las circunstancias. Lo que no ha sido posible reparar (o intentar hacer) es este país rico en atraso, miseria e ignorancia. Continúo entre santuarios confesando tallas con la virgen tras la cama y otras más, y cientos de collares revueltos sin sentido, si es que algún arreglo cualquiera los muestra. Pero nada tan impresentable como el proceso faccioso que nos ha quitado del registro la frase calidad de vida.

El cuadro de marco comido de jején de Tía Evelia, (naturaleza muerta en pastel), me mira de lado. El santuario, peculiar y variable de la mesa de noche, en la que el teléfono estuvo sin línea y sin tono por un año, (pues los cacos sisaron el cabo de tierra) hace de fiel de la lámpara clásica de tela raída, y a sus pies, las cortes cambiantes de anillos, naderías implícitas, hierros, plásticos, cadenas teñidas, armonizadas ajorcas de nácar, elástica y metal que habitan como bóvedas de dignidades Pop; un kitsch de prendas que como circo, se monta y desmonta según la porfía del autor. Resta el celular para emergencia y búsqueda, y por buen signo, internet.

Virtualmente conectado, la conexión se da para moderar el surménage, que los diarios llaman estrés. Todo el mare magnum causa el deslave íntimo y el lodo hala autodestructivo, capaz de afectar al cuerpo más saludable y la capacidad mejor dispuesta. El trato con enfermo crónico es complicado. Uno es víctima del otro pero por ser una responsabilidad compartida, ninguno es culpable a propósito. Todo el asunto obliga a enfocar las cuitas de pronóstico reservado que salen de la chistera sin dejar ver el salto distraído, inadecuado y a veces riesgoso, tanto para la incauta como para el custodio, con el perjuicio al cuadrado de éste por gravamen doble.

En el bar que nunca fue bar acompaña el tevé que ha pasado a espía pues mira a Mamá más de lo que ella lo mira a él. Alisar se ha vuelto un ejercicio infinito con la plancha en pico de zamuro por cuarta vez pues Mamá la conecta y plancha por horas la misma tela sin enterarse. Si reclamas y le pides consideración con la energía eléctrica te envía al carrizo alzando hombros y callándose al mejor estilo sargento Saunders tanto por hastío como por esa insoportable levedad del ser diría Milán Kundera. De una extraña manera parece que su condición acredita para lo que fuese sin que nadie tenga que ver con aquello y hasta tenga razón legítima para ir a por una gnosis más corporal e instintiva que cerebral e inconsciente.

El lavabo es capítulo de lógica y al mismo tiempo un contrasentido cuando la dama del agua entra a sus anchas a saturar el lavaplatos y aguarme la fiesta. Al tiempo descubrí, como he ido descubriendo incesante casi nada, que no sólo reinaba a diestra-siniestra el bautismo de aguas, igual pasaba con el lavamanos sirviendo de lavadora de ropa íntima y Mamá sin asumir lo que hacía. En su sano juicio la perfecta ama se aterraría con la insalubre forma de asear ropa íntima pero en su estado era normal hacerlo incluso con prendas lavadas a máquina a gran costo en detergente, secado, planchado y ordenado en santo lugar. Carmen sangraba sin saber un ingreso exhausto y quebrado. Era imposible no incorporar aseo a toda hora porque el sucio daba un aspecto de terminal de pasajeros de cuarta clase. A última hora zanjamos el asunto a la agenda logística e integrando por vez, lo que Mamá usaba a diario, una labor expiatoria impostergable como parte de trabajo. De la tarea diaria en general era tanto lo reclamante, como lo invariable.

En otro detalle antihigiénico, Mamá empezó a desparecer el cepillo dental, usar pasta de diente como abrillantador de portavaso o crema humectante y champú como acondicionar de ropa. Al desodorante le daba de jabón o para alisar telas que planchaba reiteradamente por horas. La renta de luz no era onerosa porque la electricidad más barata del planeta la tenemos en este país, pero casi todo lo demás siempre es lo más caro del mundo. El lavadero sería análogo al baño. Podía incluso ser tendencia grave porque pudiera servir de paso al diluvio si la llave de arrestos no estaba bien cerrada. Desmontar todo tampoco resolvía el asunto de ansiedad con la que inicié el aparte anterior. El ansia en realidad va por adentro de cada capítulo, en la sangre de todos, en cada borde de la casa que silencia e inquieta y viene auspiciando la nada como la cara-dura del olvido.

A tiempo sigo desgranando la margarita del silencio que no aplacaba la vida, más bien la invitaba a crecer a través, como aseguraba Robert Frost, al resumir la gesta de vivir en dos palabras: seguir adelante. El ambiente oprobioso se prende de la oreja sorda de la gente y lo sórdido de la política va más por salvar la sede del poder que por salvaguardarla la tierra natal. La doña puede que sepa corto, pero sabe cuándo le meten gato por liebre y luego de preguntarse por lo que oía, concluyó: ¡así cualquiera, no juegue, ni que fuera loca! ¡Por esos bichos boto tierrita y no juego más! Mamá con folclor aragüeño exponía su carácter de mujer civilizada; no importaba cuánto contradigan los actos como parte de su padecer, jamás se comió una luz, o hizo algo que no lo dictara la ley del buen ciudadano por el Manual de urbanidad y buenas maneras de Carreño, que a lo mejor habría sido un familiar lejano del tercer mundo que a estas alturas ya lo olvidó.

Un ejemplo de honradez y lealtad y a la vez operadora de un sistema hogareño de corte totalitario sin parlamento, o políticos que valga, lo de Mamá era plena autoridad tirando a fuerza nazi. Lo extraordinario es que a pesar de su extrema derecha fue comprensiva y amorosa y una excepcional garante de asuntos relativos al hogar. De ahí la normativa ISOCovenin y el buen gusto que la distinguía, aun a sus años avanzados, tanto así, que Carmen comparándola con las contemporáneas era por mucho la reina más bella de la Parranda. Se veía la apostura en los enseres que sobrevivieron del circuito europeo. El canapé, las sillas barrocas, el mueble y el paraban chino, los budas de mármol. Un dechado de exquisitez en tramas concernientes a proyectos de hogar. Mamá en asuntos de etiqueta, experticia casera, buen gusto y gala, era todo una ítalo (a) venezolano(a).

Eso mismo sucedía con la ropa, el baile, la música; no sé si eran rasgos de la dolencia, pero Mamá no podía coordinar del todo el tempo melódico con las claves de aplausos si consideramos que era una bailadora realizada. Pero bailar era otra cosa, nada ni nadie contenía su tímpano musical.

Logró hacerme sentir estirado, y hasta cursi. Su naturalidad iba por encima de alguna tara adquirida por tanta categoría sumada al camión del descuido y la omisión, Mamá amaba la Fania, a Cheo Feliciano (el ciego y el salsero), a Héctor Lavoe y a los apóstoles del Jala Jala, Ricky Ray y Bobby Cruz. También a Juan Luis Guerra y su 4,40 con su bachata rosa y sus letras de antología poética. Bien podría ser el próximo Bob Dylan de la Literatura. Las melodías parecían encanto para su oreja. Había que saber medir la sesión. Bailar como comer podía no tener final solo estreno. Pero la tonada podía arreglar extravíos, centrar el poder del silencio y desatar los recuerdos como olas de malecón que se van sobre poniendo en atuendos de agua.

El silencio la calma y ella va de reposo aguardando la avena con cambur y vainilla o canela a pasar el ritual del arbitrio e ir a que la tv la espíe con notas que no recordará. Reviso el silencio de su noche. Sopeso su respirar entre sabanas, su imagen menuda soñando o incluso hablando al que la hospeda sin permiso desde la media luz. Siento sus miedos de vivir pero mucho más de morir y calmo sus dudas de ausencia y no de sus olvidos. No olvido el endoso fijo. Hago el paisaje callado sintonizando con frecuencias sin dial. La obra es un rebaño de parágrafos zurcidos que sudan. Un coro de omisiones que ensayan el poemario de Mamá y mi lobo estepario celador con su licantropía, como un solitario aúllo de luna rayando el poético silencio de la sombra.

Marcantonio Faillace

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