#OPINIÓN Cronicario: Para muertes rápidas y “menos dolorosas” la Revolución Francesa aprobó la guillotina #14Jul

Juan José Peralta | Foto: Cortesía |

Ahora cuando se cumplen 231 años de la toma de la Bastilla, símbolo del inicio de la Revolución Francesa, es preciso recordar el dispositivo mecánico aprobado por la Asamblea Nacional Constituyente para aplicar la pena de muerte de manera más “humanitaria” e igual, como lo fuera el uso de la guillotina para contarle el pescuezo a los sentenciados a la pena capital.

Fue una propuesta a la Asamblea del médico y diputado Joseph Ignace Guillotín, quien era contrario a la pena de muerte y pensaba en un método de ejecución “más humano y menos doloroso”, sin sufrimiento y sin discriminación de clase, primer paso hacia una abolición total de tales condenas. Desde 1789 diputado de París en la Asamblea, votó para hacer más privadas e individualizadas las ejecuciones y también intentó fueran presenciadas por menos familias y niños.

Antes de la revolución, en el llamada Antiguo Régimen –la anterior administración como se dice ahora– para imponer obediencia a la ley y al rey absoluto, las autoridades recurrían a una justicia ejemplarizante, pensada para atemorizar y escarmentar a la población a cualquier precio y el método fundamental era la pena de muerte, aplicada en forma habitual y precedida de suplicios horribles al reo, con el pretexto de arrancarle una confesión.

Castigos desiguales

Era un castigo profundamente desigual, mientras al pueblo se le aplicaba la pena con métodos brutales, los aristócratas estaban exentos de tortura o maltrato físico o psíquico, cuando eran condenados a muerte sufrían decapitación, un método rápido y aparentemente indoloro, si era realizado por una mano experta,

A los hombres y las mujeres del pueblo se les ejecutaba con la horca, la hoguera o el descuartizamiento, precedidas por las torturas estimadas necesarias por el juez, llevadas a cabo en público, desde la flagelación y el tormento de la rueda hasta la rotura de todos los huesos largos del cuerpo o arrancarles trozos de carne de diversas partes con unas tenazas llamado atenaceamiento.

Con el triunfo de la Ilustración, durante el siglo XVIII juristas y hombres de letras denunciaron la tortura, las penas desproporcionadas y los privilegios de la aristocracia y algunos pedían la abolición de la pena de muerte. Se destacan el Tratado sobre la tolerancia de Voltaire (1763) y De los delitos y las penas, de Cesare Beccaria (1764). Todos ellos inspiraron la obra de la Revolución Francesa de 1789 y una de las primeras tareas emprendidas por la Constituyente fue la elaboración de un código penal acorde con los principios del derecho natural y en ese contexto se planteó el debate sobre la pena de muerte.

Humanizar el descabezamiento

El 10 octubre de 1789, el médico de 50 años Guillotín propuso establecer la igualdad ante la ley también en asuntos de derecho penal: *“Los delitos del mismo género se castigarán con el mismo género de pena, sean cuales sean el rango o condición del culpable”. *Este principio, que ahora parece natural, en Francia fue revolucionario y tardó años en ser aprobado en el resto de países.

Guillotin no cuestionaba la pena capital y proponía igualar las penas, “humanizar su aplicación” y extender el método de la decapitación, hasta entonces privilegio de la aristocracia, a los reos de todas las clases sociales. Para inconvenientes y errores a menudo cometidos por los verdugos en el uso del hacha o la espada, su propuesta era emplear un aparato “cuyo mecanismo cortaría la cabeza en un abrir y cerrar de ojos”.

La referencia de Guillotin a este “mecanismo” de decapitación dio mucho que hablar pero es falsa la creencia de ser él quien inventó la llamado guillotina. Se conoce desde el siglo XVI la utilización de artilugios parecidos en diversos países de Europa, si bien no parece fueran muy habituales y estaban reservados a los reos de clase alta.

Igualdad ante la ley

En los debates sobre el nuevo código penal, el 30 mayo de 1791 el diputado Louis-Michel Lepeletier de Saint-Fargeau dio un paso más allá y propuso sin más la abolición de la pena de muerte. Su amigo Robespierre fue de los pocos en apoyar esta medida humanitaria, pero el esfuerzo de ambos fue inútil y el primero de junio de 1791, la inmensa mayoría de los diputados votó por la pena capital. Lepeletier de Saint-Fargeau no se desanimó y dos días más tarde propuso la adopción del principio de igualdad también ante la pena capital: “A todo condenado a muerte se le cortará la cabeza”.

La redacción final del código, aprobado el 25 de septiembre de 1791, dice en sus primeros artículos que “la pena de muerte consistirá en la simple privación de la vida, sin que nunca se pueda ejercer ninguna tortura hacia los condenados” y “a todo condenado se le cortará el cuello”, igualdad ante la ley extendida también a la cuestión penal.

El nuevo aparato

En cumplimiento del nuevo código penal, en marzo de 1792 la Asamblea encargó al médico cirujano Antoine Louis, secretario perpetuo de la Academia de Cirugía, la elaboración del nuevo aparato para realizar las ejecuciones, quien acudió al fabricante alemán de arpas Tobias Schmidt y ambos crearon un artilugio inspirado en aparatos similares utilizados en otros países europeos, mejorando su diseño y funcionalidad con el objetivo de aminorar al máximo el dolor.

El principal aporte de Louis fue el modelo de hoja con filo oblicuo, “para que corte limpiamente y alcance su objetivo”, afirmó. Tanto Louis como Guillotín terminaron lamentando su nombre asociado a la nueva invención, conocida como louison o louisette y más comúnmente guillotina, conocida como el invento infernal de la revolución. Algunos familiares llegaron a solicitar al gobierno dejar de usar su apellido para describir a la máquina, vano esfuerzo y fueron ellos quienes debieron cambiárselo.

La estrenó un atracador
Construido en dos semanas el prototipo se probó en cadáveres de animales y personas, al final instalada en la plaza de Gréve, frente al Ayuntamiento de París, donde el 25 de abril de 1792 la estrenó Nicolás Jacques Pelletier, condenado por robo a mano armada: fue el primer ejecutado mediante el nuevo procedimiento, destinado a suplir a los verdugos en casos de delincuencia o criminalidad común.

Unos meses después, el 21 de agosto de 1792, llevaron ante la guillotina dos reos políticos servidores de Luis XVI, depuesto del trono tras la insurrección del 10 de agosto, a quienes acusaban de actividad “contrarrevolucionaria” y desde entonces, bajo un régimen de gobierno revolucionario hasta la caída de Robespierre casi dos años más tarde, la guillotina se convirtió en el instrumento y “símbolo de la política de terror” de la revolución contra sus enemigos interiores –los aristócratas y otros partidarios del Antiguo Régimen– y como reacción frente a la amenaza de las potencias absolutistas vecinas.

Durante este período, el total de condenas de muerte y de ejecutados con la guillotina en toda Francia fue de 16.594 personas, *2.622 en París, principalmente en la instalada en la actual plaza de la Concordia, donde fueron descabezados Luis XVI y María Antonieta como el mismo Robespierre, tras el golpe de Termidor. Tal fue el balance del llamado Terror legal en el intento de controlar y centralizar la violencia política más generalizada también ejercida en esos años y se calcula ascendió a entre 35 mil a 40 mil muertes, incluyendo violencias populares, ejecuciones sumarias o muertes en las cárceles.

Terminado el Terror, la guillotina no cayó en desuso y siguió cortando cabezas bajo el directorio, Napoleón y todos los regímenes posteriores durante casi dos siglos. La última ejecución mediante este método se produjo en 1977, hace unos 43 años, antes de la abolición de la pena de muerte cuatro años más tarde.

La toma de la Bastilla

La destitución por parte de Luis XVI de su ministro de finanzas, Jacques Necker, desencadenó una crisis política y social y el martes 14 de julio de 1789, una muchedumbre se lanzó al asalto de una fortaleza real en las afueras de París, conocida como la Bastilla. Cuando la noticia llegó a Versalles, el rey preguntó: “¿Es una revuelta?”. Un ministro le contestó: “No, Sire, es una revolución”.

Pese a que la fortaleza medieval conocida como la Bastilla solo custodiaba a siete prisioneros, su caída en manos de los revolucionarios parisinos simbólicamente supuso el fin del Antiguo Régimen y punto inicial de la Revolución Francesa. La rendición de la prisión, símbolo del despotismo de la monarquía gala, provocó un auténtico seísmo social tanto en Francia como en el resto de Europa, llegando sus ecos hasta la lejana Rusia.

Desde 1880, el 14 de julio ha sido Día Nacional de Francia, pero no para celebrar la toma de la Bastilla, sino para recordar la Fiesta de la Federación de 1790, fecha coincidente a propósito que celebraba la reconciliación y la unidad de todos los franceses.

Juan José Peralta

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